Lilia Ma. Calderón/Las Margaritas, Chis. [email protected]
Se ha venido cifrando en la naturaleza ateórica de la gran parte de las investigaciones educativas, una de las causas de su profunda esterilidad para la práctica; y esto aun reconociendo que la educación es justamente por su constitución práctica de acción, un difícil campo de estudio en el que las expectativas habituales de la ciencia predecir y controlar regularidades entre acontecimientos, se ven limitadas por el hecho de que en última instancia, son las personas quienes desde su intencionalidad y libertad hacen que las situaciones educativas existan, se modifiquen o cambien de sentido.
La apreciación de irrelevancia para la práctica que tiene buena parte de la investigación en educación, se deriva en parte de la propia peculiaridad de lo que es la práctica educativa. Por eso justamente, al considerar a la educación como un objeto de estudio, no se tiene más remedio que advertir el hecho de su complejidad teórica, es decir: de la complejidad de la educación como objeto de conocimiento, pues, en cuanto tal, no es solo un objeto independiente del entendimiento humano, sino un objeto de conocimiento práctico.
La primera consideración que debe hacerse el estudioso de la educación, es la naturaleza práctica de su objeto. El conocimiento se dirige intencionalmente a la realidad y esta se ofrece en dos órdenes diversos: seres y operaciones o actuaciones de esos seres. Cuando lo conocido es el ser humano, resulta particularmente importante recordar esta distinción.
El hombre también es un ser que actúa y, en cuanto objeto de estudio, puede ser considerado atendiendo a su naturaleza o a sus acciones. La diferencia radica en que la naturaleza humana se presenta ante el entendimiento como objeto independiente de este; pero no así sus acciones u operaciones, pues estas se realizan desde una naturaleza racional y por eso, fundadas en el conocimiento.










