Marco Alvarado/ Diario de Chiapas
En la meseta de Copoya, al sur de la capital, existen zonas propensas a la remoción de masas que son el resultado de las vibraciones que ocurren en el suelo, las cuales han causado algunos derrumbes en los últimos años.
De acuerdo con Carlos Narcía López, investigador de la facultad de Ingeniería Ambiental de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (Unicach) y especialista en sismología, la naturaleza geológica de esta meseta la hace vulnerable a estas vibraciones que ocurren constantemente y están siendo estudiadas para determinar su impacto.
En el caso de esta meseta, explicó el investigador, se trata de un remanente de otras estructuras geológicas, es una zona de captación de agua y es susceptible a deslizamientos de tierra. Este hecho debería ser considerado al planear la expansión urbana en esta zona.
“Es importante conocer el sitio donde se planea construir, estudiar el mapa de riesgos de la ciudad y evaluar las condiciones del suelo. La zona de transición entre Copoya y la ciudad de Tuxtla Gutiérrez es inestable, y los procesos de derrumbe se desencadenan con lluvias y sismos”, explicó el experto.
Esto podría explicar los fenómenos observados en el fraccionamiento La Cueva del Jaguar, donde más de 75 viviendas tuvieron que ser desalojadas en 2019 debido a que el suelo debajo de los cimientos prácticamente se licuó, afectando la integridad estructural de las casas.
La zona fue declarada de alto riesgo debido a su inestabilidad y deslizamientos de tierra, pero aún así se construyó el complejo habitacional en 1998. Sólo cuando comenzaron a aparecer grietas en las viviendas, los habitantes solicitaron la intervención de las autoridades, sin imaginar que sería imposible continuar viviendo en el sitio.










