Adictos
Luis Enrique Toledo Velázquez
Desde lo alto de un cerro, unas aves de rapiña rasguñaban restos de una hierba, un poco mareadas se alejaron a otro paraje, en donde ningún humano las descubriera. Aunque la tempestad estuviera en su contra encendieron cerillos, suspiraron lentamente, después arribaron a otras tierras…
En un barrio muy antiguo de San Fosforito, vivía uno de esos tantos jóvenes que merodeaban en los cruceros víctimas de la crisis, marginación y la falta de solidez familiar. El Zopilote como le apodaban, era líder de una banda que soñaban con trascender y llegar a ser los verdaderos reyes de ese mundo.
Aunque seguía tan pobre como cuando salió de su hogar, valiéndole gorro, le hacía falta un padrino.
En eso un olor desagradable se sentía por las entrañas del pueblo, algunos pensaban en fantasmas, o en las alcantarillas, o tal vez el tufo de un animal extraño.
Los más veteranos comentaban atribuyéndoselo todo al chuscuy, otros hablaban de enfermedades y pretendían llamar a brujos; y unos más recomendaban “tomarlo con calma”.
Llegó el Zorrillo, un hombre grande, chaparro y regordete, de largos bigotes. Estacionó su carcacha junto al chamaco, lo saludo y le pidió comprará el mejor aguardiente de la región y extendió un billete.
Hermenegildo no solo le compró el mejor trago, le llevó tres pomos y una cajetilla de cigarros.
El Zorrillo se portó amigable con el Zopi, y le convido a fumar además otros cigarrillos que el traía dando también una propina por el mandado.
El Zopi fumó sin sospechar de esos cigarros especiales, del Zorrillo. Como no estaba acostumbrado, a los primeros toques se sintió bien mareado y preguntó: -Rayos, ¿qué demonios es esto?
-¡Nada hijo, cigarros más chingones éntrale!
-Y a todo esto, ¿quién es áste? Preguntó
-A mí dime nomás el Zorrillo, cuando queras te ayudo fregao.
El hombre dejó sus datos al chamaco y este ya no dudo de él. Asi Hermenegildo empezaba a probar la mariguana, sin darse cuenta de esta hierba sería la razón más importante en su vida. No imaginaba las consecuencias que a la postre afrontaría.
Las drogas son un veneno que te van destruyendo lentamente y terminan esclavizándote, las más conocidas son: la mariguana, cocaína, heroína, crack, achís, el fentanilo; y los solventes como el resistol, el cemento, el thiner y algunas veces hasta la gasolina por su fácil adquisición, los solventes son considerados la droga de los pobres.
El Ruso, Toribio, Pericos, el Orejas jaladores para la bulla, aunque iban a la escuela eran vagos porque en cuanto el Zopilote daba el pitazo se volaban la barda con tal de cuadrarse con el lidercillo y caer seducidos a las garras del vicio.
Un poco de rock pesado, tatuajes, greñas, hierba, alcohol y los Maléficos hacían de las suyas. De cantina en cantina, pandillas, mujeres, alcohol, cigarrillos. Alguien interrumpió: -y ahora Zopi, qué jodido hacemos-
-¡Sigan fumando hijas y no rajen porque se las parto!
Cada uno por pertenecer a esa banda le entró sin chistar, y al combinar ambas sustancias hicieron que estos sujetos reaccionaran agresivamente.
Cristales rotos, robos, ponchaduras de llantas, lo peor de todo es que el pueblo de San Fosforito estaba alarmado, y estos estando tan prendidos y contaminados por el mal olor de un Zorro que abarcó el territorio de estos jóvenes, quienes enardecidos parecían aves de rapiña.
El Zopi bastante pasado y gandalla como era vió a dos borrachines con cartera en mano y discutiendo, ordenó a sus bandolerlos robarles, y dar el gran golpe, estos arremetieron con brutalidad; mientras que Toribio se estaba rajando y como avecilla herida ya estaba totalmente pasado.
Al rato escondidos en un rincón aprovechaban a dormir, sin darse cuenta de sus actos. Mientras el Zopi todo bruto seguía tronándoselas…
Oportunamente un alma piadosa que estaba asustada desde su balcón había observado casi todo, y llamó a la policía…
Luces parpadeaban a orillas de un cerro, la sirena de la patrulla se escuchó, bajaron los polis mientras los rufianes tomaban la siesta.
-Oralé cabrones ¡despiertense o me los trueno!.
Una vez que estos fueron cateados, los oficiales los hicieron subir a la patrulla. El Capitán Tomás, preguntó al lidercillo:
-¿Quién te dio los cigarrillos mocoso?.
Pero el Zopilote estaba bien cruzado y fumando hierba. En cambio, los otros bandoleros proporcionaron santos y señas de esa pelea. Que había dejado como saldo a dos borrachitos golpeados y sin poderse recuperar ya de la cruda realidad, y al otro miembro de la banda tan pasado que solo asi dejo para siempre la mariguana.
El capitán les habló durante el traslado:
-Hijos no saben que las drogas los conduce a la pérdida de valores, los lleva a perder su identidad, los destruye totalmente, les aniquila el deseo por vivir, cabrones; recapaciten, miren donde cayeron…
Al otro día el Zopi y su banda amanecían en una celda de la preventiva.
El Ruso, Pericos, El Orejas, estabán indignados temerosos por su suerte le reclamaron al Zopilote:
-Sácanos de aquí imbécil, mira por tu culpa donde chingados estamos.
-Váyanse a la jodida aguántense jotos.
Cuando llegó la hora de enfrentarse a la autoridad correspondiente, el Zopilote temblaba, pero acepto todos los cargos.
Reconoció el hecho de fumar mariguana los llenaba de valor para provocar cosas riesgosas y divertirse con la plebe.
Habló del hombre que diera por primera vez la hierba y de cómo llegó al pueblo. Asi descubrieron al tal Zorrillo como un narcodistribuidor que repartía su veneno por los pueblos. Solo quedaba apresarlo porque ya tenía muchos cargos.
El pueblo de San Fosforito por un rato descanso y se alejaron también esas Aves de Rapiña.
Habitación
Fría y pálida, sin sombra.
Distraída en el abismo parco de tus pupilas.
Tímidos, se asoman tus pensamientos y se sonrojan,
Tus palabras.
Me pregunto,
¿Quién habita la morada misteriosa y taciturna?
¿Quién modula el habla en un lugar sin luz?
A caso, es el aire invernal que aún lo nutre y le da vida,
O tal vez, ni él se atreve a acariciar sus paredes.
Como el vuelo de una pluma antes de caer al piso,
Así merodea, altivamente y por doquier, la irracionalidad.
En algo así como una especie de vaivén,
Al igual que una carretera que lleva y trae,
Es lo más incómodo,
Es lo más inseguro.
Es un punto en el que a la mirada le pesa el aire,
El cuerpo no precisa del oxígeno,
Y el sonido,
sonrojado mejor se va cargado de sin sabores y sin sentidos que sepultan.
¿Qué hacemos?
Acaso, dejar de existir.
O mejor desvanecernos,
Y perdernos entre las sombras de lo encontrado.
José Manuel Morales Penagos.










