Agencias
La pérdida de la biodiversidad es uno de los mayores problemas a los que se enfrenta la sociedad moderna. Si bien algunos organismos pueden tolerar las actividades humanas e incluso prosperar en hábitats antropizados, la baja tasa de reproducción y los altos requerimientos energéticos de los murciélagos hacen que la gran mayoría de ellos sean susceptibles a estas actividades y ambientes, resultando en una disminución dramática de sus poblaciones.
Con más de mil 400 especies descritas a nivel global, los murciélagos (Chiroptera) forman el segundo Orden de mamíferos más numeroso después de los roedores (Rodentia). Los murciélagos están presentes en todos los continentes, excepto en la Antártida y son los únicos mamíferos que han desarrollado un vuelo verdadero, lo que les ha permitido colonizar una amplia variedad de nichos ecológicos diferentes. Aunque la mayoría son insectívoros, la diversidad trófica es extraordinaria para un solo Orden, con especies frugívoras, nectarívoras, piscívoras, sanguinívoras y carnívoras.
Ecológicamente, los murciélagos juegan un papel muy importante en los ecosistemas, debido a su capacidad de dispersión de semillas y polen, como controladores naturales de poblaciones de insectos y de redistribución de nutrientes y de energía a través del guano (sustrato resultante de la acumulación de excrementos de murciélagos) para sostener sistemas terrestres, acuáticos y de cuevas. No obstante, el 15 % de las especies de murciélagos están catalogadas como “amenazadas” por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN por sus siglas en inglés).










