Letras Desnudas
Mario Caballero
Hemos cumplido el tercer año de la pandemia de covid-19. ¿Cómo le fue?
Para mí, y creo que para la mayoría de los que habitamos este hermoso país, fue un horror. Aunque esta palabra creo que no alcanza para describir lo que hemos vivido estos últimos tres años.
Por trabajar en los medios de comunicación, tuve la necesidad de salir durante el confinamiento, que si no mal recuerdo empezó el 20 de marzo de 2020 con la suspensión de clases presenciales. Tres días después fue declarada la Jornada de Sana Distancia con un personaje que las autoridades federales crearon para recordarnos que teníamos que vivir separados, por lo menos, un metro y medio los unos de los otros: Susana Distancia.
Pero salir a las calles de Tuxtla Gutiérrez fue una experiencia horrorosa. Primero, por la multitud de gente reacia a resguardarse en sus casas. Mientras en los noticieros se reportaba el acelerado incremento de los contagios, que pasaron en pocas semanas de ser decenas, centenas y luego miles, los tuxtlecos salían como si nada estuviera amenazando la vida de las personas en el mundo. Iban de compras al mercado, al cine, a las plazas comerciales, a los tacos y a jugar en los parques.
Con la llegada de la tercera ola de contagios, la situación cambió. La gran capital chiapaneca comenzó a estar cada vez más silenciosa, con pocos vehículos y transeúntes por las calles, mercados, plazas y parques, y el ruido que más se escuchaba era el de las sirenas de las ambulancias y patrullas. De horror. En serio.
ALGUNAS EXPERIENCIAS
Cada vez que lo recuerdo, me viene a la mente la plática que tuve con un compañero de la escuela que es dueño de una funeraria en la Ciudad de México. “No me doy abasto”, me dijo. Obvio, le alegraba que le estuviera yendo bien en su negocio, pero también le molestaba la causa de sus repentinos dividendos.
Durante esas semanas de confinamiento murieron varios amigos, conocidos y familiares. Entre los primeros, una compañera de la universidad, que no creyó que el maldito bicho era real. Por tanto, no dejó de salir de su casa, nunca usó el cubrebocas y cuando por fin creyó fue porque obtuvo el contagio. Según comentarios de una de sus hermanas, después de dar positivo para coronavirus no duró ni diez días.
Esto sucedió durante la segunda etapa de pandemia. Y por ese tiempo me enteré de la muerte de los padres de un amigo. Primero fue la mamá y luego el papá, con una diferencia de 8 horas. Ambos eran de la tercera edad, la población más vulnerable al SARS-CoV-2.
Fuera de ellos hubo dos muertes que me conmocionaron mucho. La de un tío cercano, cuya cormobilidad (afección cardiaca) fue la razón por la que desarrolló síntomas más graves al contraer el covid.
La otra fue la de un hombre que enfermó y murió aquí en Tuxtla, pero que fue inhumado en la colonia Emiliano Zapata, poblado que se encuentra a unos 20 minutos de la cabecera municipal de Arriaga, en la costa de Chiapas.
A la verdad, la muerte de este señor no fue algo excepcional, sobre todo teniendo en cuenta las miles de muertes que sucedieron por coronavirus, sino lo que hicieron sus familiares.
Uno de sus hermanos, quebrado por el dolor, pidió que abrieran el ataúd porque quería despedirse de él, cosa que estaba prohibidísima, ya que el cuerpo contaminado era una fuente viva de contagio. Por eso lo que las autoridades sanitarias recomendaban era incinerar los cadáveres en lugar de enterrarlos.
Al cabo de tanta insistencia, le cumplieron el capricho. Y apenas las tapas fueron abiertas, se lanzó sobre el cuerpo de su hermano. Lo abrazó y lo besó. En ese momento había alrededor de 80 personas acompañando a los dolientes en el panteón. De los cuales la mitad se contagió y siete fallecieron días después, entre ellos el hermano.
Así transcurrieron nuestras vidas: en medio de noticias de que había muerto fulano, zutano y perengano.
VIDA VIRTUAL
¿Y cómo nos comunicábamos con nuestros seres amados? A través de internet.
En nuestro caso, lo hacíamos con video llamadas. Sólo así nos enterábamos cómo estaban nuestros padres, hermanos, amigos y compañeros de trabajo. Ciertamente lo odiaba, pero era la única manera de vernos, platicar, acordar y quejarnos de la pandemia que nos había tocado vivir.
¿Usted no lo odió?
ALGUNOS DATOS
Los meses siguieron pasando y lo único que más o menos nos consolaba era saber que se estaban desarrollando vacunas anticovid, pero nadie sabía cuándo estarían listas. Entretanto, seguimos enterándonos de los crecientes números de los fallecidos y de las tonterías del mediocre doctor Hugo López-Gatell. Hasta ahora me pregunto por qué diablos el presidente López Obrador lo protegió y lo sostuvo en el cargo. Si como vocero gubernamental de la estrategia fue infame, como responsable directo del manejo de la pandemia fue peor.
En fin, teníamos miedo. Muchos sufrimos ver a nuestros hijos tomar clases virtuales. Nos preocupábamos con justa razón de nuestros padres, por la escasez de recursos en los hospitales y de la saturación en los hospitales, que en su mayoría carecían de los equipos médicos necesarios, como los dichosos ventiladores.
Escribiendo esto encontré un dato que me aterró. Según el Inegi, las muertes por covid-19, entre enero de 2020 y junio de 2022, fue de 469 mil 722 personas. En otras palabras, el desgraciado virus se ensañó con los mexicanos, especialmente con los de mayor edad. Pues la edad promedio de los fallecidos fue de 64 años con una desviación estándar de 15.
Algo más. Hay miles de personas que sufren algo que en la jerga médica se llama “covid largo” o “síndrome poscovid-19”, que consiste en fatiga, fiebre, dificultad para respirar, tos, dolores articulares y falta de concentración.
LAS VACUNAS
Conozco muy poca gente que no se enfermó, pero le agradezco a Dios que los que se enfermaron y cuando enfermaron, incluido este servidor, las vacunas ya habían aparecido, las cuales nos dieron defensas inmunológicas. Por tanto, los síntomas fueron menores y el riesgo de morir disminuyó considerablemente.
Esto se lo debemos a la ciencia médica. Fue impresionante el poco tiempo que le llevó desarrollarlas.
En este breve recuento de los tres años de pandemia, no podemos obviar que aparte del terror ésta nos dejó un catálogo de enfermedades mentales, como el miedo, la ansiedad, el estrés y la depresión. Ni hablar de la violencia doméstica contra mujeres y niños, que creció exponencialmente durante el confinamiento.
¿Sabe qué? Un estudio realizado en México documenta que existen síntomas de estrés postraumático clínicamente significativo en casi un tercio de la población.
MI RECONOCIMIENTO
No quiero terminar estas líneas sin reconocer y aplaudir -¿por qué no?- a los héroes de nuestra historia: el personal de Salud que entregó su propia vida y arriesgó las de sus familias por salvar las de otros.
Otro estudio indica que todos ellos quedaron sufriendo altas tasas de depresión, estrés, ansiedad e insomnio.
Así que gracias a todos los médicos, enfermeros, enfermeras, camilleros, laboratoristas y a todo el personal de apoyo hospitalario por el invaluable trabajo que realizaron. Siempre los he admirado y ahora los admiro más. Fueron auténticos héroes con bata blanca en medio de todo este horror.
@_MarioCaballero










