Muertos, panteones, futuros difuntos y otras historias
Marco A. Orozco Zuarth [email protected]
Compartimos esta crónica de: Bernardo Meneses Curling
(Primera de dos entregas)
Ante la cercanía de los Días de Muertos que en México como en Chiapas se celebran el uno y el dos de noviembre, podemos rememorar que, el Panteón Jardín o “panteón nuevo” de Tapachula, fue construido por el presidente municipal Gamaliel Becerra, hace casi siete décadas, en la administración 1951-52, la última de dos años, ya que en adelante han sido de tres.
Gamaliel Becerra fue un presidente municipal ejemplar, como no hemos visto en los últimos tiempos: preparado, honesto, comprometido con el desempeño de un servicio público responsable, eficiente.
Lo construyó por la inminente saturación del antiguo Panteón Municipal, que ante el nuevo fue nombrado ya, también por la gente, como el “panteón viejo”. Está situado este entre la 8ª Avenida Sur y el entonces lecho ampliado del río Coatán -lecho que siempre se ha llenado en tiempos de temporal- y entre la 8ª Calle Poniente y la vía del ferrocarril.
Después del panteón viejo, por el lado Oeste, en las últimas décadas del siglo XIX y en las primeras del siglo pasado, había un lago y un aserradero. Con base en el lago se creó un parque recreativo, que además integraba restaurante, refresquería, juegos infantiles, algunas canchas deportivas. Fue un conjunto campestre arbolado llamado Lago Reforma, al que la gente conocía como el “Lago de los Lesher”, por el apellido de su creador.
Era muy apreciado por los tapachultecos de la época y a él acudían personas de todas las edades. El lago contaba con lanchas y bicicletas acuáticas con capotas para la protección solar, en las que disfrutaban las familias y, especialmente, hombres y mujeres jóvenes.
Estos jóvenes que vivieron las primeras décadas del Siglo XX, entre ellas algunas tías, conocidas como “las señoritas Meneses”, mayores aún que mi padre; nos describían así a los niños y adolescentes del medio siglo, al ya desaparecido Lago de los Lesher.
Las “señoritas Meneses” fueron muy prestigiadas, porque a lo largo de muchos años enseñaron en su casa las primeras letras y números -como decía la gente- “a medio Tapachula”, incluido el que escribe.
Cuando salí de ese parvulito e ingresé a la Escuela Primaria Tipo Fronteriza, las “señoritas Meneses”, especialmente Aurora, ya me habían enseñado a leer y escribir las vocales, las consonantes, el abecedario. Y también ya me habían hecho aprender, escribir y usar los números; memorizar las tablas numéricas, y ya me habían enseñado a ejecutar las operaciones aritméticas básicas: sumar, restar, dividir, multiplicar. Quizá por ello, la escuela primaria fue muy divertida para mí.
Hoy también ya da muestras de saturación de sus espacios el “panteón nuevo”, el Panteón Jardín, que en lejanos días se construyó más allá del río Texcuiyapan y todavía “más allá de la villita de Guadalupe”, pero antes de los vastos, olorosos y bellos cultivos de “la telimonera” -ya cercanos por el oriente al río Cahuacán-, cuyos terrenos después ocuparía el fraccionamiento “Laureles”…
Continuará.










