La danza entre el saber y el deber

Perita Cernas

Un recorrido reflexivo por la tensión eterna entre ciencia y moral: desde Platón y Kant hasta los dilemas éticos del progreso moderno, donde el avance humano ilumina tanto como ensombrece, recordándonos que el conocimiento sin brújula puede ser tan generoso como devastador.

A simple vista, la ciencia y la moral parecen ser dos conceptos aislados, como dos islas lejanas en un mar de ideas. Pero si nos detenemos a analizarlos, primero individualmente y luego en su danza constante, nos percatamos de que, en realidad, son cuasi hermanitos. Casi gemelos que se miran de reojo, a veces se abrazan y otras se dan la espalda con disgusto.

La moral ha sido definida por los más apreciados filósofos, clérigos, dogmáticos, juristas, cínicos y hasta por esa señora del mercado que sentencia con una sola frase lo que está bien o mal. La idea general que flota es esta: aquella rama de la filosofía que estudia el comportamiento humano respecto del bien y del mal. ¿El bien y el mal? ¿Cómo podríamos entenderlos sin que nos dé vueltas la cabeza? Este es uno de los temas más complejos, porque rige la mayoría de los debates mundanos que hoy en día están tan de moda: desde el aborto hasta la inteligencia artificial, pasando por el cambio climático o las guerras que nunca terminan.

Entonces, habrá que conciliar nuestros pensamientos con aquellos conceptos que nos han obsequiado los artistas de la sabiduría. El bien, para Platón, es una semejanza con la bondad y la excelencia; decía que «lo que proporciona la verdad a los objetos del conocimiento y la facultad de conocer al que conoce, es el bien». Y para llegar a tal planteamiento se necesita de un método científico que tiene por objetivo el alcanzar la felicidad. Siempre he sido gran fan del hombre de hombros anchos. Me fascina cómo logra conciliar las ideas filosóficas con la moralidad, e incluso podemos observar que nos menciona a la ciencia misma. Esto porque para los helenos, la filosofía era ciencia por completo: no había separación entre contemplar el cosmos y vivir con virtud.

Ahora, E. Kant nos resume perfectamente lo que el mal ha simbolizado. Denuncia el mal como realidad existente, no meramente lógica, cuyo carácter negativo proviene de su oposición al deber moral. Al mismo tiempo, afirmó que categóricamente nuestra sensibilidad, tanto animal como social, nos constituye para el bien. Somos, según él, seres racionales capaces de elevarnos por encima de nuestros impulsos más bajos… o al menos eso esperamos.

Obviamente con lo que acabo de exponer no podemos borrarnos las miles de incógnitas que comienzan a surgir en nuestra mente. Porque la historia misma nos ha plagado de sucesos que pondrían en entredicho lo que sea que cualquier filósofo pudiese decir, incluyendo los buenos actos «humanos». ¿Cómo explicar, entonces, que en nombre del progreso científico se hayan cometido horrores? Pienso en el experimento de Tuskegee, donde durante cuarenta años (¡cuarenta!) a cientos de hombres afroamericanos se les negó tratamiento para la sífilis solo para «estudiar» la enfermedad, mientras les decían que recibían atención médica gratuita. O en Willowbrook, donde niños con discapacidad intelectual fueron infectados deliberadamente con hepatitis para probar vacunas. Eran «bien intencionados», decían los investigadores: buscaban curas, avances, conocimiento. Pero el precio era la dignidad humana pisoteada.

Y es así como podemos analizar aún más a fondo la moralidad de la ciencia, los matices de todo lo que conlleva el ser hacedor del arte de conocer e investigar. Einstein dijo en 1945 –después de Hiroshima y Nagasaki– algo que aún resuena con fuerza: «Alfred Nobel inventó un explosivo más poderoso que ningún otro conocido antes, un medio de destrucción excesivamente efectivo. Para hacer penitencia por este ‘logro’ y para aligerar su conciencia, fundó su premio para la promoción de la Paz». Mucho podemos escarbar tan solo del tema del reconocido Premio Nobel: de todas las acciones que han quedado en el limbo por parte de médicos e investigadores a fin de encontrar curas, soluciones y teorías. Aún cuando algunas pretensiones son correctas o bien intencionadas, otras no lo son. Hay un hilo oscuro que atraviesa la historia: el descubrimiento a menudo llega pisando cuerpos, silencios y derechos.

Pero no todo es sombra. También hay progreso moral en la ciencia misma. Hoy existen comités de ética, declaraciones como la de Helsinki, códigos que intentan poner frenos a la ambición desmedida. Hemos aprendido –a golpes– que el conocimiento sin brújula moral puede volverse monstruoso. Y sin embargo, la pregunta persiste: ¿avanzamos realmente en moralidad, o solo cambiamos de máscaras? ¿Somos mejores que los que vinieron antes, o simplemente más sofisticados en justificar lo injustificable?

En definitiva no podemos condenar profusamente ni juzgar despiadadamente. Al final de cuentas, la ciencia nos otorga tanto como nos arrebata: vacunas que salvan millones, bombas que los borran; telescopios que nos hacen sentir pequeños ante el universo, y algoritmos que nos vigilan hasta en sueños. El progreso moral no es lineal como una ecuación perfecta; es torpe, contradictorio, humano. Quizás por eso sigue siendo tan fascinante: porque en esa tensión entre saber y deber está lo más vivo de nosotros mismos. Y mientras sigamos preguntándonos, tal vez –solo tal vez– sigamos avanzando un poquito más.

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