(PRIMERA DE DOS PARTES)
Ashley Smith
Las noticias diarias están llenas de historias sobre el creciente conflicto global entre los EEUU y China, desde el comercio hasta las disputas geopolíticas y el duelo de ejercicios militares. Todo esto converge sobre Taiwán, una pequeña nación que China reclama como una provincia renegada, respaldada por los EEUU, y sede de las plantas de fabricación de microchips más avanzadas del mundo.
Estas plantas producen chips imprescindibles para todo, desde iPhones hasta el bombardero de combate F-35 de Washington y otras armas de alta tecnología. Ese hecho aumenta lo que está en juego en una competencia ya antigua marcada con «Crisis del Estrecho de Taiwán» periódicas, que la convierten en una volátil confrontación diplomática, económica y militar.
En el Capitolio y en las salas de juntas, como señala Edward Luce, «el viejo consenso de Washington» de integrar a China ha sido reemplazado por uno nuevo de «desintegrar a China». Joe Biden ha continuado con la gran estrategia de Donald Trump de rivalidad de potencia con Beijing.
El presidente de la Cámara de Representantes, Kevin McCarthy, y los republicanos se encaminan hacia una nueva Guerra Fría y han creado un Comité Selecto sobre el Partido Comunista Chino, que recientemente sometió al CEO de TikTok, Shou Zi Chew, a un agobiante interrogatorio racista. Y corporaciones como Apple se encuentran en las primeras etapas del traslado de sus cadenas de suministro fuera de China.
Beijing ha lanzado una contraofensiva contra lo que Xi Jinping llama la política de Washington de «contención, cerco y supresión» con el objetivo de restablecer a China como una gran potencia en un mundo multipolar. Como resultado, los dos estados, a pesar de su profunda integración económica, parecen dirigirse a un conflicto geopolítico cada vez mayor e incluso a una guerra.
Su antagonismo es la rivalidad imperial central del siglo XXI, con Estados Unidos tratando de preservar su dominio y China tratando de cuestionarlo.
De la monopolaridad a la multipolaridad
Esta rivalidad era lo último que los Estados Unidos querían. Después del final de la Guerra Fría, Washington deprovecha lo que Charles Krauthammer llamó el «momento unipolar». El objetivo de los Estados Unidos era consolidar su condición de única superpotencia del mundo y evitar el surgimiento de un nuevo competidor mediante la incorporación de todos los estados del mundo en su orden mundial basado en reglas de globalización del libre comercio.
Como argumenta Gilbert Achcar en su libro recientemente publicado, The New Cold War, Estados Unidos quería en particular evitar cualquier desafío de Rusia y China. Con el fin de contenerlos y otras amenazas potenciales a su dominio, Washington expandió la OTAN, mantuvo su vasta red de bases militares en Asia, llevó a cabo operaciones militares contra los llamados «estados canallas» como Irak e impuso su «estabilidad» a países como Haití, destrozados por sus políticas económicas neoliberales.
Sin embargo, hasta los planes mejor pensados a menudo fallan. Tres acontecimientos marcaron el comienzo del orden mundial multipolar asimétrico de hoy, lo que desencadenó la rivalidad entre Washington y Beijing en su centro.
En primer lugar, China y varias potencias subimperiales aprovecharon el largo auge neoliberal desde la década de 1980 hasta 2008 para convertirse en nuevos centros de acumulación de capital. Por lo tanto, la expansión económica comenzó a cambiar el equilibrio relativo de poder entre los estados en el capitalismo global.
En segundo lugar, el intento de Washington de asegurar su hegemonía a través de sus invasiones de Afganistán e Irak explotó en su cara, empantanándolo en dos décadas de guerras de contrainsurgencia. China y otras potencias regionales aprovecharon la situación para ser más asertivos sobre sus intereses económicos y políticos.
En tercer lugar, la Gran Recesión de 2008 puso fin al auge neoliberal y golpeó a Estados Unidos y sus aliados europeos. La enorme inversión estatal de China sacó con éxito a su economía de la recesión y estimuló un auge de materias primas que alimentó las expansiones de países como Brasil y Australia.
Todo esto condujo al declive relativo del imperialismo estadounidense y al surgimiento del orden mundial multipolar asimétrico actual. Estados Unidos sigue siendo, por supuesto, el estado imperialista más dominante, pero se enfrenta a China como un rival en ascenso, a una Rusia revitalizada como potencia regional de gran tamaño y hay una gran cantidad de estados subimperialistas, desde Arabia Saudí hasta Israel y Brasil, que desafían o cooperan de diversas maneras con los Estados Unidos.
El auge del imperialismo chino
Washington considera a China como su mayor rival. Pekín ha pasado de ser una economía autárquica y subdesarrollada a una superpotencia capitalista. Ahora es la segunda economía más grande del mundo, el fabricante número uno, el mayor exportador, el principal socio comercial de la mayoría de las principales economías del mundo, un exportador líder de capital, el mayor acreedor y el principal receptor de inversión extranjera directa.
