Marco A. Orozco Zuarth
Ciudad de México
El aire se tiñe de júbilo y el sol, cómplice eterno, ilumina los bordados que cuentan historias. Las mujeres chiapanecas emergen como flores de un jardín ancestral, llenas de orgullo, alegría y esa pasión desbordante que late al compás del tambor y el pito. Cada paso que dan hacia la Feria Grande de Chiapas en la Heroica Chiapa de Corzo, resuena como una declaración de vida y tradición.
Ellas, las guardianas del arte y la cultura, se visten con el traje que no solo adorna, sino que habla. Cada hilo bordado, obra de manos expertas, es un poema de colores que grita raíces, tierra y cielo. En su andar, las niñas llevan inocencia, las jóvenes esperanza, las adultas firmeza y las mayores, sabiduría. Aquí no hay jerarquías, solo un tejido que une generaciones.
Las calles se llenan de risas, de música que parece brotar de las piedras y del aroma inconfundible de la comida grande. Las notas de la marimba bailan junto a ellas, en un diálogo eterno entre lo sonoro y lo humano. Es una fiesta donde la distinción se disuelve, donde la alegría se convierte en un río que lo inunda todo.
La pila, majestuosa y antigua, las recibe como un altar que consagra su unión. Allí, la chiapanequidad deja de ser una palabra para convertirse en un latido colectivo, en una fuerza que atraviesa corazones y eleva el espíritu. San Antonio Abad, San Sebastián Mártir y el Señor de Esquipulas, son testigos celestiales de una tradición que no muere, sino que renace con cada feria.
Y así, ellas, Las Chiapanecas, se empoderan de las calles y de la fiesta. Con cada giro y sonrisa, declaran que la tradición no es un peso, sino un regalo; no es una carga, sino un vuelo. Aquí, en Chiapa de Corzo, la vida se celebra, se luce y se danza.










