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Hace 88 años se dio inicio a lo que se conoce como la época de oro del cine mexicano.
Convencionalmente, se afirma que, con el estreno en 1936 de la película Allá en el Rancho Grande, de Fernando de Fuentes, comenzó el periodo más importante en la historia del cine mexicano, uno que se extendió por más de dos décadas -hasta 1959- y en el que la numerosa producción fílmica alcanzó no solo altos niveles de calidad, sino un notable éxito económico y reconocimiento internacional.
Durante la época de oro, el cine mexicano abordó tantos géneros y temas como le fue posible; abundaron las adaptaciones de obras literarias, los melodramas, las comedias rancheras, las películas policíacas y hasta los musicales.
Este momento de auge vio el surgimiento de una nueva generación de directores como Emilio “El Indio” Fernández, Julio Bracho, Roberto Gavaldón e Ismael Rodríguez.
También permitió la consolidación de un star system sin precedentes en la historia del cine en español y en el que se cuentan, entre otras figuras inmortales, María Félix, Mario Moreno (“Cantinflas”), Pedro Armendáriz, Andrea Palma, Jorge Negrete, Germán Valdés (“Tin Tan”), Sara García, Fernando y Andrés Soler, Dolores del Río, Arturo de Córdova y Joaquín Pardavé.
Sí, el polifacético Joaquín Pardavé.
Un hombre con una carrera artística admirable. Actor dotado por igual para el drama y la comedia -participó en más de 100 películas-, cantante de ópera, guionista y director, fue uno de los consentidos del público y la crítica gracias, entre otras cosas, a sus actuaciones en joyas fílmicas como Ahí está el detalle (1940), En un burro tres baturros (1939), El baisano Jalil (1942), El barchante Neguib (1946), La familia Pérez (1948) y la que quizás fue su película más famosa: México de mis recuerdos (1943).
En México de mis recuerdos, Pardavé dio vida a Susanito Peñafiel y Somellera, el hilarante y muy particular secretario del Presidente de la República, un rol que todavía muchos recuerdan en México con especial cariño.
También Pardavé ha sido el único actor mexicano que fue enterrado vivo.
¿Entierro prematuro?
Enterrado vivo, al igual que el personaje central de “The Premature Burial” (“El entierro prematuro”), el famoso cuento de horror de Edgar Allan Poe.
poca apunta a que los familiares desenterraron para poder recuperar, no un billete de lotería, sino el testamento del actor que, por error, fue depositado dentro del ataúd.
Según El Zócalo y otros diarios sensacionalistas, luego de que los sobrinos retiraron la tierra y las losas que protegían el ataúd, levantaron la pesada tapa y fue así cómo dieron con el macabro hallazgo: la tela que recubría el ataúd estaba manchada de sangre, el actor yacía boca abajo, como si hubiese estado buscando apoyo para levantar la tapa con la espalda y poder abrirse paso entre la tierra, rumbo a la vida.
La tapa del ataúd, según decían, estaba arañada por dentro, prueba de la desesperación, de la horrible situación por la que pasó al abrir los ojos dentro del sepulcro.
Murió, según la
leyenda, por asfixia.
Comenzó entonces a circular la especie de que el actor padecía de ataques catalépticos y que ese 20 de julio de 1955, su médico de cabecera estaba lejos de la ciudad y que sus familiares, al revisarlo, lo dieron por muerto, sin estarlo.
Los riesgos de la catalepsia
Por catalepsia -o “muerte aparente”- se conoce a un estado biológico en el que una persona viva presenta todas las características de un deceso: entre otras, rigidez corporal, respiración lenta, ritmo cardíaco muy bajo, palidez en la piel, ausencia de respuesta a estímulos.
Dependiendo de su intensidad, un ataque de catalepsia puede durar minutos, horas o hasta días, en los casos extremos.
Recientes estudios forenses han determinado que en tiempos remotos muchas personas -muchas- fueron prematuramente sepultadas, estando aun vivas, lo que se conoce como vivisepultura.
