Perita Cernas/Texto y la ciudad
Hay libros que no se leen… se sobreviven. Te sumerges en ellos pensando que vas a pasar un buen rato con una historia interesante y sales del otro lado con la sensación de que alguien te ha arrancado una venda que ni siquiera sabías que llevabas puesta. De pronto todo se ve más feo, más real y, aunque tratas de huir de la idea; más tuyo. Ya no puedes volver a mirar el mundo (ni a ti mismo) de la misma manera.
Soy Perita Cernas y esta es mi columna, en donde hablo de libros, escritura, journaling, arte y de todas esas cosas que la gente suele apreciar, pero yo no vengo a embellecer nada, sino a mirar de frente los temas que otros prefieren adornar y retocar.
Hoy quiero hablar del libro Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline. Y cuando digo hablar, en realidad quiero decir que todavía estoy intentando recuperarme de haberlo leído. Porque este no es un libro, es una paliza emocional disfrazada de novela.
Céline te agarra por el cuello desde la primera página y no te suelta hasta el final. Aunque el libro no comienza con una gran escena, no es ese su estilo. Su protagonista, Ferdinand Bardamu, es un cabrón cínico, cobarde, egoísta y, aun así, extrañamente honesto. Un antihéroe que no pretende ser héroe de nada. Solo quiere sobrevivir. Y sobrevivir, según Céline, significa ver cómo todo se desmorona: la guerra, el amor, la medicina, las colonias, el trabajo, la ciudad, la gente… todo.
Uno pensaría que la guerra, el totalitarismo, la manipulación y la pobreza son temas que pertenecen a los libros de historia o a los documentales serios, pero no. Están aquí, escritos con una rabia tan viva que parece que la tinta todavía sangra. Céline no te cuenta la Primera Guerra Mundial como un acontecimiento histórico, te mete a la fuerza dentro de la trinchera, te hace oler la mierda, el miedo y la estupidez humana a gran escala. Te muestra soldados que no mueren por heroísmo, sino por pura idiotez y capricho. Imagina a Ooficiales que mandan a sus hombres a la muerte, mientras ellos se quedan atrás escribiendo bonitas cartas patrióticas.
Y, lo peor no es que te muestre la violencia, es que te muestra lo ridícula que es. Porque eso es lo que hace Céline: te quita la dignidad mostrándote el sufrimiento real. No hay gloria en sus páginas. No hay banda sonora épica. Solo hay cuerpos rotos, almas podridas y una risa amarga que sale de la garganta cuando ya no te quedan lágrimas.
Leí este libro segura de que al terminarlo, ya no podría ser la misma, es un libro que te transforma el pensamiento de lo que es el mundo y la historia. A ratos quería cerrarlo y tirarlo contra la pared, otras veces me reía sola como una loca, porque la crueldad era tan exagerada que resultaba casi cómica. Esa es la genialidad de Céline, al que apodaré «el jodido»: logra que te rías de lo que debería darte ganas de llorar. Y mientras te ríes, te das cuenta de que te estás riendo de ti mismo. De lo parecido que eres a Bardamu, de lo rápido que tú también te adaptarías si la vida te pusiera contra la pared.
La literatura no está llena de héroes. Está llena de personas que se adaptan, quieran o no.
Bardamu se adapta a la guerra desertando. Se adapta a África explotando a los nativos antes de que lo exploten a él. Se adapta a Nueva York trabajando en una fábrica infernal y luego se adapta a ser médico de los pobres en los suburbios de París, recetando placebos y mentiras porque la verdad es insoportable. Se adapta una y otra vez, cada vez más sucio, más cínico, más vacío. Y tú, lector, vas adaptándote con él. Hasta que en algún momento te preguntas: ¿en qué momento yo también empecé a aceptar lo inaceptable?
