Agencias
Nadie ha descrito con tanta exactitud la situación en la que se encuentra inmerso el hombre contemporáneo como Fiódor Dostoyevski, quien, a través de uno de los personajes de su obra monumental Los hermanos Karamazov, reflexiona sobre la profunda soledad que sufrimos. Un personaje misterioso explica que el aislamiento humano reina en todas partes y se hace cada vez más abismal. “Hoy todos aspiran a separar su personalidad de las demás personalidades, gozar individualmente de la plenitud de la vida. Sin embargo, los esfuerzos de los hombres, lejos de alcanzar sus fines, conducen a un suicidio total, ya que, en vez de conseguir la plena afirmación de su personalidad, los seres humanos caen en la soledad más completa. En nuestro siglo, todos los hombres se han fraccionado en unidades. Cada cual se aísla en su agujero, se aparta de los demás, se oculta con sus bienes, se aleja de sus semejantes y aleja a sus semejantes. Amasa riquezas él solo, se felicita de su poder y de su opulencia […], se ha habituado a contar sólo consigo mismo y se ha desligado de la colectividad; se ha acostumbrado a no creer en la ayuda mutua, ni en su prójimo, ni en la humanidad, y tiemble ante la sola idea de perder su fortuna y los derechos que ésta le otorga”.

La opción que hemos hecho a favor de la primacía del yo nos ha llevado a entendernos –o malentendernos– como si cada individuo fuera una unidad acabada y completa en sí misma. El yo se entiende siempre como lo primero y lo último de toda actividad, lleno de proyectos que sirven para favorecer la inflación de ese ego. Las relaciones interpersonales, por medio de las cuales dos egos se cruzan y realizan una serie de intercambios, funciona como un mercado mediante el cual unos nos servimos de otros para que cada individuo se enriquezca en su agujero. Sin embargo, desde este culto al ego, el mundo de cada persona no pasa de ser una caverna solitaria. Puesto que cada uno se pone a sí mismo por delante, las relaciones interpersonales no pueden más que entenderse como medios a través de los cuales cada uno procura enriquecerse a sí mismo a través del otro. No es de extrañarse que la mayoría de esos encuentros entre personas están condicionados a que cada una obtenga de esa relación los beneficios que espera. Si de pronto falla la transacción, debe terminar su relación.

Este modelo nos interpreta al yo como el fin último de nuestra estructura social. Las relaciones con los demás son un medio a través del cual el yo se beneficia. Quizá el otro también se beneficia. Pero eso suele ser una condición necesaria para mantenerlo activo como proveedor de mis intereses. No niego que este intercambio pueda ser conveniente para que cada uno de los que participan en él obtenga diferentes formas de riqueza. Pero al final del día, cada uno se encuentra encerrado en su jaula de oro. Cada uno se encuentra solo con sus proyectos. La propia realidad solo es interesante para el otro en la medida en que le sirva a sus propios fines, pero solo a mí me interesa mi propio yo como realidad definitiva. Por eso, cuando los proyectos ya no pueden coexistir, simplemente ocurre la separación y cada uno continúa por su camino, siempre solitario. En palabras de Hermann Hesse, “la vida significa estar solo, nadie conoce al otro, todo el mundo está solo”. Esta es la filosofía del “yo primero”.

