Microcuentos de Navidad
Marco A. Orozco Zuarth. [email protected]
(Primera de dos entregas)
Un mejor lugar para nacer
Los Reyes Magos llegaron en cayuco, cargando cacao, ámbar y una marimba desafinada.
“¿Y dónde está mi estrella?”, preguntó el niño.
Una luciérnaga iluminó su hamaca.
El Niño Jesús había nacido en una ceiba, en un rincón de Chiapas, entre jaguares curiosos y guacamayas escandalosas.
“Rebajas Navideñas”
El Niño Jesús despertó temprano, emocionado por su propio nacimiento. Pero al asomarse al portal, algo no cuadraba.
En lugar de pastores, había un letrero que decía: “Promoción exclusiva: compre tres mirras y lleve un incienso gratis”.
Los Reyes Magos regateaban el precio de un pesebre “premium” y María, exasperada, vendía boletos para selfies con el burrito.
“¡Esto es un caos!”, -exclamó Jesús.
José suspiró, mostrando un folleto.
“Es que este año los organizadores contrataron al mercadólogo del Black Friday”.
Jesús cerró los ojos y volvió a la cuna. No era lo que esperaba, pero al menos había Wi-Fi.
Posada Chiapaneca
En un pequeño pueblo chiapaneco, la posada de cada año tenía un final inusual. Mientras la procesión avanzaba, guiada por velas titilantes, la ceiba del centro parecía cobrar vida. Al llegar, los participantes cantaban con fervor, pero nadie esperaba la respuesta: un susurro profundo, como el viento entre ramas milenarias, concedía la “posada”.
En medio del asombro, del tronco se abrió una grieta que dejó ver un altar natural con figuras talladas en madera y ámbar: María, José y el Niño. La gente entraba en silencio, dejando ofrendas de flores y frutos. Esa noche, la ceiba cobijó sus oraciones y, al amanecer, la grieta se cerró.
“Este árbol nos recuerda que la posada no es un lugar, sino el corazón abierto”, dijo el abuelo custodio de la leyenda. Desde entonces, nadie en el pueblo olvida que el milagro de la Navidad florece en raíces profundas.
El corazón de la piñata
En las montañas de Chiapas, durante la última noche de posadas, los niños rodeaban la gran piñata colgada de una ceiba. Era una olla de barro pintada con colores vivos y adornada con papel brillante. Según la abuela Tomasa, esa piñata guardaba algo más que dulces.
“Cuando la rompan, pidan un deseo”, dijo, con una sonrisa misteriosa.
Uno a uno, los niños golpearon con fuerza al compás de la canción. Al romperse, no solo llovieron frutas y caramelos, sino también pequeños destellos de luz que parecían danzar en el aire. Los niños rieron y recogieron los dulces, pero Martina, la más pequeña, vio algo más: un diminuto corazón de barro que brillaba tenuemente.
Martina lo tomó en sus manos y sintió una calidez extraña. Esa noche, mientras dormía, soñó con la piñata hablándole: “Ese corazón es tuyo, guárdalo y comparte su luz”.
Desde entonces, Martina llevó el corazón a cada posada, recordando a todos que la verdadera riqueza no está en los dulces, sino en el calor que compartimos.
Continuará…










