Microcuentos y poema de Año Nuevo

Marco A. Orozco Zuarth

“Año Nuevo a la chiapaneca”
En Chiapas, se sigue la tradición de comer doce uvas al ritmo de las campanadas. Pero este año, el reloj del parque decidió detenerse en la décima.
-“¡Se acabaron los deseos!”, gritó el primo Chucho, mientras se atragantaba con las últimas uvas.
-“¡Cálmate, Chucho!”, rió la abuela. Este año nomás llegamos hasta “salud”.
Entre carcajadas, alguien propuso usar los cohetes para ajustar el tiempo. Y aunque nadie entendió cómo, terminaron todos brindando a las tres de la mañana, seguros de que lo importante no era la hora, sino el tequila que tomaban.

El Último Año Viejo
La noche del 31 de diciembre, Tony Camargo se preparaba para su última presentación en la tierra. En el pequeño salón de un pueblo yucateco, adornado con luces parpadeantes y un árbol de Navidad cargado de esferas multicolores, la orquesta afinaba sus instrumentos. Las sillas de plástico blanco esperaban a los asistentes y el aire olía a tamales y ponche.
A sus 94 años, Tony sabía que su voz ya no tenía la fuerza de antaño, pero esa noche no importaba. Con cada acorde de la orquesta y cada golpe del güiro, parecía que la vida misma se desbordaba de los parlantes. A su lado, un joven saxofonista que lo idolatraba, le preguntó:
“Don Tony, ¿cómo empezó todo?”.
Tony sonrió, evocando los días de Caracas, cuando por azar escuchó aquella melodía que años después lo inmortalizaría. Recordó a Chucho Rodríguez y el bullicio del estudio al grabar El Año Viejo, nunca imaginando que la canción cruzaría océanos y generaciones.
“Todo comienza con una chispa -respondió-, como las luces del árbol de Navidad: pequeñas, pero capaces de iluminarlo todo.
El público comenzó a llegar, familias enteras con niños que corrían alrededor del árbol. En un rincón, una señora con rebozo y rostro amable le llevó un plato de tamales.
“¡Gracias, joven!” -exclamó Tony, con humor intacto-. “Esto lo paga la chiva y la burra negra”.
Las risas llenaron el salón. Era como si la canción cobrara vida esa noche.
Al filo de la medianoche, Tony tomó el micrófono. La orquesta arrancó con los primeros acordes de El Año Viejo y los asistentes aplaudieron. Con su voz quebrada, pero aún llena de alegría, cantó:
-”Yo no olvido al año viejo, porque me ha dejado cosas muy buenas…”.
Mientras las notas llenaban el aire, algo mágico sucedió. Desde las sombras del salón, figuras comenzaron a aparecer. Primero fue una chiva juguetona que trotó entre las sillas, seguida de una burra negra de andar pausado. Luego, una yegua blanca de paso elegante cruzó el escenario y, finalmente, una mujer con el cabello gris y sonrisa cálida se acercó a Tony.
“¡Doña Guadalupe!”, susurró él, reconociendo a su madre.
La aparición se desvaneció tan rápido como había llegado, pero Tony no se inmutó. Levantó la mirada al cielo y continuó cantando, con la certeza de que esa noche, lo terrenal y lo celestial se habían unido para su despedida.
Cuando el reloj marcó las doce, los abrazos y risas se desbordaron entre los asistentes. Tony dejó el micrófono y se retiró al camerino. Al cerrar la puerta, un resplandor lo envolvió y una suave voz susurró:
“Tony, el escenario eterno te espera”.
En el salón, la música seguía, pero el gran Tony Camargo había comenzado su gira celestial, dejando tras de sí el recuerdo de una chiva, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra.
(Ciudad de México, 11 de diciembre de 2024)

Inventario de un Año por Nacer

Lleno la maleta con la furia intacta del día,
con el río que parte en dos mi sombra y mi deseo.
El peso no es del equipaje,
sino del aire que respiro.

Empaco un cuerpo que no fenece,
promesas quebradas, sueños en barbecho,
la urgencia de reinventar la piel que habito,
pulmones que abracen el viento sin miedo.

Salud como un pacto silencioso,
andar ligero en la vasta pradera de los días.
Agrego monedas, no por avaricia,
sino por las puertas que abren.

Éxitos, los doblo como mapas secretos,
camuflados en palabras que apenas se pronuncian:
“haré”, “llegaré”, “seré”.
¡Hecho está!

No olvido el amor:
lo empaqueto en frascos frágiles,
un amor que no pese, sino aligere,
que me encuentre sin miedo a perderme.

Dejo espacio para lo inesperado:
ese pájaro que aterriza en medio del caos,
la risa que emerge cuando todo parece perdido,
las grietas donde brota la luz.

En la última capa guardo palabras:
mi voz, mi escritura, mi rabia.
Piedra sobre piedra,
como si el idioma fuera mi única patria.

Cierro la maleta, no todo cabe,
pero lo que llevo es suficiente:
mi hambre de mundo, mi sed de tiempo,
mi fe en la madrugada que aún no nace.

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