La crónica hablará por Chiapas

La Fiesta Grande de Chiapa de Corzo

Marco A. Orozco Zuarth. [email protected]

(Segunda y última entrega)

La música, antes transmitida de boca en boca por los mayores, ahora es enseñada por los jóvenes a las nuevas generaciones, pero algunos temen que los antiguos toques se vayan perdiendo, como se pierden las piezas de un rompecabezas que sólo unos pocos logran ensamblar.

Pero, como todo lo que perdura, la Fiesta Grande enfrenta sus propios retos. El aumento en el número de danzantes y la creciente promoción turística, han empezado a cambiar la esencia de la celebración. Algunos temen que la festividad se transforme en un mero espectáculo, perdiendo su valor simbólico y ceremonial. Las máscaras, antes cuidadosamente elaboradas por artesanos locales, ahora son fabricadas con métodos más baratos y rápidos, despojándolas de su autenticidad. Aun así, la esencia sigue viva en quienes, con devoción, se siguen vistiendo con los trajes tradicionales, sabiendo que son los últimos guardianes de una cultura que no puede ser olvidada.

Este sincretismo entre las tradiciones indígenas y el cristianismo, que nació de la mano de la figura de doña María de Angulo, la mujer que vino de un lugar lejano en busca de una cura para su hijo y que, al curarlo, se comprometió con la población, sigue marcando la pauta de esta festividad. En agradecimiento, ella organizó una fiesta que, a lo largo de los siglos, se transformó en la Fiesta Grande, en la que hoy participan todos, sin importar su estatus social, religión o edad.

El legado de esta celebración sigue vivo y, Chiapa de Corzo, con su danza de Parachicos, sus carros alegóricos, su guerra de confites y su comida tradicional, es un testamento de que, a pesar de los cambios, las tradiciones, cuando se celebran con el corazón, son inmortales. La Fiesta Grande no es solo una fiesta, es una forma de ser, de sentir, de pertenecer. Y mientras los Parachicos sigan danzando, Chiapa de Corzo seguirá siendo un lugar donde el pasado y el presente se abrazan; donde la fe y la cultura se entrelazan y, donde la comunidad, unida por su historia, sigue caminando al ritmo de sus tradiciones.

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