– Los científicos advierten sobre un peligro aún más cercano y personal: el plástico, no sólo se queda en los ríos y en las calles, sino que, de manera microscópica, entra en nuestros cuerpos
Marco Alvarado/ Diario de Chiapas
El plástico es tan común que no parece implicar un riesgo. Vasos de unicel para el café, bolsas para el pan y popotes en cada bebida.
Sin embargo, con uso hemos creado una crisis ambiental innegable: montañas de basura que tardarán mil años en desaparecer. Pero la historia no termina ahí.
Hoy, los científicos advierten sobre un peligro aún más cercano y personal: este plástico no solo se queda en los ríos y en las calles, sino que, de manera microscópica, está entrando en nuestros cuerpos.
En Chiapas generamos diariamente más de 500 toneladas de desechos plásticos.
Un ejemplo de esta rutina es el tradicional “pozol arrecho”, que se entrega en un recipiente de unicel con cacahuates y mango en bolsas plásticas, todo dentro de otra bolsa, con un popote de plástico.
Aunque hay una ley que prohíbe estos recipientes, la realidad es que siguen siendo parte de nuestro día a día, alimentando una crisis que está regresando para afectarnos de la peor forma.
El biólogo marino, Miguel Ángel Peralta Meixueiro, profesor e investigador de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (Unicach), es uno de los científicos que está encendiendo las alarmas.
Junto a otros colegas, Gustavo Rivera Velázquez, Gerardo Aceves Medina y Clara Luz Miceli Méndez, están trabajando sobre una pregunta inquietante: “¿Cómo es posible que parte de ellos esté en el interior de nuestro cuerpo en este momento?”.
Con la investigación “Zooplancton y microplásticos presentes en la laguna Mar Muerto, Oaxaca-Chiapas”, se revela una verdad preocupante.
El equipo analizó el proceso por el cual una botella o una tapa, expuesta al sol y al agua, se desintegra en partículas microscópicas.
Estas diminutas piezas son luego ingeridas por organismos tan pequeños como el zooplancton, el alimento de las ballenas y medusas, que a su vez son el primer eslabón en la cadena alimenticia.
“Al analizar el zooplancton, encontramos una importante presencia microscópica de PET, unicel y otros plásticos”, explicó Meixueiro.
Esta cadena tóxica, una vez iniciada, no se detiene. Pasa del zooplancton a los peces, y de los peces a nosotros.
Así, sin darnos cuenta, ingerimos estos plásticos, que viajan por nuestro torrente sanguíneo y se alojan en órganos vitales.
Aunque los estudios aún no son concluyentes, el investigador advierte que estos materiales “se asocian a afectaciones en la salud, como problemas neuronales y cáncer”.
Ya no se trata solo de la imagen de tortugas atrapadas en redes de plástico o del tapón de basura en el Cañón del Sumidero.
La verdadera amenaza es invisible y silenciosa. Al crear plásticos cada vez más duraderos, que tardarán hasta 10 mil años en desaparecer, estamos creando la “tormenta perfecta” que favorece padecimientos graves, afectando por igual a adultos y niños.
El plástico que hoy desechamos podría ser el mismo que mañana, en forma de micropartícula, ingiramos sin siquiera notarlo.
Es una cadena tóxica que la naturaleza nos está devolviendo, y apenas estamos empezando a comprender el daño que nos estamos provocando.










