Roy Gómez
Se acercan los días de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. ¿Cuál es el resumen de nuestra vida? ¿Servimos o nos servimos? ¿Amamos o nos dejamos amar? ¿Salimos al encuentro o preferimos que sean los demás los que nos rescaten?
Es hora, en estas últimas jornadas cuaresmales, de solicitar al Señor que renueve nuestros corazones. Es un momento propicio para volver nuestros ojos a un lado y a otro y ver dónde nos tenemos que emplear más a fondo. La cruz del Señor merece, por nuestra parte, un último esfuerzo: hay que atraer al Señor el corazón de la humanidad. ¿Cómo? Sirviendo y, además, haciéndolo con ternura, con cariño, y con fidelidad. Entre otras cosas porque, en esa entrega y constancia reside nuestra propia renuncia para estar al lado del Señor.
El Señor quiere que, dejando el YO que tanto nos invade y nos limita, mudemos a los OTROS. Es decir; que nos neguemos a nosotros mismos; que busquemos la felicidad no tanto en la propia satisfacción, cuanto en la utilización de todos nuestros dones y talentos al servicio del Evangelio y de los demás.
Desertar en algo, de nuestros caprichos, comodidades e individualismos, implica el volcarnos un poco más en aquellas direcciones que nos resultan incómodas. Hacia aquellas personas que necesitan nuestra ayuda, nuestra estima o, simplemente, nuestro cariño.
Cristo, al morir, nos enseña el lado bueno de la cruz: la alianza nueva que Dios quiere y desea definitivamente para el hombre y que viene sellada por su sangre.
A nosotros no se nos pide tanto; no desea el Señor que seamos clavados en una cruz (aunque sería bueno que sacrificáramos aquello que nos impide llegarnos hasta Él); no nos exige que seamos lapidados públicamente (aunque sería muy positivo que defendiésemos nuestras convicciones religiosas y morales allá donde estemos presentes); no pretende vernos coronados por espinas o traspasados por lanzas (aunque, qué bueno sería, que fuésemos conscientes de que la fe conlleva riesgos, incomprensiones, soledades).
El Evangelio de este domingo V de cuaresma nos acerca la verdadera figura de Jesucristo: no es un supermán; no es un superhéroe. Siendo Hijo de Dios, le aguarda la cruz, el sufrimiento, la muerte. Como cualquier alma, también la suya, se siente agitada, preocupada, turbada por los próximos acontecimientos de la Pascua.
Va tocando a su fin la vida pública de Jesús. Ahora le aguardan sus consecuencias. La fidelidad a Dios no siempre es entendida ni aplaudida por los poderosos del mundo. Pero, como siempre, nos quedará la seguridad y la esperanza de que, todo esto, sea preciso para que Dios selle una Alianza Nueva que nada ni nadie podrá ya quebrar.
¿Somos conscientes de que también nosotros hemos de saber renunciar a algo para que la obra de Dios toque a su fin?
Jesús, llegada su hora, demostró que aceptaba cumplir la voluntad de Dios. El mejor ejemplo para nosotros en nuestra vida cristiana: Hacer la voluntad de Dios significa: «hacer lo que agrada a Dios, hacer lo que Dios desea». No se trata de obedecer una ley abstracta e impersonal, sino de vivir las consecuencias de una relación personal con Dios como la que tenía Jesús con el Padre. En efecto, cuando amamos a alguien buscamos espontáneamente hacer lo que le agrada, actuar en pos de su felicidad. Pero, al mismo tiempo, si Dios nos ama, su felicidad es que nosotros descubramos la vida en plenitud, que seamos felices, no una felicidad superficial, sino la que experimenta el ser humano que se convierte en el hombre que está llamado a ser. Respetando nuestra libertad, Dios nos invita a realizar plenamente el ser que somos, desarrollando todos los dones depositados en nosotros. Su designio no es una cadena que suprima nuestra libertad sino una llamada a utilizarla plenamente para ser cada vez más capaces, a imagen suya, de amar y servir. Jesús, el hombre más libre que podemos imaginarnos, hizo la voluntad de Padre, «aprendió sufriendo a obedecer» (Carta a los Hebreos). Hay personas que al rezar el Padrenuestro dicen con vacilación «hágase tu voluntad», como si se tratase de algo difícil de cumplir o algo malo que nos va a suceder. No han llegado a darse cuenta que todo es para nuestro bien, es un Dios que está a favor nuestro, cuya voluntad es nuestra felicidad, aunque tengamos que morir a nosotros mismos. La voluntad de Dios para nuestro mundo es que se haga realidad el Reino de Dios, un reino donde haya justicia, misericordia y perdón como condimentos para que estalle la paz. Todos somos corresponsables de que la voluntad de Dios para nuestro mundo comience aquí y ahora…
Jesús nos propone negarnos a nosotros mismos, aborrecernos en este mundo para guardarnos para la vida eterna. Es decir, adquirir la libertad interior que nos permita servirle a Él. ¿Qué es servir a Cristo? simplemente… seguirle. San Agustín, comentando este texto nos dice que sirven a Cristo los que no buscan sus propios intereses, sino los de Jesucristo. Quien dice que permanece en Cristo debe caminar como El caminó. Para servir a Cristo hay que hacer sus mismos servicios: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, hospedar al forastero, visitar al enfermo y al que está en la cárcel. Y ésta es una tarea que podemos realizar todos, no solo a los obispos o sacerdotes. Y a quien sirva a Cristo de este modo, concluye San Agustín, «el Padre le honrará con el extraordinario honor de estar con su Hijo y su felicidad será inagotable» …
La lección de vida testimonial que nos da Dios con su Hijo Único, para cumplir en nuestra propia vida, su voluntad: amar, morir y resucitar a una nueva vida… la vida eterna…Así sea, Paz y Bien.