De hecho, antes, durante y poco después de la era victoriana, la llamada tapefobia, tafofobia o tafefobia (o el miedo irracional a ser inhumado vivo) fue uno de los temores más comunes y extendidos entre la gente (ese temor sirvió de inspiración a Poe para escribir su famoso cuento).
Un caso muy sonado fue el de la irlandesa Marjorie McCall, quien en 1705 murió a consecuencia de fiebres. Fue enterrada con un anillo muy caro que no pudieron quitarle debido a la hinchazón de su dedo.
Esa misma noche, dos saqueadores de tumbas profanaron la lápida de Marjorie e intentaron cortarle el dedo para robarle la joya. Pero la mujer abrió los ojos y comenzó a gritar, ahuyentando a los ladrones y volviendo a la vida. Marjorie duró muchos años, tuvo hijos y fue feliz. En el epitafio de su lápida, en el cementerio de Shankill, en Lurgan, Irlanda, puede leerse: “Vivió una vez, fue enterrada dos veces”.
O la historia del Señor Cornish, el alcalde de la ciudad británica de Bath, a quien dieron por muerto en 1817. Se cuenta que, mientras terminaba de poner la tierra, el enterrador oyó unos ruidos que parecían provenir del interior del ataúd. Trató de socorrerlo, pero ya era demasiado tarde: el Señor Cornish, a quien enterraron vivo, había muerto por asfixia.
Su caso recuerda al de Philomèle Jonetre, una mujer francesa de 24 años que en 1867 contrajo cólera y al poco fue declarada muerta. Cuando se estaba produciendo el entierro, 16 horas después del deceso, el enterrador oyó ruidos dentro del ataúd. Al abrirlo se halló con que Philomèle estaba viva. Pero no por mucho. La rescataron, pero falleció al día siguiente -de cólera- y fue enterrada por segunda y última vez.
Un rumor de siete décadas
¿Pudo ser un caso de catalepsia el de Joaquín Pardavé? ¿Acaso le practicaron al actor una vivisepultura?
Por años, los familiares negaron con vehemencia la veracidad de la historia explotada por los diarios sensacionalistas.
Pero, pese a todos los esfuerzos, a los desmentidos y a las evidencias, no lograron erradicarla del todo, al punto de que hoy, seis décadas después de su fallecimiento, persiste en México la idea, la creencia de que, en efecto, Pardavé fue enterrado vivo.
Oficialmente, la tumba del actor volvió a abrirse en 1960, a raíz de la muerte de “Chachita”, la mujer de su vida, con quien se desposó en 1925 (el féretro que contiene sus restos nunca se abrió).
Hoy los dos enamorados descansan en paz, uno junto al otro.
Eso, al menos, cuenta una popular leyenda en México.
En la noche del 20 de julio de 1955 -un día como cualquiera: había ido a los estudios a rodar escenas de dos películas en las que participaba y luego hasta jugó bowling con un sobrino y otros amigos, falleció Joaquín Pardavé en Ciudad de México a consecuencia de un fulminante derrame cerebral.
Tenía solamente 54 años, pues había nacido en Pénjamo, Guanajuato, el 30 de septiembre de 1900.
Su esposa, Soledad “Chachita” Rebolledo, sus sobrinos -no tuvo hijos-, amigos y personalidades del espectáculo, lo velaron y posteriormente le dieron cristiana sepultura en el lote de actores del panteón Jardín de la Ciudad de México.
Hasta ahora es una historia trágica, triste, pero no aterradora.
La pesadilla comenzó a los tres días del funeral. Un periódico amarillista llamado El Zócalo, publicó en primera plana una noticia escalofriante: el legendario actor Joaquín Pardavé había sido sepultado vivo.
Según el diario, había muerto tras padecer de una prolongada agonía y no de un momento a otro, como se divulgó entonces y quedó asentado en el acta de defunción.
Fueron dos sobrinos quienes presuntamente descubrieron este horror al desenterrar el cuerpo en busca de un billete ganador de la lotería que el actor había comprado la víspera y todavía reposaba en alguno de los bolsillos del traje con que fue enterrado.










