La crónica hablará por Chiapas

Cavilaciones sobre mi Tuxtla

Marco A. Orozco Zuarth [email protected]

Compartimos esta crónica, escrita por

Jorge Marengo Camacho
2016

(Primera de dos partes)
En la tarde, después del colegio, había varias cosas por hacer. Con los amigos de la secundaria solíamos andar en bicicleta por los senderos del río Sabinal, siempre inacabados, siempre encharcados, siempre tan nuestros. Mirábamos lagartija y ardilla, harta. Aquel río, ni tímido ni escandaloso, acogía garzas extraviadas y tortugas. Cuenta mi madre que alguna vez, hasta peces se podían mirar.
Los noventas ´taban floreciendo y la camioneta del abuelo, equipada con un radio de onda corta que nunca funcionaba -disque pa´hablar con la gente del rancho– y con una casetera, donde cuando ya le hartaba, el “Chente”, la Juana la Cubana y la Sopa de Caracol salían al quite. Pasábamos “El Magueyito”, luego el “Parque de los Once” y finalmente, llegar al campo de futbol de la Colonia.
Soy testigo de batallas futbolísticas legendarias, aparecían Meme Robles y los hijos del Dr. Cárdenas, la chamacada se dejaba venir de todo el rumbo. Quisiera recordar todos los nombres. Pasó el tiempo y el campo de futbol se convirtió en Iglesia, siguió pasando el tiempo y mi abuelo ahora vive en esa Iglesia.
Otro campo de futbol en el que namás se miraba puro buenazo jugá, era el que estaba pegadito al “Blanco Sol”. Por esas fechas, ´taba llegando otra oleada de modernidá al pueblo, no como la de los setentas que namás todo lo vino a chingá, una mejor. Vino Plaza Cristal, la Discoteca Colors, el Mc Donalds y el Kentuchy, ¡Ahhh y pobree de vos si querías llegar enchorado al restoran! Te encontrabas a puro conocido, así que había que sacar la mejor gala, pué.
Esa modernidá, ahora sí que también se estaba llevando al baile a la Disco Sheik y al mismísimo San Remo de las Estrellas La Catedraaal del Baileee…
Tabamos arriba de píchis y debajo de hombre de bien. La diversión de los domingos consistía en ir a la Matiné del Vistarama o al Alameda y aplaudir harto al final de la película, no importaba que no escucharan los actores, igual si no te gustaba la película les mentabas su madre a chiflos, a ver si así, en la próxima función le echaban más ganas puee. Ya por la tarde, había que darle la vuelta al Parque Central, en un cortejo muy autóctono que se llamaba “Centralear”. Ni creás que lo hacíamos a pie. Éramo fresas, de a cochesuco de papá y además Tuxtla era la Capital, ni modo de hacerlo como en los pueblos de los abuelos…
Continuará

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