Cinthia Ruiz / Diario de Chiapas
El feminicidio no solo arrebata la vida de una mujer, también deja una profunda fractura en quienes permanecen. Para muchas familias, la pérdida implica un duelo permanente marcado por el dolor, el miedo y la lucha por justicia. Así lo relata Adriana Gómez Martínez, madre de Jade Guadalupe, joven asesinada el 14 de enero, cuyo caso transformó por completo la vida de su familia.
Tras el feminicidio de Jade Guadalupe, su familia enfrenta una realidad marcada por la ausencia, el dolor y una constante exigencia de justicia. Su madre, Adriana Gómez Martínez, describe que después del crimen la vida familiar “se termina de romper”, pues la pérdida no solo representa la muerte de una hija, sino la ruptura de la estabilidad emocional que habían logrado reconstruir.
Adriana había atravesado una separación en 2018 y, con el paso del tiempo, comenzaba a recuperar cierta tranquilidad. Sin embargo, en 2020 la violencia volvió a irrumpir en su vida. Desde entonces, asegura que la muerte de su hija marcó un antes y un después. “Cuando matan a Jade, me matan a mí”, expresa al describir el profundo impacto emocional que enfrenta desde aquel día.
La ausencia también se refleja en el entorno cotidiano del hogar. En la casa aún permanecen los objetos personales de Jade, como su cama, su laptop y su tablet, elementos que se han convertido en recordatorios permanentes de la joven. Para la familia, el duelo no se limita al recuerdo, sino a convivir diariamente con los espacios vacíos que dejó su presencia.
Adriana resume el impacto del feminicidio con una frase que refleja la dimensión del daño que deja este tipo de violencia: “No solo muere la víctima, mata a toda la familia, mata sueños, mata planes”.
El proceso de duelo ha estado acompañado por episodios de depresión profunda. La madre relata que durante mucho tiempo le resultaba difícil aceptar lo ocurrido, llegando incluso a pensar que todo era un sueño del que esperaba despertar para volver a ver a su hija. Esta sensación de vacío y desconexión, explica, es parte de la realidad que enfrentan muchas familias que pierden a una hija por feminicidio.
A la par del dolor, la familia también ha tenido que emprender una lucha constante para exigir justicia. Adriana ha participado en marchas, plantones y diversas actividades de protesta, lo que en ocasiones la ha obligado a abandonar su casa durante varios días para continuar con la exigencia de esclarecimiento del caso. El impacto del feminicidio también alcanzó a Ámbar, la otra hija de Adriana. Aunque es una niña que desea realizar actividades cotidianas como jugar, ir al cine o nadar, el miedo marcó su vida tras el asesinato de su hermana. Durante dos años se negó a asistir a la escuela por temor a que pudiera ocurrirle lo mismo.
Para Adriana Gómez Martínez, la vida después del feminicidio de su hija se ha convertido en un proceso constante de resistencia.










