Algunas anécdotas del General Charis (1896-1964)
Marco A. Orozco Zuarth [email protected]
Continuamos esta crónica de la maestra Sofía Mireles Gavito, Cronista de Tonalá, Chiapas.
Segunda de tres partes
-Cruzábamos, él y yo, una calle del centro de la ciudad de México. Yo, a pesar de, que un automóvil daba la vuelta a la esquina con rapidez, brincando gané la otra acera. El General se quedó esperando a que el automóvil pasara. Al llegar a donde yo lo esperaba, le pregunté por qué no había cruzado la calle conmigo. Al instante, me respondió: “Gozaré de fueros, pero no de cueros”.
Para enfatizar su fama de valiente juchiteco, haré la relación de otro suceso. Con frecuencia, después de haberle recetado, tenía la amabilidad de invitarme, junto con otros militares subalternos, a restaurantes-cantina, lujosos, de su preferencia. En una ocasión, vimos dirigirse hacia nosotros al jefe de la Policía de la Ciudad de México, acompañado de sus cercanos ayudantes; al estar frente a frente los dos generales, el jefe policíaco, sonriente y respetuoso, le tendió la mano, acompañando esto con palabras de salutación. Charis, en respuesta, fijó su lacerante mirada en el rostro de quién lo saludaba y después de unos segundos le dijo en tono duro y cortante: “Yo no saludo a cobardes”. El General de tez muy blanca, cambió de color y, sin pronunciar palabra, se retiró. Charis, todavía perturbado por el incidente, nos dijo que “le había visto el trasero” en Tabasco, durante la Revolución.
En otra ocasión, fui testigo del explosivo temperamento juchiteco cuando llegué al cuarto del hotel que siempre habitaba: me encontré que los presentes estaban tensos y sólo se oía la estentórea voz del general, con su característica penetrante mirada, lleno de ira, que se reflejaba en sus movimientos y en el tono de autoritaria voz, le decía a un Mayor, ayudante: “¡Vaya Usted inmediatamente y dígale a ese torerito de mierda, que me traiga la pistola que le presté, tiene más de dos meses que no me la devuelve!” – No pasó mucho tiempo en presentarse un torero famoso por su valentía ante los toros, llevando consigo un estuche, el que se lo entregó, el cual, sin escuchar su excusa por su tardanza, lo increpó, diciéndole: “Es usted un sinvergüenza, tiene más de dos meses que me pidió la pistola, ésta es la pistola que más aprecio”. Después de retirarse el famoso personaje, el General nos relató que esa pistola era la más estimada por él, porque había sido un regalo del General Joaquín Amaro. En verdad que era bella, pues tenía cachas de nácar y un águila dorada, con inscripción de su nombre.
En otra ocasión, me relató un suceso del que también fue protagonista, cuando era jefe de las Operaciones en Colima. En unos días de feria, se llevó a cabo el concurso de Reina y había dos contendientes: una, la de los ricos; la otra, de los comerciantes; pero también, el ejército, lanzó una candidata. El día en que se anunció ante la plaza repleta de gentes el resultado de la votación, como era de esperarse, declararon vencedora a la primera y en último lugar, le tocó a la representante del ejército. El General, lleno de disgusto e ira, por lo que consideraba un desprecio a la que representaba -a la más pobre- sus ojos se llenaron de fiereza, la misma que tenía cuando entraba en combate y antes de que su razón dominara sus fieros pensamientos, gritó con todas sus fuerzas: -“¡Pueblo de Colima, no voten por esas putas, voten por mi candidata, que es humilde, pero buena!”- Está por demás decir, que la muchedumbre rápidamente abandonó la plaza. Cuando me contó este suceso, vi en su rostro un reflejo de arrepentimiento por aquel exabrupto…
Continuará.