Una combinación de competencia económica y crisis ha llevado a China a desafiar al capital estadounidense, japonesa y europea en todo el mundo. Para reforzar la industria de alta tecnología de China, Xi Jinping lanzó una nueva política industrial, Made in China 2025, para financiar a los campeones nacionales que producen semiconductores avanzados, aumentar la cadena de valor y poner fin a la dependencia de los proveedores extranjeros.
Sin embargo, la Gran Recesión y el vasto estímulo estatal de China provocaron problemas sistemáticos en su economía. Como argumenta Ho-fung Hung en su libro, Clash of Empires, se desarrolló una crisis de sobreacumulación, «caracterizada por el aumento del endeudamiento, el exceso de capacidad y la caída de las ganancias de las empresas chinas».
Para superar esto, Xi lanzó la Iniciativa de la Franja y la Ruta en 2013. China prometió conceder más de 1 billón de dólares en préstamos de sus bancos estatales para construir infraestructura en el Sur Global, en gran medida para facilitar las exportaciones de materias primas para alimentar su economía de manera imperialista clásica.
China ha transformado este poder económico en fuerza geopolítica. Estableció la Organización de Cooperación de Shanghái, con Rusia y los estados de Asia Central, y también unió a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica en un bloque geopolítico (los BRICS), con su Nuevo Banco de Desarrollo para rivalizar con el G7 dominado por los Estados Unidos. Ha utilizado ambos foros internacionales (entre otros acuerdos políticos y económicos bilaterales y multilaterales) para proyectar sus intereses en Asia y en todo el mundo.
Para respaldar estos esfuerzos, China revolucionó su ejército. Ha aumentado constantemente el gasto militar, entre el 5 y el 7 por ciento anual, en las últimas dos décadas para alcanzar un gasto de casi 300 mil millones de dólares, solo superado por los EEUU.
Se ha concentrado en proyectar este poder en los mares del este y del sur de China. Construyó islas militarizadas para patrullar las rutas marítimas internacionales, reclamó áreas marítimas con reservas de combustibles fósiles submarinos y afirmó su control sobre las pesquerías. Todo esto ha enfrentado a Beijing con otros países con reclamaciones rivales, como Japón, Brunéi, Taiwán, Indonesia, Malasia, Filipinas y Vietnam.
China ha desarrollado una estrategia militar de «negación de acceso a áreas» para proteger sus intereses y disuadir a los Estados Unidos y sus aliados. También ha establecido su primera base militar extranjera en Yibuti, con otra planeada en Guinea Ecuatorial y se espera que establezca más en varios países de Asia-Pacífico, Oriente Medio y África que considera estratégicos.
El keynesianismo imperialista de Biden
Por supuesto, Estados Unidos sigue siendo la economía más grande del mundo, controla el dólar como moneda de reserva internacional, cuenta con la mayor red de aliados militares, gasta casi tres veces más que China en defensa y posee más de 750 bases en todo el mundo. Para imponer su supremacía, ha dado un giro cada vez más agresivo para contener a Beijing.
Barack Obama inició esta política con su Pívot to Asia (giro asiático), y Donald Trump lo intensificó con su declaración de rivalidad de gran potencia con China y Rusia. Pero en todo caso, el errático mal gobierno de Trump exacerbó el declive relativo de Washington.
Para restaurar su hegemonía, la administración Biden adoptó una estrategia de keynesianismo imperialista. Ha comenzado a implementar una política industrial totalmente diseñada para garantizar la supremacía económica y militar de los Estados Unidos.
Biden ha mantenido los aranceles y sanciones que Trump impuso a las exportaciones chinas a los EEUU y se está preparando para añadir otros nuevos. Específicamente, ha utilizado la seguridad nacional como justificación para bloquear la venta de microchips avanzados, que tienen aplicaciones tanto industriales como militares.
Biden también ha alentado a las corporaciones a «relocalizar a países amigos» sus cadenas de suministro, reubicándolas de China a los Estados Unidos y sus aliados. Para endulzar la oferta, firmó un proyecto de ley de infraestructuras de 1 billón de dólares para renovar el deteriorado sistema de transporte de los Estados Unidos, actualizar su Internet lamentablemente atrasado y financiar la construcción de una nueva red de estaciones de carga de vehículos eléctricos, todo ello esencial para el capitalismo del siglo XXI.
Biden ha promulgado la Ley de Chips y Ciencia que invertirá más de 280 mil millones de dólares en empresas y universidades para diseñar y fabricar chips informáticos avanzados en los EEUU para disminuir su dependencia de los proveedores extranjeros. Finalmente, su Ley de Reducción de la Inflación (IRA) de 385 mil millones de dólares, aunque se presenta como un paquete de medidas para abordar el cambio climático, propone viejas «soluciones» capitalistas cuanto menos dudosas en su eficacia.
Pero, al mismo tiempo, amplía la extracción de combustibles fósiles para la exportación, especialmente a los países europeos para permitirles lograr la independencia energética de Rusia. El IRA también financia la producción nacional de paneles solares, coches eléctricos, baterías y sus componentes para poner fin a la dependencia de los proveedores y competidores extranjeros, sobre todo de China.