Ahí es donde entra Žižek, aunque él no aparezca citado en el libro. Céline te muestra la violencia subjetiva de forma brutal: la bala que te revienta la cara, el hombre que te roba, la mujer que te traiciona, el jefe que te humilla. Pero detrás de todo eso está la violencia sistémica, esa que no tiene cara pero lo sostiene todo. La guerra que fabrica el Estado. La pobreza que fabrica el sistema económico. La mentira constante que fabrica la sociedad para que sigamos funcionando sin volvernos locos.
Y si estás esperando soluciones, olvídalo, no te topas con un autor que te incite a provocar una revolución, ni siquiera te encomienda a que seas mejor persona, solo te obliga a mirar, y ese camino de observación profunda, hiere. Porque cuando miras de verdad, te das cuenta de que todos los males que creíamos «temas contemporáneos» —la manipulación, el autoritarismo, la explotación— no son nuevos, solo han cambiado de vestimenta.
Lo que más me perturbó fue darme cuenta de que Viaje al fin de la noche se siente terriblemente actual. Cambia los uniformes de 1914 por las redes sociales, cambia las trincheras por oficinas abiertas y las colonias por economías precarias, y el cinismo de Bardamu sigue encajando a la perfección. Continuamos mintiéndonos colectivamente. Seguimos adaptándonos a sistemas que nos degradan, consumiendo violencia (ahora en formato de vídeo de 15 segundos) y llamándolo contenido. Podrido, ¿no?
El arte no está para resolver. Está para mostrar. Y Céline lo muestra sin piedad. Muestra que debajo de toda esta pseudo civilización que tanto presumimos hay un animal aterrado que solo desea no morir hoy. Deja sobre el tablero un concepto, que el totalitarismo no siempre llega con botas militares y banderas con estrellitas; a veces llega disfrazado de progreso, de eficiencia, de «es por tu bien». Y, con esto, entendemos que la pobreza no es solo falta de dinero, es falta de esperanza y, sobre todo, falta de ilusión.
Al final del libro uno se queda con una sensación extraña, no de inspiración, como con otros libros, tampoco de catarsis, se queda uno con una especie de lucidez amarga. Como si te hubieran obligado a ver este mundo ya sin filtros, sin música de fondo, sin mentiras reconfortantes, y esa lucidez tiene un precio: ya no puedes volver a mirar igual, ya no puedes ver una noticia de guerra y creer del todo el discurso oficial. Ya no puedes ver a un político prometiendo un mundo mejor sin sentir un poco de náuseas. Ya no puedes ver tu propia vida cómoda sin preguntarte en qué momento te adaptaste tú también a algo que en el fondo sabes que está mal.
Por eso digo que hay libros que no se leen, se sobreviven.
Viaje al fin de la noche no es un libro para entretenerte, te desarma, te obliga a sostener la mirada frente a lo que preferirías ignorar: que somos frágiles, egoístas, cobardes y, aun así, resistentes. Que podemos seguir caminando aunque todo a nuestro alrededor huela a muerte y mentira.
Leer a Céline es como mirar La balsa de la Medusa durante mucho rato. Al principio te repele, después te hipnotiza, y cuando por fin apartas la vista, ya llevas algo de esa balsa dentro de ti.
No sé si recomendaría este libro a todo el mundo, de hecho, probablemente no, es largo, denso y a ratos te hace odiar a la humanidad (y a ti mismo). Pero si estás dispuesto a analizar… entonces sí ¡Sobrevívelo!
Yo lo sobreviví. Y ahora, cuando camino por la calle, a veces veo a la gente y me pregunto, ¿quiénes de nosotros ya estamos en la balsa sin darnos cuenta? ¿Quiénes seguimos agitando un trapo hacia un horizonte que probablemente no nos va a salvar?
Y lo más jodido es que seguimos agitando el trapo de todos modos.
Soy Perita Cernas y esto es lo que pasa cuando dejas que un libro francés de 1932 te dé una patada en el alma casi cien años después.
Gracias por leerme. O por sobrevivir conmigo a esta reseña.










