Segunda parte
Trump mismo no ha formulado tales compromisos, sugiriendo en su lugar una postura más ambivalente. De hecho, con su típico estilo, ha pedido a Taiwán que gaste más en su propia defensa y ha expresado su enfado por la concentración de la fabricación de chips avanzados en la isla, afirmando que los taiwaneses «se han llevado casi el 100% de nuestro negocio de chips.» Pero también ha advertido de duras medidas económicas si China impusiera un bloqueo a la isla, declarando a la redacción del Wall Street Journal: «Yo le diría [al Presidente Xi]: si entra en Taiwán, siento tener que hacer esto, le voy a poner un impuesto del 150% al 200%». No me haría falta amenazar con el uso de la fuerza para evitar un bloqueo, añadió, porque el presidente Xi «me respeta y sabe que estoy [palabrota] loco».
Estos comentarios revelan el aprieto en el que se encontrará inevitablemente Trump esta vez en lo que respecta a Taiwán. Podría, por supuesto, intentar persuadir a Pekín de que redujera su presión militar sobre la isla a cambio de una reducción de los aranceles estadounidenses, una medida que reduciría el riesgo de guerra en el Pacífico, pero dejaría a China en una posición económica más fuerte y decepcionaría a muchos de sus principales asesores. Si, por el contrario, optara por actuar como un «loco» adoptando la «claridad estratégica» e intensificando la presión militar sobre China, probablemente recibiría los elogios de muchos de sus partidarios, al tiempo que provocaría una guerra (potencialmente nuclear) con China.
¿Guerra comercial o coexistencia económica?
La cuestión de los aranceles representa otra forma en la que Trump se va a enfrentar una elección crucial entre la acción punitiva y las opciones transaccionales en su segundo mandato, o, para ser más precisos, a la hora de decidir cómo de severos van a ser esos aranceles y otras dificultades económicas que intentará imponerle a China-.
En enero de 2018, la primera administración Trump impuso aranceles del 30% a los paneles solares importados y del 20%-50% a las lavadoras importadas, muchas de ellas procedentes de China. Dos meses después, la administración añadió aranceles al acero importado (25%) y al aluminio (10%), de nuevo dirigidos sobre todo a China. Y a pesar de sus numerosas críticas a la política exterior y económica de Trump, el presidente Biden optó por mantener esos aranceles, añadiendo incluso otros nuevos, sobre todo a los coches eléctricos y otros productos de alta tecnología. La administración Biden también ha prohibido la exportación de chips informáticos avanzados y de tecnología de fabricación de chips a China en un intento de frenar el progreso tecnológico de ese país.
Por consiguiente, cuando Trump reasuma el cargo el 20 de enero, China ya estará sometida a fuertes presiones económicas por parte de Washington. Pero él y sus colaboradores insisten en que esas presiones no serán suficientes para frenar el ascenso de China. El presidente electo ha dicho que, en el primer día de su nuevo mandato, impondrá un arancel del 10% a todas las importaciones chinas y proseguirá con otras duras medidas.
Entre esas medidas, el equipo de Trump ha anunciado planes para elevar los aranceles sobre las importaciones chinas hasta el 60%, revocar el estatus de Relaciones Comerciales Normales Permanentes de China (también conocido como «nación más favorecida») y prohibir el transbordo de importaciones chinas a través de terceros países.
La mayoría de los asesores de Trump han apoyado firmemente este tipo de medidas. «Trump tiene razón: deberíamos subirle los aranceles a China», escribió Marco Rubio el pasado mayo. «Las tácticas anticompetitivas de China», argumentó, «conceden a las empresas chinas una ventaja de costes injusta sobre las empresas estadounidenses… Los aranceles que responden a estas tácticas impiden o revierten la deslocalización, preservando el poderío económico de los Estados Unidos y promoviendo la inversión nacional.»
Pero Trump también se enfrentará a la posible oposición de otros asesores que advierten de graves perturbaciones económicas si se promulgan tales medidas. China, sugieren, tiene sus propias herramientas a las que recurrir en cualquier guerra comercial con los Estados Unidos, entre ellas aranceles a las importaciones desde los Estados Unidos y restricciones a las empresas norteamericanas que hacen negocios en China, incluyendo a Tesla, de Elon Musk, que produce la mitad de sus coches allí. Por estas y otras razones, el Consejo Empresarial Estados Unidos-China ha advertido de que los aranceles adicionales y otras restricciones comerciales podrían resultar desastrosos, al invitar a «medidas de represalia por parte de China, lo que causaría pérdidas adicionales de empleo y producción en los Estados Unidos.»
Como en el caso de Taiwán, Trump se enfrentará a algunas decisiones realmente desalentadoras en lo que respecta a las relaciones económicas con China. Si, de hecho, sigue los consejos de los ideólogos de su círculo y aplica una estrategia de máxima presión sobre Pekín, diseñada específicamente para frenar el crecimiento de China y contener sus ambiciones geopolíticas, podría precipitar nada menos que un derrumbe económico mundial que afectaría negativamente a las vidas de muchos de sus partidarios, al tiempo que disminuiría significativamente la propia influencia geopolítica de los Estados Unidos. Por lo tanto, podría seguir las inclinaciones de algunos de sus principales asesores económicos, como el líder de la transición Howard Lutnick, que favorecen una relación más pragmática y comercial con China. La forma en que Trump decida abordar esta cuestión determinará probablemente si el futuro implica un aumento de las turbulencias y las incertidumbres económicas o una relativa estabilidad. Y siempre es importante recordar que la decisión de jugar fuerte con China en el frente económico también podría aumentar el riesgo de una confrontación militar que lleve a una guerra a gran escala, incluso a la Tercera Guerra Mundial.
Y aunque Taiwán y el comercio son sin duda los temas más evidentes y desafiantes a los que se enfrentará Trump a la hora de gestionar (¿mal gestionar?) las relaciones entre los Estados Unidos y China en los próximos años, no son ni mucho menos los únicos. También tendrá que decidir cómo lidiar con la creciente asertividad china en el Mar del Sur de China, el continuo apoyo económico y tecnológico-militar chino a Rusia en su guerra contra Ucrania y las crecientes inversiones chinas en África, América Latina y otros lugares.
En estos y en otros aspectos de la rivalidad entre los Estados Unidos y China, Trump se verá arrastrado tanto hacia una mayor militancia y combatividad como hacia un enfoque más pragmático y transaccional. Durante la campaña, respaldó ambos enfoques, a veces en el mismo arrebato verbal. Una vez en el poder, sin embargo, tendrá que elegir entre ambos, y sus decisiones tendrán un profundo impacto en este país, en China y en todos los habitantes del planeta.










