El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
Chiapas es un mundo de mundos. Chiapas no sólo es una región. Es una pluralidad de mundos entrelazados, un tejido de experiencias vivas más que un territorio cartografiable y medible. Hay un entramado de experiencias que se manifiestan en relaciones simbólicas, rituales y comunitarias; de este modo, Chiapas, desde múltiples fuentes, se despliega como una diversidad de sentidos.
Durante muchos años, Chiapas ha sido una región pensada, escrita; desde su configuración como lugar político en la Colonia se ha escrito su historia, su literatura, su narración. Pero, sobre todo, hay que tener claro que nuestra región es una región vivida. Pensada y escrita, sí, pero ante todo encarnada, respirada, practicada en el cuerpo, en el rito y en la memoria. He propuesto en otras ocasiones pensar Chiapas; ahora, se trata de vivirlo desde sus otras posibilidades existenciales. No podemos quedarnos sólo con el habla. Necesitamos regresar a nosotros mismos, como el mundo que somos.
Chiapas ha sido una metáfora de la lengua ilustra. Chiapas como metáfora de una lengua que no sólo nombra, sino que revela, convoca y hace habitable el mundo. Sin embargo, la lengua también separa; crea una falsa dicotomía entre cuerpo y lenguaje. Chiapas ha sido históricamente explicada, pero no hemos permitido que ese mundo sea recuperado desde nosotros mismos, desde nuestras propias experiencias de interioridad.
Por ello, hay que hacer un regreso al interior de uno mismo. El acceso a ese mundo no es exterior ni turístico; exige un retorno radical al interior, a la comunidad que ya somos antes de toda identidad individual. Porque, como dijo Gustav Landauer: “El lenguaje, el intelecto, no puede servir para acercarnos al mundo, para transformar el mundo en nosotros”. Es ahí, en ese silencio interior, privados del habla, donde “el hombre se transforma en todo, porque él todo lo toca”, nos dice Landauer. La mística en Chiapas es una de las experiencias alternativas al habla; está en nosotros como una experiencia que conversa con una red comunitaria que nos precede, con sus sentidos y cosmovisiones compartidas.
El lenguaje como instrumento no transforma el mundo; sólo la experiencia viva, no objetivada, puede hacerlo habitable en nosotros. Dice Landauer: “Aquí empieza la mística”. No se trata de una evasión del mundo, sino de una intensificación de nuestra pertenencia a él. Apunta el mismo autor: “el camino que debemos andar para llegar a la comunidad con el mundo no conduce hacia afuera, sino hacia adentro. Finalmente, tiene que volver a ocurrírsenos que no percibimos meramente trozos de mundo, sino que nosotros mismos somos un trozo de mundo”.
No somos observadores del mundo, sino su médium sensible, su pasaje, su respiración en nosotros. Por ello, Chiapas no sólo es una región de la observación sensible, sino una región del encuentro místico, donde el encuentro inicia en nosotros mismos, en esa experiencia del silencio que no es un apartarse, sino un reencontrarnos como mundo.
En este volver hacia el mundo, la primera señal es que no somos individuos aislados. No existimos como unidades separadas, sino como nudos de una trama histórica, afectiva y simbólica que nos antecede y nos sostiene, nuestra comuna de ancestros, como la llamó Landauer. Esta comuna no es un pasado muerto; es una memoria operante que sigue hablando en nuestros gestos, palabras y rituales. Nuestra historia íntima es memoria, es comunidad, es un entramado de sentidos y vivencias que habitan en nosotros y nos ofrecen una experiencia del mundo en cuanto mundo. Somos, en definitiva, “los instantes de la eternamente viva comuna de ancestros”.
Por ello, la intimidad no es clausura, sino umbral. Desde ella, la historia se proyecta hacia las ritualidades que nos reintegran al mundo. Nuestra experiencia mítica nace del silencio y se despliega en ritualidades comunitarias; nuestra mística no es una experiencia comercial ni individual. No se genera desde el aislamiento ni desde una intimidad egoísta. Al contrario, nuestra mística nace del mundo que somos, en el entramado de la comuna de ancestros que vive en nosotros y se expresa en la diversidad de ritualidades diarias y temporales de Chiapas.
En este sentido, lo místico provoca una de las formas más profundas de experiencia comunitaria. La mística resiste la clausura del habla porque nos desborda; nos devuelve a una pertenencia más honda que el yo y nos arroja hacia las generaciones de seres humanos que no han muerto, sino que habitan en nosotros como raíz íntima. Nuestra comuna ancestral no ha desaparecido: sigue actuando como una corriente viva que atraviesa nuestros cuerpos y nuestras ritualidades.
Por ello, Chiapas es, aún, un lugar de posibilidad mística. Chiapas sigue siendo un territorio de posibilidad mística porque la comunidad, el rito y la memoria todavía resisten la fragmentación moderna. Atravesada la región por una modernidad secular que concibe el lugar únicamente como espacio, se ha intentado despojar a las regiones de su carácter místico y comunitario. Más que un refugio cultural, la mística es una posibilidad de experiencia: aquella que nos permite hundirnos en el mundo; porque, al final, el propio mundo es un lugar teológico y, al mismo tiempo, una resistencia frente a la racionalidad hobbesiana, individualista y egocéntrica.
Al contrario de esa modernidad, Chiapas aloja experiencias extremas de lo místico, silencios de creatividad interior, ritualidades que apuntan a lo comunitario. De esta forma, nuestro sentido nace de muchos afluentes. No brota de una sola fuente, sino de múltiples corrientes históricas, culturales, espirituales y comunitarias que confluyen en el presente. No niego el habla ni su sombra, la escritura; más bien afirmo que en Chiapas coexisten múltiples formas de expresar y vivir la experiencia del territorio, siendo nosotros mismos ese territorio. Por ello, la mística no es evasión, sino forma de comunidad viva. La ritualidad es resistencia a la separación moderna: individuo, mercancía, fragmentación.
Chiapas es, entonces, un espacio donde aún es posible “habitar el mundo” y no sólo administrarlo o consumirlo. La mística no separa: une, conversa, vivifica la comuna ancestral que somos. No aleja ni encierra en una experiencia de monólogo; al contrario, encarna, hace cuerpo a las comunidades y sus ritualidades. No niega al mundo: lo abre hacia la comunidad, en tanto memoria familiar y comunitaria. En Chiapas, esa posibilidad sigue viva como práctica cotidiana, como ritual que sostiene el mundo, como memoria que no se deja convertir en objeto. No se trata de una aspiración, sino de una vivencia desnuda del mundo, en la que la pluralidad nos interpela. La comunidad no es nostalgia. Es una forma concreta de resistir la disolución del sentido y de volver a aprender a habitar el mundo juntos.










