El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Marx y Engels escribieron en El manifiesto comunista, que “la sociedad burguesa moderna fue levantada sobre las ruinas de la sociedad feudal”; en este sentido, es pertinente cuestionar si ese sistema realmente estuvo en ruinas o siguió vigente detrás de distintas formas de opresión económica.
Ciertos rasgos del feudalismo en su modalidad rentista están vigentes en el neoliberalismo, pero bajo una capa que oculta sus condiciones de dominación económica e ideológica; por eso es imperativo analizar la concentración del poder económico en unas cuantas empresas de alcance mundial.
En dicho sistema, los señores feudales poseían la tierra y tenían el control político, económico y social; los vasallos, nobles privilegiados que pagaban tributo, recibían protección y una parte de la producción; los menos favorecidos, los siervos, estaban sujetos a obligaciones fiscales y militares solo por habitar un lugar.
El feudalismo no estuvo en ruinas y su rentismo se visibiliza en la internet, donde los presidentes de las grandes corporaciones tecnológicas -Big Tech-, son los monarcas que cobran tributo a sus vasallos, hombres de negocios con la capacidad de invertir en parcelas digitales para hipervisibilizar sus productos o servicios.
Meta, Apple, Google, Amazon, Ali Baba, Youtube, etc., representan ese rentismo; sus territorios digitales son omnipresentes y se dividen en reservas que sustituyen al mercado tradicional. Quien desee ser un vasallo para acceder a esos espacios, debe hacer inversiones económicas que no son asequibles para el pueblo.
Lo que se conoce como capital-nube está matando a los mercados y los ha sustituido por feudos digitales donde los vasallos privilegiados y los siervos consumistas producen la plusvalía para las grandes corporaciones. Esto garantiza a las big tech que nadie les compita y que aseguren ganancias multimillonarias.
Guillem Pujol (2024) afirma que “estas compañías controlan los territorios digitales esenciales, como los datos y las plataformas en línea, que son fundamentales para la economía y la sociedad contemporáneas. Los usuarios de estas tecnologías se asemejan a los siervos del feudalismo, dependiendo de estas plataformas para una variedad de actividades diarias, desde la comunicación y el consumo hasta el trabajo y el entretenimiento”.
El economista Yanis Varoufakis expresó en su libro titulado Tecnofeudalismo, que éste es el sigiloso sucesor del capitalismo, tomando en consideración que invertir en el mundo digital asegura incuantificables volúmenes de ventas gracias al sistema algorítmico. A esto él lo denominó como el triunfo de la renta sobre el beneficio; en este sistema los vendedores pagan alquiler cibernético para tener acceso a millones de clientes.
Los vasallos, minorías con privilegios, invierten para recibir, en términos del feudalismo, protección y parte de la producción del feudo al que pertenezcan; las inversiones generalmente se hacen en el desarrollo de tecnología, inteligencias artificiales o de redes sociodigitales, ámbitos que permiten a las Big Tech acumular poder al tener el control total de los flujos de información y de los datos.
Esto fortalece los monopolios, propicia la dependencia a las plataformas tecnológicas, exacerba el consumismo y fomenta la adicción por el entretenimiento; asimismo, limita la capacidad de respuesta hacia estas nuevas formas de control. Lejos de fortalecer las economías en el mundo o propiciar competitividad, la digitalización legitima a un sistema donde la gente de a pie no tiene cabida como actor económico.
Gracias a los algoritmos, las big tech saben cómo captar nuestra atención, fomentar el entretenimiento, controlar la información de los noticieros y aprovecharse comercialmente de las identidades; esos entramados tecnológicos son también una amenaza para la democracia porque controlan los flujos de información y las tendencias de los noticieros.
Se sabe de antemano que el capitalismo se basa en el mercado y en los beneficios, pero lo que predomina ahora ya no expresa a este sistema, porque no se basa en el mercado, lo hace en territorios digitales controlados por oligopolios que, paradójicamente, no permiten el libre mercado y la competencia.
Este feudalismo es en apariencia una transformación de los mecanismos convencionales del capitalismo, y un alejamiento de sus principios fundamentales: competencia e innovación. Si se pone la debida atención a este proceso se verá que el feudalismo siempre se ha mantenido detrás de diversos mecanismos económicos, políticos y sociales.
En síntesis, en ese mundo, la concentración de poder y de capital en unas cuantas empresas de alcance mundial limita el crecimiento, crea barreras para que surjan nuevos actores económicos y elimina oportunidades para las pequeñas empresas. El tecnofeudalismo, más que ser un sigiloso sucesor del capitalismo es una prolongación de los sistemas de dominación económica y política.










