La traición en política es muy bien recompensada
El trabajo corporativo que hizo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador en las entidades de la República le dio como resultado que al menos una media docena de gubernaturas que estaban en poder del partido Revolucionario Institucional, pasó a manos de Morena.
Lo tan criticado de los políticos que no hacen honor a su palabra es justamente que se mueven por intereses personales, y dejan colgando a miles de seguidores que confiaron en sus promesas, pero, sobre todo, se rompe esa línea de la “amistad” que había con las dirigencias partidistas.
El mensaje que en estos últimos años han dejado los mandatarios y gobernadoras de oposición es que de plano ya no se puede confiar en sus dichos. Cada vez la política es pisoteada que solo los optimistas creen que los “fieles” seguidores que dicen tener es por la capacidad que puedan poseer para lograr convencer a la población mexicana.
Apenas la semana pasada sucedió lo que ya se venía manejando con la incorporación de quien fuera un pilar en el PAN, Javier Corral. El panista por fin se abrió de capa para demostrar que su renuncia anticipada tras más de cuatro décadas al partido azul no era porque se le acabó el amor, sino porque las diferencias al interior de la dirigencia no le permitían competir en otros puestos de elección popular, y, por lo menos, con ello, estar vigente en el mundo de la política.
De esta forma, su incorporación a Morena es desleal y manda el mensaje de que se acabaron los personajes que tenían cimentados sus principios de honestidad y transparencia con un proyecto político.
La traición al PAN, porque no podría llamarse de otra manera, para sumarse a otra corriente ideológica, se suma a la incorporación de Omar Fayad, quien dejó el gobierno de Hidalgo y permitió que lo ganara Morena. Entregar este estado donde justamente es originaria la candidata del Frente Amplio por México, Xóchitl Gálvez, le ha valido que esté a horas de poder tomar la batuta de una embajada en Noruega.
Meses atrás hicieron lo mismo Quirino Ordaz, ex gobernador de Sinaloa y ahora gozando de los privilegios que da ser embajador en España, o Carlos Joaquín González, ex mandatario de Quintana Roo y hoy parlamentario en Canadá. Carlos Sainz, ex gobernador de Campeche hoy se desempeña como embajador en República Dominicana; y Claudia Pavlovich, ex mandataria de Sonora, es Cónsul en Barcelona,
Alejandro Murat es el último priista que gobernó el estado vecino de Oaxaca, quien también lo entregó a Morena. Tras cumplir su periodo de gobierno, ahora forma parte del equipo de Claudia Sheinbaum a la presidencia de la República.
Por otro lado, es lo mismo lo que se pueda decir del ex ministro de la SCJN, Arturo Saldívar, quien renunció para integrarse también al equipo de la morenista, coordinadora de los comités de la Cuarta Transformación en el país.
No es un falso paso el que dieron, pues mientras perdure en el poder este gobierno morenista, sus puestos diplomáticos están garantizados, pues no quisiéramos pensar qué pasaría si los resultados electorales de 2024 no sean como Morena y sus partidos satélites lo tienen planeado y casi confirmado.
A estos ex priistas, panistas y hasta ministros con camiseta de Morena no se les puede llamar traidores a la patria como en su momento Morena, desde la Cámara de Diputados y de Senadores, exhibieron a sus adversarios por haberse negado a votar iniciativas que emitió el presidente de la República, como lo fue la de la Reforma Eléctrica, cuya querella llegó hasta la Fiscalía General de la República, pero que ahí quedó, pues de lo que se trataba era de desprestigiar al PAN, PRD, PRI y a Movimiento Ciudadano.
En política las acciones cuestan y mucho, por ello hoy quienes gozan de los privilegios de estar en el gobierno con camiseta que debe no sentirles tan cómoda, tienen bajo su espalda el sello de traicioneros, pero no a la patria, pues este concepto dista mucho de la realidad, sino de los millones de mexicanos de las entidades federativas de donde son originarios, donde, por cierto, algún día volverán, y júrenlo, no serán muy bien recibidos.
La ambición los doblegó pues que mejor pudo haber sido que cumplieran su mandato, se desempeñaran con honestidad y a descansar, o bien, incorporarse a la academia, volverse empresarios o a administrar sus millones de pesos.
Lo mejor de su vida hubiese sido negarse a recibir como pago puestos políticos que solo manchan su honor y su nombre. Sin embargo, ante ello, nada se puede hacer pues no serán los primeros ni los últimos que tendrán que caminar con la cara agachada.










