Entonces escribo
Damaris Disner
Cuando lo vi entrar al salón pensé que también había entrado un problema. Aunque decimos a menudo que no debemos etiquetar está normalizado juzgar antes de conocer. No llevaba uniforme que distinguiera de qué escuela venía, su presencia fue 10 minutos después de haber iniciado el taller que impartía para estudiantes con Aptitudes Sobresalientes.
F. tendría como 14 años, se acomodó en el único asiento disponible. La primera indicación estaba dada, se la volví a decir ya que no estuvo al principio. Dividirían con una línea de carboncillo la opalina que les había proporcionado, harían solo trazos que no fueran iguales, no debía ser figurativo. Al principio no les parecía la idea, les costaba hacer dos trazos diferentes. Algunos estudiantes comenzaron a dibujar casas o soles, pero me percataba que no usaban al mismo tiempo ambas manos. Tuvieron 20 minutos para la primera exploración. Observé que F. parecía fastidiado, pero lo intentaba.
En la segunda parte del ejercicio, les correspondía dibujo libre, podían trazar lo que más les gustaba. La emoción se desbordó. Seguían usando el carboncillo, ningún color. Al transcurrir los minutos vi algo que me pareció asombroso, sobre una hoja opalina estaba dibujado un puño cerrado grande, que se dirigía directo a la figura de un adolescente, de espaldas. Mi mirada con la de F. se cruzó. Percibí que comprendía que no estaba allí para juzgarlo.
Los que así deseaban mostraron ambos dibujos, el de trazos simultáneos y el figurativo. F. prefirió no hacerlo. A continuación, trabajaron entre pares para narrar una historia en conjunto compartiendo sus experiencias en las exploraciones previas.
F. hizo mancuerna con otro adolescente que había llegado más tarde que él, portaba el uniforme, una gorra colocada al revés y colgaba de su cuello una gran cadena que parecía de oro. Las personalidades de ambos sobresalían.
Para esa actividad tuvieron 30 minutos. Los vi animados, aunque el que escribía y dibujaba más era F. Después de esa historia colectiva, cada quien hizo la propia, describiendo una emoción que atravesaron en un momento importante. Las cinco horas continúas que nos correspondían se interrumpieron por el refrigerio, regresando emocionados para terminar. El momento de volver a sus casas llegó. Debido al tiempo, solo algunos compartieron su cuadernillo hecho con dibujos y colores.
Comenzaron a rodearme para que calificara su trabajo. Les dije que el taller consistía en compartir, no en una calificación determinada. F. fue de los que se acercó para decir que me ayudaba a levantar la basura, le dije que si quería hacerlo estaba bien. Sentí que esperaba que estuviera sola para hablarme, como eso parecía imposible, me preguntó; “¿Cuándo tendremos otro taller como éste?” Le fui honesta, le dije que no sabía, pero que podía acercarse a su maestra para hacer actividades parecidas. “Ojalá que sí”, comentó antes de irse.
Yo me quedé con las imágenes y la narrativa de su cuadernillo. Ese puño tan bien dibujado asemejaba un proyectil que se estrellaría sobre un joven, uno que se parecía a él. La historia narrada en primera persona describía que estaba en la hora del homenaje, en fila, cuando sin esperarlo alguien lo golpeó. Se liaron a golpes con otro compañero como respuesta y el cubículo de la Dirección fue un primer desenlace. Los castigos de ambas madres, el segundo. Una posible expulsión y llegaron a un acuerdo. Aunque ese hecho lo había marcado, a través del taller pudo reconocerlo, observarlo a la distancia y permitir ponerle curitas a su autoestima. Su mirada de fastidio del principio terminó siendo de empatía y necesidad de seguir en un camino donde fuera comprendido no juzgado.
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