Marco A. Orozco Zuarth
(Segunda
y última entrega)
Mientras nos servían los huevos, comenté en tono casual, pero con una certeza que no podía explicar: “Creo que la cuarentena se va a extender por más de 40 días, hay que estar preparados”. Las palabras flotaron en el aire con un eco inesperado. Nadie me respondió de inmediato, pero el silencio en la mesa fue más elocuente que cualquier réplica. Mi esposa, siempre optimista, soltó una leve sonrisa, mientras me contestaba: “Dios quiera que no”. Mi hija, que ya había tomado asiento junto a nosotros, permaneció callada, quizás sopesando lo que aquel pronóstico significaba para su vida de 18 años, sumida en las ganas de salir, ver a sus amigos, disfrutar de la libertad que solo el tiempo de adolescencia ofrece.
La comida pasó desapercibida entre pequeñas conversaciones sobre el futuro incierto. Mientras miraba a mi familia, pensaba en el caos que se desataría. Pero a la vez, en ese instante de unión, en la calidez del hogar, encontraba una extraña paz. Estábamos juntos, como siempre, pero de alguna forma, todo parecía estar a punto de cambiar.
En ese tiempo de incertidumbre, mientras las horas se alargaban y el confinamiento se convertía en parte de nuestra cotidianidad, aprendí que lo único que no podemos perder es la esperanza. Porque después de la tormenta, de los momentos difíciles, viene la calma y, con ella, un nuevo despertar. Cada día que pasaba, mi familia y yo aprendíamos a adaptarnos, a encontrar pequeños momentos de alegría y gratitud, como aquel desayuno compartido en medio del caos. En cada día nuevo, renovamos la fe de que, eventualmente, saldríamos más fuertes de todo esto.
A pesar del miedo, a pesar de las pérdidas, el virus nos contagió de algo más poderoso: el valor de lo que realmente importa. Volveremos a abrazar a nuestros seres queridos, volveremos a salir con libertad, pero lo haremos con una nueva perspectiva. No seremos los mismos, pero seremos mejores.










