Algunas anécdotas del General Charis (1896-1964)
Marco A. Orozco Zuarth [email protected]
Concluimos esta crónica de la maestra Sofía Mireles Gavito, Cronista de Tonalá, Chiapas.
Tercera y última parte
Combatiendo a los cristeros en una pequeña población del estado de Jalisco, sus soldados le llevaron a un cura al que sorprendieron huyendo, llevando consigo una pesada maleta. Al preguntarle al General cuál era el contenido de ella, le respondió cabizbajo y asustado, que era dinero de la Iglesia. Ante la admiración e incredulidad de los soldados, el General Charis, le dijo: “¡Váyase curita, antes de que yo me arrepienta y le quite el dinero y la vida!”.
Nos contaba el General a un grupo de sus subalternos y a mí, que cuando el ejército triunfador en Celaya, comandado por el General Obregón, del cual él formaba parte, entró triunfante en la capital, se le ocurrió caminar por el Zócalo, para admirar la gran ciudad. Repentinamente sintió que una bala le atravesaba el sombrero. Pocos instantes después de salir de su asombro, el sentirse que todavía estaba vivo, se quitó el tejano y con sorpresa vio que la bala había atravesado el águila dorada y sólo había doblado la medalla de la Virgen de Guadalupe, que había puesto precisamente, atrás del águila.
En 1935, siendo interno del Hospital General, lo visité y me pidió que lo llevase con el que yo consideraba el mejor cirujano, pues como resultado de un accidente durante una cacería de venado, en la que un profesor que lo acompañaba -al parecer, no muy versado en ese deporte- accidentalmente, lo hirió en el lado derecho del cuello.
Milagrosamente, fue en sedal, atravesando nada más los músculos escalenos, dejando esquirlas o fragmentos de la bala expansiva, en sus bien desarrollados músculos y una cicatriz retráctil que hizo que el General siempre llevara la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha.
Me contó que, en esos momentos, cuando se sintió herido, quiso dar muerte al profesor, pero razonablemente pensó que había sido accidental y lo dejó vivir. Concerté una cita con el Maestro Gustavo Baz y después del examen, lo operamos, con el fin de extraerle los pequeños fragmentos de la bala, teniendo frente a nosotros la radiografía que mostraba de manera clara, media docena de ellos, en diferentes sitios de sus músculos. Extrajimos algunas, pero se quedaron las más profundas, las cercanas a los vasos del cuello. En esa época se desconocía la cirugía vascular en México y en muchas otras partes del mundo. Afortunadamente, pudo continuar su vida sin muchas molestias, porque no hubo lesión de nervios importantes.
Al final, el Dr. Efraín Toledo Sumoza comentaba sobre Charis “que la historia y el tiempo, ha reconocido la extraordinaria y recia personalidad de este singular juchiteco, que forma parte de la leyenda y de la historia”.
El General Heliodoro Charis Castro, murió en la ciudad de México el día 26 de abril de 1964










