¡Queremos paz!

La omisión al reclamo ciudadano de que se atienda el problema exacerbado de la violencia que protagonizan organizaciones armadas en el territorio chiapaneco no esperó más tiempo y el viernes se vio reflejado en una concentración masiva donde los habitantes de los pueblos originarios de las zonas Altos, Norte, y Fronteriza, principalmente, realizaron una peregrinación a lo largo de las principales calles de la capital Tuxtla Gutiérrez, la cual culminó en la Catedral de San Marcos.

Fue una manifestación de poder, y más que ello, de hartazgo ciudadano, cansados de que la paz que antes se respiraba en los pueblos chiapanecos, hoy se vea trastocada por la inoperancia de las fuerzas de seguridad federal, llámese Guardia Nacional o la Secretaría de la Defensa Nacional.

La Iglesia Católica se decidió a salir a las calles, pero sus feligreses no fueron los tuxtlecos o los que viven en las zonas urbanas del centro de la capital, no, la población católica provino de los pueblos, comunidades y municipios de las zonas donde se concentran los pueblos étnicos.

Sí, aquellos que menos tienen y que hoy sufren más, se dieron el tiempo, el espacio y sin importar gastar un recurso que no tienen, se dejaron venir hasta la capital de Chiapas, para participar en una marcha que recorrió varias calles desde la zona oriente hasta el Palacio de Gobierno y terminar en la iglesia San Marcos.

Fue una concentración de poder, cuyo mensaje al gobierno federal es ya no más abrazos a los delincuentes, ya no más mano blanda para enfrentar a quienes trastocan la paz, pero sobre todo, no más mentiras de que se está combatiendo la inseguridad en Chiapas y en todo el país.

La movilización que trajo a hombres y mujeres de comunidades indígenas, encabezados por el obispo de San Cristóbal de Las Casas y también encargado de la Arquidiócesis de Tuxtla Gutiérrez, Rodrigo Aguilar, llama la atención porque “obligados” o no por su fe cristiana, se concentraron con mantas, pancartas, altavoces y demás esquemas de “propaganda” para hacer presente su inconformidad por la pasividad con la que se enfrenta a los grupos delincuenciales que han provocado temor y división en los pueblos.

La movilización mostró el músculo, el control que sigue teniendo la Iglesia católica sobre sus creyentes, pero, sobre todo, el “aviso notarial” hacia la autoridad gubernamental de que ya están cansados de sufrir los embates colaterales de un problema en la que los indígenas “no tienen vela en el entierro”.

Para quien haya presenciado la manifestación en vivo o a través de las trasmisiones que se hicieron por conducto de los medios de comunicación o redes sociales, se percató que la población no aguanta más omisiones de sus gobernantes.

El gobierno federal, cuya administración lamentablemente ya se va, ha dejado un escenario de inseguridad que será muy difícil de contrarrestar por la nueva presidenta Claudia Sheinbaum. El claro ejemplo de que algunas zonas del país están en crisis lo está viviendo Sinaloa, una entidad donde su gobernador ha declarado la suspensión del Grito de Independencia y del desfile del 16 de septiembre en Culiacán, y donde algunos municipios de aquella región, también cancelaron las festividades patrias.

Ni en los peores momentos de los gobiernos del PRI, en el pasado, se había vivido una revuelta de estas condiciones, y aunque el panista Felipe Calderón, ex presidente de México, fue quien le declaró la guerrea al narcotráfico, han pasado más de 12 años y el crimen organizado en lugar de minorar su presencia, ha ido escalando tanto que ya se encuentra en casi las 32 entidades del país, focalizándose en mayor cantidad en entidades del norte y sur de México.

Por ello la movilización del viernes debe poner “las barbas a remojar” al gobierno federal porque no es un buen augurio que se siga desacreditando la presencia de la delincuencia en zonas específicas de Chiapas, que se continúe con la negativa de que son conflictos momentáneos a los que los medios de comunicación exageran con dimensionarlos.

La verdad es que, en estos casos, la prensa queda rebasada ante el escenario que realmente se vive en los lugares más apartados de Chiapas y que es la población la que lo vive, la que lo padece, esa no miente la calamidad en que se encuentra.

Es grotesco y hasta de mal gusto decirlo, pero dadas las circunstancias, lo mejor es que haya negociación de altura para declarar el cese a los enfrentamientos entre grupos delincuenciales y que la “normalidad” regrese a los tiempos del pasado.

Las marchas son un aliciente, una esperanza, pero no está en sus manos, la palabra la tendrá la futura presidenta y ojalá esto se calme, porque como dice Marco Antonio Solís el “Buki”, no se sabe “a dónde vamos a parar”.

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