La izquierda mexicana, entre conservadora y neoliberal

La izquierda mexicana, entre conservadora y neoliberal

Por la Conciencia

por Luis Fernando Bolaños

Marx y Engels escribieron en su momento en El manifiesto comunista, que “la burguesía proporciona a los proletarios los rudimentos de su propia educación política; es decir, armas contra ella misma”; pero ese trazo no es visible en la actualidad en México debido a que esa instancia se mantiene vigente en el ejercicio del poder.

La izquierda gobernante carece de esas armas, y habría que cuestionar si es porque en su devenir histórico no ha podido construir sus propios argumentos para hacer visible la lucha de clases y enfrentar los por demás conocidos embates neoliberales, o bien si es porque a pesar de estar en el poder sigue reproduciendo políticas y estrategias que corresponden más al orden impuesto por lustros por sus adversarios.

En el caso mexicano, la burguesía neoliberal no ha dado esas armas para actuar contra ella misma; por el contrario, ha instituido por décadas ideologías que distinguen a gran parte de la sociedad: el entretenimiento televisivo, la promoción del fanatismo religioso, un sistema educativo anquilosado, el conformismo, la apatía o la falta de interés para tomar parte en los movimientos sociales.

Lejos de responder con proyectos y estrategias de largo alcance, lo que queda de la izquierda mexicana, instancia que ha venido desdibujándose desde los años ochenta del siglo pasado, se ha limitado a reproducir ciertos cambios en su lenguaje político; por ejemplo, los campesinos, obreros o proletariado en general, fueron sustituidos por el eufemismo del pueblo sabio y justo.

Identificar el principal síntoma de la decadencia de la izquierda mexicana es un asunto complejo debido a que son diversos factores los que influyeron para que los ideólogos o militantes revolucionarios dieran paso a una nueva generación reformista que desde su irrupción no pudo por lo menos imaginar a un mundo sin el capitalismo, frase atribuida al filósofo Slavoj Zizek.

Atrás quedaron los militantes que aspiraban a un orden socialista, los que se identificaban con las guerrillas, con el radicalismo político, con el movimiento estudiantil de 1968 o la aparición del EZLN; los reformistas, personajes que incluso tienen posgrados en el extranjero como la presidenta Claudia Sheinbaum, se han limitado a la pretensión de otorgar un tinte humanista al neoliberalismo.

La izquierda -o las izquierdas como se pregona hasta el cansancio- olvidó paulatinamente la formación ideológica de sus cuadros; los discursos de corte crítico y contestatario solamente se hacen hipervisibles en tiempos de campañas electorales; ahora resulta difícil encontrar a algún militante que se exprese en términos del trotskismo o el maoísmo.

El sector revolucionario de esta instancia ha ido difuminándose y la instancia reformista, lejos de tener una identidad que evoque las luchas del pasado, asume los mismos roles que sus odiados rivales “conservadores”, “neoliberales”, “fifís” o “hamburguesos”. Así, lejos de luchar por el pueblo sabio y justo, la izquierda mexicana ha dado paso a una nueva clase burguesa conformada por expriístas, ex panistas, experredistas y personajes que no tienen una historia de lucha y rebeldía como Manuel Bartlett Díaz o Esteban Moctezuma Barragán, que ocuparon puestos estratégicos en el gabinete presidencial pasado.

Uno de los distintivos más evidentes del reformismo es el aire de superioridad moral con el que se bañan distintos personajes que dicen representar dignamente al pensamiento de izquierda, como hizo desde los años noventa del siglo pasado el ex presidente Andrés Manuel López Obrador; esa moralidad no fue suficiente para ser un contrapeso al neoliberalismo y sus personajes visibles en los ambientes políticos y económicos del país.

El nuevo lenguaje oficial de lo que queda de la izquierda dejó de lado la historicidad de los movimientos sociales, olvidó el legado de ciertos personajes que tarde o temprano pasarán al olvido como Lucio Cabañas, Genaro Vázquez Rojas, Vicente Lombardo Toledano, entre otros que son significativos para comprender la parte revolucionaria del movimiento,

En esos discursos se expresa hasta el cansancio el odio hacia el Estado y sus agentes de corrupción, los “fifís”, y aunque esa izquierda conservadora tiene la continuidad del poder Ejecutivo y mayorías en el Legislativo, su actuar sigue siendo aburguesado y en este orden de ideas hay que evocar lo escrito por Marx y Engels sobre que la sociedad burguesa “no ha hecho sino sustituir con nuevas clases a las antiguas”, algo así como el vino viejo en botellas nuevas.

En el ámbito económico, por ejemplo, el pensamiento de izquierda siempre ha acusado a la pequeña burguesía manufacturera de ceder su puesto a los industriales millonarios; y lejos de construir un rumbo distinto, en el gobierno de AMLO las empresas de Carlos Slim obtuvieron contratos por más de 52 mil millones de pesos, lo que expresa más un actuar neoliberal que piensa más en los mercados.

De igual forma alianzas y pactos que resultan por demás bizarros como los hechos con el Partido Ecologista Verde Mexicano, más que acuerpar discursos o estrategias distintivas fruto de la autocrítica y de las cuentas pendientes que se tienen con la sociedad, muestran que personajes o colectivos de instancias distintas influyen en el modo de gobernar o hacer trabajo legislativo de la izquierda.

No son pocos los análisis y críticas provenientes de sectores académicos, políticos y sociales, que coinciden en que esta izquierda es contrastante: busca que el poder del aparato del Estado sea ilimitado y para ello atrapa la atención pública en historias de buenos contra malos. Esas voces manifiestan una preocupación común: no se visibiliza de dónde parte el modelo económico, político y social que la izquierda dice perseguir.

distintas y la izquierda gobernante no ha dado algo que vaya en ese sentido

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