Letras Desnudas
Mario Caballero
La elección de Carlos Molina Velasco como nuevo presidente de Morena en Chiapas es, sin duda de ningún género, la peor condena y el mayor elogio de la democracia que, como quedó demostrado, se está viviendo realmente en el partido.
Si es la peor condena es porque es literalmente un castigo democrático a la camarilla de supuestos morenistas que habían incautado la democracia institucional. Se trata, fundamentalmente, de un rechazo a la dirigencia saliente, pero es mucho màs que eso.
Es el repudio al grupo político que se había hecho del control del partido y que usufructuó política y económicamente de ello. Un rechazo rotundo a la corrupción de los llamados “Gordos”, pero también a la violencia política que estos desataron sobre todo en tiempos electorales. Es decir, ante los agravios, las traiciones y las decepciones, un acto de confianza en el proceso democrático.
El autoritarismo de Los Gordos, esa clausura que hicieron a los derechos políticos de los militantes, fue a la vista de muchos un gesto intolerante igual o peor a los que se vivieron y se viven todavía en muchos otros partidos. Fue un abuso de poder en contra de la propia organización y a los méritos de ésta. Paradójicamente, el partido que había llegado al poder democráticamente, actuaba antidemocráticamente con los suyos.
Porque, ¿qué fue eso de negarles la participación a los morenistas en la obtención de las candidaturas, tal como se vio en los comicios del año pasado? Y no fueron cualquier morenista, se trataba de los que trabajaron de sol a sol en la formación de la estructura partidista, de los fundadores aquí en el estado, de los que arrastraron el caite en los municipios consiguiendo el apoyo para el movimiento, de los que lucharon inspirados en las causas del hoy presidente López Obrador.
La mayoría de ellos quedaron fuera de toda participación electoral. ¿Y por qué? Porque así convino a los intereses de Los Gordos, que no de Morena. Estos, como se sabe, dieron cabida a políticos de otros partidos. A algunos los respaldaron con recursos del mismo partido y a otros con fondos de los programas sociales. Hubo, asimismo, a quienes les vendieron las candidaturas. Fue, en resumen, un festín de rapiña y complicidades al por mayor.
De este modo, ¿cómo confiar en que el partido que juró ser diferente, que haría política de forma diferente y que ejercería el poder con honestidad, compromiso y responsabilidad, pisoteaba a los de su propia casa? Simplemente, no se podía.
EL MAYOR ELOGIO
El chicote del castigo democrático ha sido empleado. Los morenistas han usado su voto para reforzar el relevo político del partido. No es un asunto cualquiera que del total de los 130 consejeros estatales, los 130 hayan depositado su confianza en la persona de Carlos Molina. Y lo hicieron sin coacción, con libertad y pacíficamente.
Al contrario de lo que se había venido pronosticando durante las últimas semanas, no hubo confrontaciones entre los distintos grupos políticos que confluyen y que se disputaban el control del instituto. Hubo civilidad y no pleitos. Se impuso la razón a las ambiciones personales. Se cumplió con el principio democrático y se observaron los lineamientos estatutarios que enmarcan la designación de la dirigencia estatal. En pocas palabras, Carlos Molina fue elegido en un proceso legítimo, legal y transparente.
Para mayor inri, se exaltó la pluralidad. No se discute que hubo jaloneos en cuanto a la aprobación de los consejeros, pero el día de la elección se conjuntó las emociones y el ideal de un cambio en el interior del organismo. Un cambio que revivificara la ideología partidista, la congruencia y los postulados por los que, como la ha repetido el presidente Andrés Manuel López Obrador, no son iguales a los políticos de antaño.
Con esto Morena ha dado una lección de civilidad política, democracia y legitimidad. No hace falta leer entre líneas que los morenistas están en la búsqueda de la consolidación del partido, en la cohesión de las bases, en el fortalecimiento de los cuadros y en convertirse realmente en esa institución política que proponga un cambio en la vida pública del país.
Y creen haber encontrado el liderazgo para la obtención de esos objetivos en Carlos Molina, y no es para menos.
EL LIDERAZGO
Molina Velasco es un político joven, quien desde que fue designado como delegado del Comité Ejecutivo Nacional en Chiapas ha dado un fuerte impulso a la agenda política del partido. Asimismo, ha tenido un gran acercamiento con las bases, a las que exhortó a cerrar filas para robustecer la vida interna de la institución y a caminar en unidad.
Esas han sido sus principales cartas de presentación. Sin embargo, hay que añadir que cumple con el perfil que debe representar un verdadero líder morenista. Por ejemplo, está casado con los propósitos que llevaron al presidente López Obrador a fundar un nuevo partido. Esto es, alcanzar la Cuarta Transformación de la vida pública nacional en base a la construcción de gobiernos honestos y legítimos, encauzar las causas màs apremiantes de la sociedad, poner en el centro de las decisiones las necesidades de la gente humilde y adoptar nuevas formas de ejercer el poder.
También está la frescura de las ideas. Carlos Molina entiende que la política es el mejor vehículo para llevar los programas, proyectos y estrategias que permitan el bienestar de la ciudadanía, para abrir el acceso a mejores servicios de salud, educación, vivienda digna y empleos, y que los políticos deben ser ese puente para adquirirla.
Por ello, el perfil de Molina Velasco viene a refrescar al partido. Además, que nunca ha sido señalado en actos de corrupción, nepotismo y tráfico de influencias. Nunca se ha aprovechado del poder y tampoco es integrante de camarillas.
No obstante, a pesar de que Morena es el partido preponderante en el estado y en el país, los retos que tiene enfrente no son nada fáciles. Tendrá que echar de toda su energía para fortalecer las bases, darles voz y voto en las decisiones, fomentar la participación, respetar los derechos políticos de la militancia, desterrar las malas prácticas, consolidar la unidad e inspirar a los cuadros morenistas a realizar un trabajo político cercano a la gente.
Indudablemente, tendrá que allegarse de los mejores asesores: de hombres y mujeres que sintonicen con sus propuestas, ideales y objetivos, y que coadyuven en ello. No está por demás decir que una mala comunicación respecto de los propósitos de su dirigencia podría no sólo dificultar la consecución de las metas, sino también hacer que el partido pierda lealtades y sobre todo respaldo social.
Le deseo lo mejor. Tiene legitimidad ante la militancia, su desempeño hasta ahora es bien visto por la clase política y gobernante y goza de la confianza de muchos, los cuales deberían ser motivo suficiente para refrendar su compromiso con Morena y la 4T.
@_MarioCaballero










