Marco Antonio Orozco Zuarth
Ciudad de México
Al caminar por la calle Toledo, en el corazón de la colonia Juárez, me detuve frente al número 22, donde se alza la Casa Chiapas. Esta vez no fue el abandono lo que encontré, sino un espectáculo alentador: trabajadores, herramientas y el ruido inconfundible de la rehabilitación. Después de años de olvido, de haber caído en manos de vándalos, este emblemático espacio está volviendo a la vida.
La Casa Chiapas, más que un inmueble, es un símbolo. Su historia refleja el arraigo de los chiapanecos en la Ciudad de México; un lugar que, desde su inauguración, ha sido punto de encuentro para la cultura, las tradiciones y las gestiones que conectan al estado con la capital del país. Pronto, este espacio retomará su papel como un centro promotor de la cultura, las artes, el turismo, las artesanías, la gastronomía y los productos regionales. Además, albergará oficinas de representación que serán el puente entre Chiapas y el resto del país.
El renacimiento de esta casa no es casualidad. Tiene raíces profundas, como lo recuerda el Dr. Valente Molina: “Desde 1888, en el entonces Distrito Federal, los chiapanecos conformaron un grupo fuerte de representación, siendo pieza clave para decisiones de carácter político. Aquí iniciaron los festejos del mes de septiembre, conmemorando la Federación a la República”.
Este inmueble, estratégicamente ubicado en una de las zonas más céntricas de la ciudad, simboliza esa tradición histórica y cultural de los chiapanecos en la capital. En sus salones y patios resonaron la marimba, celebraciones patrias, edición de la Revista Chiapas, intercambio de opiniones y encuentros culturales.
Para quienes, como yo, somos chiapanecos viviendo en la Ciudad de México, ver esta transformación es motivo de alegría y orgullo.
Durante años se demandó la recuperación de este espacio y, finalmente, gracias a las gestiones del gobernador Eduardo Ramírez, se está haciendo realidad. Este proyecto es más que una obra de infraestructura: es la recuperación de un símbolo de identidad y unidad.
En poco tiempo, la Casa Chiapas volverá a ser un lugar donde el espíritu de nuestra tierra natal se sienta vibrar. Será un punto de encuentro para quienes añoramos los paisajes, las tradiciones y los sabores y sonidos de Chiapas. Un espacio donde las raíces se entrelazan con la modernidad y donde la cultura chiapaneca seguirá encontrando hogar en la Ciudad de México.
Al caminar nuevamente por Toledo, no puedo evitar imaginar el futuro: un lugar lleno de vida, con el aroma del café chiapaneco, los colores de los textiles y la música de marimbas. Chiapas volverá a latir en este rincón de la ciudad y, con ello, en el corazón de todos nosotros.
Antes de retirarme, me pareció distinguir una figura familiar descendiendo las escaleras: el maestro Edgar Robledo Santiago, quien, durante muchos años, fue el alma incansable que dio vida a la chiapanequidad en el Valle de México. En su rostro se dibujaba una sonrisa jubilosa, como si compartiera el gozo de este renacimiento, una celebración largamente esperada, que vuelve a unir corazones chiapanecos en este emblemático espacio.










