Joaquín Narro Lobo
El jueves 15 de diciembre se perpetró el que puede ser calificado como el intento de asesinato de más alto nivel a un periodista en México en lo que va del siglo XXI. Alrededor de las 11:10 de la noche, el periodista Ciro Gómez Leyva fue agredido mientras se dirigía a su casa. Lo único que lo separó de los casi 160 periodistas ejecutados en el país desde el año 2000 fue el blindaje de su camioneta. Al día siguiente durante la transmisión de su programa de radio, Gómez Leyva señaló lo siguiente:
“Todo indica que alguien me quiso matar anoche. Yo no sé quién era, no tengo ninguna amenaza – nadie me había amenazado –, no tengo pleito con ningún vecino, no tengo una deuda que no haya pagado, no he discutido con nadie – más allá de lo que discutimos aquí en el programa – y no voy a hacer conjeturas. Por supuesto sé cuáles son las conjeturas que están volando en el ambiente y no las voy a hacer”.
Las conjeturas a las que el periodista se refería son las que señalan que la agresión pudo haber venido de grupos o personajes que disienten del tono crítico que el periodista ha asumido en contra el gobierno del presidente López Obrador. Sin embargo, quizá por el efecto que entre la sociedad podían tener, quien hizo suyas esas conjeturas y las matizó con irresponsabilidad absoluta y vileza manifiesta, fue el propio presidente durante su conferencia mañanera del lunes 19, cuando dijo:
“No descartar ninguna hipótesis. La única hipótesis que se debe descartar es que nosotros, el gobierno que yo represento, no es un gobierno represor y nosotros no silenciamos a nadie… Se hablaba de que hubo un reportaje de Ciro tres o cuatro días antes de este atentado y que puede ser una respuesta. Ahí está eso. Pero también que grupos contrario a nosotros, para afectarnos, haya llevado a cabo un acto con esas características. En ese asunto, en este caso en particular, les diría que, además de una vileza, no tendría el efecto… la gente sabe muy bien que nosotros somos respetuosos de la vida y no nos atreveríamos a hacer una cosa así”.
El presidente afirmó contundentemente que la única hipótesis que tendría que descartarse era que su gobierno hubiera tenido algo que ver en el cobarde atentado. Por cierto, la afirmación de López Obrador fue tan contundente como aquella que Enrique Peña hizo cuando le ordenó a Virgilio Andrade iniciar una investigación sobre la llamada Casa Blanca. Pero el presidente fue más allá. Con desmesura total, megalomanía e indiferencia hacia la verdadera víctima – Gómez Leyva, no él ni su gobierno –, sugirió que un grupo contrario a la cuarta transformación podría haber sido el responsable para afectar su imagen.
El trasfondo es brutal con independencia del enfoque desde el que se le quiera analizar. La situación de violencia en el país y en su ciudad capital es tal que alguien puede pretender matar a balazos a un periodista y, prácticamente una semana después, no hay un solo detenido. El mensaje a los periodistas es que lo único que medianamente puede mantener medianamente a salvo es la autocensura. La lectura que sobre la libertad de expresión se puede hacer se reduce a que, en este país, aquella es una utopía y que más vale cerrar la boca y mirar hacia otro lado. Y, faltaba más, que en el México del 2022 nada vale más, ni siquiera la vida humana, que un eslogan vacío de contenido y resultados como el de “cuarta transformación”.
El presidente tendría que parar un momento y reflexionar: las balas que intentaron matar a Ciro Gómez Leyva no salieron de una pistola que él haya disparado, pero las constantes agresiones a quienes piensan distinto y el menosprecio al Estado de Derecho y el combate a la corrupción, la impunidad, la inseguridad y la violencia, sí nos han colocado donde hoy estamos.
Profesor de la UNAM y consultor político










