Avándaro, José Agustín y Carlos Monsiváis (primera parte)

Edgardo Bermejo Mora 

 

Avándaro, José Agustín y Carlos Monsiváis (primera parte)

Se cumplirán en unos días 50 años del Festival de Avándaro. Para la historia cultural y social de México no es una efeméride menor. El primer concierto masivo de rock en México perfiló el rumbo de la cultura juvenil en el país que resurgía de los traumas del 68 y el 10 de junio del 71. Avándaro resumió las tensiones entre lo marginal y lo hegemónico, entre lo cultural y lo contracultural, que habría de definir la relación entre los jóvenes, la cultura, los medios y el Estado de las próximas décadas. Si Avándaro fue una gran fiesta libertaria, la manera en que se leyó esta gran explosión generacional desde el poder institucional y desde diversos círculos mediáticos e intelectuales –conservadores y aún de izquierda– revelaba el principio de una apertura, no menos que los intentos por sofocarla como en los hechos ocurrió: México no volvería a tener un evento de esta naturaleza por espacio de al menos tres lustros. Lo marginal que paso al centro por dos días y de ahí a la condena, la persecución y la clandestinidad.

José Agustín es el escritor mexicano que mejor representa este momento fundacional en la conformación de una nueva narrativa de lo mexicano frente al viejo discurso del nacionalismo revolucionario que hizo crisis en Avándaro. En septiembre de 1971 acababa de cumplir 28 años, era ya un autor muy conocido y leído, tanto por su generación, como por las de sus predecesores quienes terminaron por admitir a su prosa renovadora en el ámbito canónico de las “letras mexicanas”.

La presencia pública de José Agustín en el arranque de la década de los setenta era en toda forma la de quien hoy llamaríamos un influencer. Muchos años después, en 1992, José Agustín dedicaría algunos párrafos de su Tragicomedia Mexicana a recordar lo ocurrido en Avándaro como testigo presencial que fue de aquella jornada memorable.

“El festival de Avándaro fue organizado por Eduardo López Negrete, Luis de Llano y otros jóvenes de mucho dinero que lograron autorización de Hank González, gobernador del Estado de México, para llevarlo a cabo como un día y una noche de grupos de rock que culminaría con una sesión de ¡carreras automovilísticas! (…) Los primeros en llegar a Avándaro fueron los rocanroleros que sí aceptaron participar y que de entrada protestaron por las pésimas condiciones de trabajo y el trato prepotente de los jóvenes ejecutivos del rock”.

“La gente llegó en proporciones inimaginables; eran jóvenes de todas clases sociales, especialmente de la capital, congregados en la misma necesidad dionisiaca, listos para el inmenso recreo que sería el festival. Al caer la tarde ya había más de 100 mil asistentes. Poco después, un par de grupos echaron la paloma para calentar al público. (…) Para esas alturas casi todos los asistentes habían consumido fuertes cantidades de distintas drogas: alucinógenas (mariguana, LSD, hongos, peyote, silocibina, mescalina), estimulantes (alcohol, cocaína y anfetaminas) y depresivas, como los barbitúricos, aunque algunos también inhalaron solventes (cemento, thíner), pero, a fin de cuentas, la mariguana y el alcohol fueran las drogas más consumidas, seguidas por las anfetaminas. Con todo, los muchachos lograron hermanarse, y en general se puede afirmar que el festival, como debía de ser, representó una fiesta dionisiaca notablemente inofensiva, si se toma en cuenta la ingestión de tanta droga y la disminución de la conciencia individual que ocurre en toda congregación de masas”.

“En realidad, todo habría estado muy bien de no haber sido por la pésima organización y el flagrante autoritarismo que se tradujo en numerosos problemas. (…) Sin embargo, los grupos, con fallas y todo, pudieron tocarle a un público que constituía un formidable espectáculo en sí mismo. Fuera del relajo inevitable, y de que algunos pasados se caían en las infectas zanjas que hacían de sanitarios, el festival siguió (…) con toda la gente en la cúspide de la intoxicación”.

“A las dos de la mañana el espectáculo lo dio una jovencita que, en una plataforma, se quitó la ropa la bailar, ¡mira, hijo, una encuerada!, dijeron todos y los reflectores la encontraron. (…) ¿Andabas pacheca cuando te encueraste en Avándaro? le pregunto, después, (la revista) Piedra Rodante. ´No sabes, maestro. Unos chavos primero me pasaron el huato de pastas. A mí no me gustan esas madres, pero como no había otra cosa me las empuje con media botella de Presidente”.

“Llovió de madrugada y así continuó hasta el amanecer. (…) A la ocho, para terminar, porque todo el equipo de sonido se derrumbó media hora después, Three Souls in my Mind logró el milagro de revivir y reencender a la muchedumbre, más de 200 mil asistentes. A pesar de la lluvia, las fallas y la organización, todos los viajes aterrizaron y el público acabó de lo más contento”.

“Al día siguiente la prensa al unísono condenó al Festival en tonos escandalizados. Se dijo que fue una ´colosal orgía´ y ´uno de los grandes momentos del colonialismo mental del mundo´. (…) Si se permitió el festival para medir la fuerza de la contracultura, los resultados no gustaron a nadie, y el sistema se cerró más que nunca para impedir que prosperaran los movimientos contraculturales. Los arrestos de jipitecas se recrudecieron y la crujía F de la cárcel de Lecumberri se llenó de miles de jóvenes, de rock y de signos de paz”.

El autor de la frase del “colonialismo mental” fue Carlos Monsiváis. De ello hablaremos en la segunda parte de esta entrega.

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