“Bartolito: el mil oficios, su vida por los rieles de la costa”

Romeo Duvalier
San Cristóbal de Las Casas, Chiapas
Desde el 2016, Marco Antonio Duvalier Peña Pérez ha cultivado su amor a la lectura, a la poesía y a la crónica; en los viajes de actividades culturales siempre una libreta lo acompaña para irse inspirando, imaginando y escribiendo todo lo que ve. Obtuvo el primer lugar en crónica infantil en el Congreso Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas en San Francisco, Campeche; y el 3er. Lugar en el concurso de Crónica Juvenil, en el XLIII Congreso Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas, en Monterrey, Nuevo León:

Cuando visitamos Pijijiapan acompañamos a mi papá para realizar sus entrevistas y ahí escuché de este personaje y de otros más, me llamó mucho la atención porque también tenemos un libro que habla de este gran personaje.
Bartolito “Un hombre sin historia y sin tiempo de la Costa de Chiapas, que hizo historia y actuó en el tiempo del recuerdo”, escrito por César Pineda del Valle, quien se encargó de escribir de manera muy bonita.
Para muchos Bartolito es un cuento pero si existió, aunque se desconocen sus apellidos; en Pijijiapan mi abuelito era un niño cuando lo conoció, mi papá comenta que su abuelito fue muy amigo de Bartolito, siempre ahí en la estación del ferrocarril de Pijijiapan se pasaba mucho tiempo, ganaba sus centavitos y le daban posada y comida.
Mi abuelo Eugenio Peña: yo era adolescente, me gustaba venir a la feria de Pijijiapan, ahí estaba paradito Bartolito (era chaparrito, fuerte, sombrero de palma, huaraches, pantalones bombachados, su chomba de color azul ya muy viejita de mezclilla). Veía que veníamos a caballo y rápido caminaba para ayudarnos a amarrar los caballos y ganarse sus centavos. A veces lo veía por la estación a la hora de la llegada de las corridas del tren para ofrecer su ayuda como canastero y mandadero.
En el libro el autor narra sus aventuras, siempre se le veía en las estaciones del ferrocarril de cada pueblo: Tapachula, Huixtla, Escuintla, Acapetahua, Mapastepec, Pijijiapan, Tonalá (Mojarras, Pueblo Nuevo) y Arriaga. Tenía muchos oficios: mozo, canastero, estibador, mecapalero, barrendero, mandadero, vendedor y colilla de ferrocarrilero.
Asistía a las ferias de cada municipio, iba a los velorios y fiestas porque segura estaba ahí la comida o cena. Siempre disfrutaba del delicioso Comiteco. Dormía donde le caía la noche, nunca tuvo una dirección estable.
El autor describe a Bartolito: “Enclenque, chaparrito, vestía su chompa azul, pantalones, huaraches juchitecos y sombrero de palma. Era pequeñito y muy fuerte. Siempre trabajando para la comida o por unos centavos. Cargaba canastos, la marimba, maletas, hacía mandados, estibaba en la estación del ferrocarril, bolero, vendedor de paletas, tamales, vendía de todo y siempre se metía en aprietos con los gendarmes “policía”. Era tomador del buen comiteco. Convivio con otros personajes de menor importancia como Juan sin pierna, Toño tuerto, el Cacho, el Loco, el Ocho, Pata de loro, Pancho chico, el Punzón, Mingo loco, entre otros. Le encantaba que tocaran Las golondrinas y Dios nunca muere.
Mi bisabuelo Manuel Román: en la estación era su lugar preferido para estar y se reunían con más amigos de la botellita cañita y comiteco, porque quitaba el frío, hacía que conversaran por horas sin descansar, ahí estábamos todos sentados, acurrucados o acostados; nuestra almohada los ladrillos o botellas, un buen periódico para las madrugadas frías, a las cuatro de la mañana nos parábamos, iniciaba la actividad, teníamos que esperar la llegada del tren de las seis de la mañana en punto. El sonido del silbato hacía que fuera un avispero, bajaban y nosotros cargábamos rápidamente los costales, a las vendedoras les cargábamos sus costales y canastos, nos preferían porque nos conformábamos con poco.
Había canasteros y estibadores oficiales, pero ellos cobraban más caro. Al retirarse todo era un silencio total, eso era de todos los días, por las noches nos narraba sus aventuras y problemas en que se metía porque decía él que “siempre estaba donde no lo llamaban”. Le gustaba el güiri, güiri, pasaba de un municipio a otro, en todos tenía amigos y enemigos, seguro que en las fiestas patronales se le veía, sabía que había un poco de dinero para que él ganara sus centavos. Se bañaba a la orilla del río, como dios lo trajo al mundo, lavaba su ropa y dormía por varias horas. Nunca se casó, le gusto vivir libre como el viento.
Para Bartolito, Pijijiapan era el pueblo de la indolencia, calor, sudor, de toda la costa era la más hospitalaria, conoció a los alcaldes Amado Pérez Ulloa, Dr. Juan Castro Zambrano, Manuel del Valle. Le gustaban las fiestas, los ricos tacos de tasajo, los frijoles revueltos con mantequilla, queso, memelas calientes, chanfaina y cola de res. Siempre desfrutaba del delicioso chocolate y marquesote de doña Isabel del Valle.
Una mañana ya no se supo más de él: había fallecido debido al paso del tiempo y las enfermedades que lo rodearon desde su nacimiento. Lo enterraron en un modesto cajón de madera realizado por un carpintero; el alcalde de Pijijiapan autorizó que le hicieran su fosa, solo una cruz de madera y las flores silvestres sobre su tumba. Con el paso del tiempo ya no se sabe en qué parte fue enterrado; así como un día apareció al bajar del tren, así desapareció y solo algunos recuerdos quedan en la memoria y en el libro Bartolito.

César Pineda del Valle: Nació el 24 de octubre de 1932 en Pijijiapan, Chiapas y falleció el 3 de agosto de 2004, Villahermosa, Tabasco. Cronista, narrador, poeta y académico.
Estudió Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ejerció como abogado postulante en la Ciudad de México. Participó como docente e investigador en la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH), desde 1980, y fue jefe de su Departamento de Literatura.

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