Por fortuna, esta no es la única forma de entender al ser humano. Si así fuera, estaríamos condenados a la soledad y la vida sería insoportable. Las relaciones interpersonales no pueden ser solo medios adquisitivos para que cada yo se haga rico en su soledad. Ya Aristóteles intuía que nadie estaría dispuesto a tener todos los bienes del mundo a cambio de no tener amigos. Esto, porque la amistad, el ser-con-los-otros, parece ser algo más que un medio para que cada yo se beneficie y termine nuevamente en su isla solitaria. El otro no es una parada en mi búsqueda personal de felicidad, el otro es el lugar mismo de mi existencia. Es decir, cada yo es, desde su fundamento mismo, alguien enfrente de un tú. El otro no es simplemente alteridad, no es simplemente un otro, sino que es, de algún modo, quien me permite ser yo mismo. En otras palabras, la existencia humana es tal, que solo puede ser para-otro, desde-otro y con-otro. El yo sólo existe en comunión con el tú. Esto es a lo que se refería el gran Karol Wojtyła cuando hablaba de la “ley del éxtasis”. Lo propio de la persona es que está llamada a existir fuera de sí misma. No para sí misma, no para que cada yo se sirva del otro, sino para que se vuelque totalmente hacia el tú, afirmándolo con todas sus fuerzas. En este movimiento de salida, que comúnmente llamamos amor, el otro no está sólo, porque yo estoy con él, el otro es mi proyecto, yo soy para el otro. Cuando en este ser-para-otro ocurre una correspondencia, se rompe la prisión que nos mantiene aislados y logramos la realización de nuestra vocación personal, que no es para la soledad, sino para la comunión, para ser unos-con-otros. Esto es posible gracias a aquella sublime capacidad que llamamos libertad: la libertad es ese poder que tiene el ser humano de liberarse de sí mismo, es decir, de trascenderse, de reventar la jaula de su soledad. Sólo si se entiende de esta manera, se puede pensar en una auténtica comunidad, en la que uno entra en el proyecto del otro y viceversa. Esa es la verdadera compañía. El ser humano sólo puede alcanzar la plenitud si vive para los demás. Este vivir para el otro es lo que posibilita que ocurra lo que cada quien desea profundamente: que alguien viva para él, que alguien lo ame por sí mismo. La dinámica simultánea de vivir desde y vivir para, culmina en el vivir con, vivir en auténtica comunión.

En 1948, el pintor holandés Maurits Cornelis Escher, que estaba fascinado por el infinito y las paradojas, dibujó una litografía titulada Manos dibujando. En ellas encontramos un ícono elocuente de la estructura paradójica de la existencia personal, que no está hecha para sí misma, sino para el otro; sólo cuando se abandona al yo para volcarse totalmente en el otro, la persona se encuentra verdaderamente a sí misma. En el dibujo vemos dos manos que se dibujan mutuamente. Una se hace cargo de la otra y afirmándola se convierte en el fundamento de su existencia; la otra hace lo mismo. Cada una vive totalmente para la otra y desde la otra. Las manos solo existen en comunión, solo pueden vivir juntas. El cuidado de cada una es el cuidado de las dos. Si abandonaran ese ser-para y se volviera cada una hacia sí misma, su existencia colapsaría. Les depararía la muerte, en lugar de la vida. Eso es precisamente el amor: un misterioso intercambio en el que, como dice el filósofo Peter Kreeft “yo no soy mío, sino tuyo; tú no eres tuyo, sino mío. Y ésta es la única manera de que yo sea verdaderamente yo y tú tú”.

La cultura del “yo primero” nos invade por todas partes. Sin embargo, como dice el personaje de Dostoyevski, produce una disgregación “contraria a todas las leyes de la naturaleza”. Nos arroja a un abismo que vuelve la vida insoportable. No me extraña que el personaje principal de la película titulada Yo antes de ti haya terminado consigo mismo por medio del suicidio asistido, incapaz de encontrar la vida que quiere. Habría que reprocharle con Chesterton que con su acción ha aniquilado al mundo entero, ha despreciado todo lo que existe a su alrededor, ha insultado a todas las mujeres, “no hay una sola criatura en el cosmos para la que su muerte no sea una burla”, a cada uno le ha dicho “tú no eres suficiente como para que la vida valga la pena”. Por el contrario, el que ama, no se aniquila, sino que se expande en la persona amada y su vida adquiere una riqueza ilimitada en el misterio infinito del otro.

  • Dr. Alejandro Sada. Profesor investigador de la Universidad Panamericana. Tiene un Doctorado en Filosofía por la Universidad de Navarra y una Maestría en Filosofía por la UNAM. Ha participado en múltiples congresos nacionales e internacionales. Entre sus títulos más recientes destacan los libros: Asentimiento y certeza en el pensamiento de John Henry Newman: una defensa de la creencia religiosa (Nun 2021); Sentido y verdad: hacia una renovación de la filosofía desde el pensamiento de Joseph Ratzinger (BAC, en prensa). Actualmente dirige un grupo de investigación internacional sobre la relación entre filosofía y teología en el pensamiento de Joseph Ratzinger. Redes sociales: Twitter, Instagram, Facebook, YouTube, Academia.

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