Jeny Pascacio / Diario de Chiapas
PRIMERA PARTE
El Cerro de Mactumatzá y los efluentes del río Sabinal que recorren este valle, son escenarios míticos en la memoria de los pueblos. En estos sitios naturales se desarrollaron leyendas que fueron transmitidas por generaciones a través de la tradición oral y que ahora, los cronistas buscan conservar a partir de la literatura.
En las bibliotecas de las casas de la Cultura destacan dos libros: “Leyendas Zoques de Tuxtla Gutiérrez” de José Luis Castro Aguilar y “Leyendas y Espantos de Terán” de Ulises Valdez Arévalo.
En esta primera entrega presentamos una de las cinco leyendas compiladas en el último libro publicado del cronista José Luis Castro Aguilar, antes de su muerte en febrero de 2021.
En sus palabras, se propuso reconstruir parte de la cosmovisión colectiva de la población originaria; para tener una mirada fresca y una nueva visión revalorizada del mundo mágico zoque.
“Las leyendas zoques son un elogio, un reconocimiento, un homenaje póstumo y una reivindicación simbólica a la memoria del viejo Chalucas”.
¿Quién fue Chalucas?
Un personaje tuxtleco, campesino de origen zoque, que el pueblo le atribuía poderes extraordinarios, por eso ganaba todas las batallas: contra las injusticias, brujos, bandidos y culebras de agua.
LA SERPIENTE DE SIETE CABEZAS
José Luis Castro
Aguilar
Cuenta la leyenda que en las cumbres del cerro Mactumatzá —del pueblo de San Marcos Tuxtla— vivía una gigantesca serpiente de siete cabezas llamada Tzathuastán. Cuando la temible Tzathuastán viajaba vertiginosamente por el aire lo hacía cubierta por las nubes, emitiendo un agudo sonido que se escuchaba a grandes distancias. La maligna culebra se transportaba por medio de una bola de fuego llamada Moyó, especie de duendecillo que para volar se auxiliaba de un látigo de serpiente.
Los moyós (bolas de fuego) vivían en la cueva de Cerro Hueco, junto a los espíritus de las montañas; los espíritus de las montañas vivían en pozas de las cuevas, mismos que adoptaban algunas formas de animal: culebras con cuernos, perros negros, gatos, toros, jaguares, venados, conejos, etcétera, pero que no hacían daño a nadie. Solo salían a jugar.
La serpiente de siete cabezas viajaba del cerro de Mactumatzá al Huitepec y viceversa. Cada vez que atravesaba el pueblo de San Marcos Tuxtla (Tuxtla Gutiérrez) provocaba grandes tornados (supupi) que destruían las casas, los árboles, los graneros y las siembras. Este fenómeno era identificado por el pueblo como el paso de la culebra de viento y agua de nueve; o simplemente como la culebra de agua.
El día menos pensado, el viejo Chalucas —del capul de San Jacinto—se fue de cacería a las montañas del Mactumatzá en busca de la Tzathuastán. La buscó en la cueva de los “Wayacú” (Cerro Hueco), en la cueva del Jaguar Negro, en la cueva de la Serpiente se siete cabezas, en los montes del Tigre (Llano del Tigre) y en las pozas de Las Ondinas, y nada. Después de una intensa búsqueda, la encontró colgada de un enorme árbol de chicozapote.
Entonces, el viejo Chalucas cortó una vara larga y a palos bajó del árbol a la gigantesca serpiente de siete cabezas. La serpiente cayó al suelo, aturdida, pero furiosa. Se quedó quieta, las siete cabezas observan atentamente los movimientos del viejo Chalucas; sus catorce ojos se clavaron en la figura del humilde campesino que, con machete en mano, esperaba la ocasión para asestarle un machetazo a cada una de las cabezas de la horrible Tzathuastán. Pasaron treinta segundos y nada sucedió.
Súbitamente, el viejo Chalucas le asestó el primer machetazo a una de las cabezas, y luego otra, y a otra, pero las cabezas volvían a retoñar. ¡Era una serpiente encantada! El viejo Chalucas sacó de su morral, rápidamente, un brebaje secreto que le habían dado los hermanos Wayacú y lo untó al machete. Con el machete curado, le volvió a dar de machetazos a cada uno de los cuellos de las cabezas de la gigantesca serpiente. ¡Cortes limpios, contundentes!… brotaba la sangre de cada una de las cabezas que, desde el suelo, miraban altivamente —y con desprecio— al viejo Chalucas. Sin embargo, el cuerpo de la serpiente todavía seguía vivo, su cola daba fuertes bandazos. La serpiente se resistía a morir.
Este fue el final de un combate entre una serpiente y un campesino zoque. Hasta el viejo Chalucas curó su machete, logró aniquilar a la temida culebra de siete cabezas.
***
En el mismo libro, Castro Aguilar, relata una nueva leyenda sobre la “Culebra de agua” que azotó a Tuxtla Gutiérrez en julio de 2020, donde alude el origen de una nueva historia sobre estos seres creados misteriosamente a partir del viento y el agua.
En la segunda entrega, el cronista Ulises Valdez Arévalo, nos cuenta sobre las leyendas de Terán: “El Sombrerón del mactumatzá”, “La Tisigua”, “Relato sobre la mala mujer”, además sobre brujos, nahuales, niños aparecidos en una laguna y hasta sobre un cura ahorcado.










