La crónica hablará por Chiapas

Un plátano

Marco A. Orozco Zuarth [email protected]

Compartimos esta excelente crónica, escrita por

Enrique Orozco González

Todos los días nos suceden pequeños milagros, tan sutiles que no los vemos y, si los vemos, no los apreciamos. Encontrar algo que buscamos, rebuscamos y de repente aparece en un lugar que ya habíamos registrado; o pensar en alguien ausente, lejano y te la topas en la calle o te llama por teléfono, son claros ejemplos.
El sábado trece de agosto, muy temprano chequé mi glicemia (azúcar en sangre). Me sentí satisfecho cuando el aparato marcó 95. Pensé: “no voy a desayunar fuerte y en el Parque Bicentenario comeré una galleta o tal vez lleve un plátano”. Mientras esperaba al hijo que me llevaría al Palo de Mango, vi los plátanos en el frutero, tuve la intención de agarrar uno, pero no lo hice. En todo el trayecto pensé: ¡Mecachis… debí traer el plátano!
La reunión había empezado. Siempre me siento adelante, pues ahí ponen las sillas que tienen colchoncito y que nos donó la presidencia municipal (solicitamos treinta, nos ofrecieron veinte y nos dieron diez), pero ya estaban ocupadas. Me senté junto a Pedro Girón, el cuentero de Unión Roja. Choqué el puño cerrado con los cercanos (me agradan más los abrazos, pero… ¡la pandemia!). Mis fraternos pasaban uno a uno y yo, terco, deseando un plátano.
La reunión, como siempre: colorida y concurrida. Escuché los sabrosos poemínimos de Floricel Santizo. Víctor Fujarte, sentimental, declamó “El Canto a Chiapas”, esta poesía me gusta más que los plátanos. Luis Fernando Álvarez disertó sobre Fray Matías de Córdova. El maestro Parra Lau, cronista de Tuxtla Chico, nos deleitó leyendo un par de páginas de su libro “Tuxtla Chico en crónicas”, todo normal.
Debajo de su silla, Pedro Girón tenía una bolsa de plástico, la sacó, la abrió y me ofreció. Metí la mano pensando sacar una artesanía de las que él fabrica. ¡Sorpresa, en mi mano tenía un plátano morado! ¡Milagro –pensé-, es un milagro! Le quité el piyama a la fruta y la saboreé, poco a poco, lentamente. Mientras la degustaba, me invadió el síndrome de tía Marcianita. Pensé: “Primera vez que Dios me concede un deseo y en lugar del premio gordo de la lotería ¡solo deseé un pinchi plátano, pero… todavía hay tiempo! Diosito: ¿Hay reta…

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