El infortunio
Ana Lilia Nucamendi Palacios
Arrumbado en un rincón, lloraba, mejor dicho, maullaba el Misho. Entre cortinas rotas y sobras de comida añoraba los días de sol en que salía al patio a retozar en el césped recién cortado que soltaba un aroma a paraíso. Extrañaba el sol y el aroma a hierba, a zacatito tierno. Allí en la oscuridad ronroneaba su dolor. Ese dolor tan grande que sentía en sus patas lastimadas por los cristales rotos incrustados en la barda que le hicieron sangrar. Y luego, por salvarse, sin darse cuenta tocó el cable de alta tensión que lo arrojó al suelo, el golpe que recibió fue tan fuerte que aún le zumbaba la cabeza.
Jamás se hubiera imaginado que una noche de locura terminaría en aquello.
“Yo nunca, nunca hago esto” se decía a sí mismo mientras se acariciaba su cola de animal. Tambaleante y desdichado, pensaba: “ a estas horas, sería yo ceniza”. Debí apreciar más mi hermosa cama de lana de Oveja.
-¡Dios mío, dame fuerzas! De nada me sirve culparme, ni culparte. Hoy mi honor está en el suelo en vez de estar retozando en el pasto a los hermosos pies de mi humana, en vez de jugar con sus hermosas sandalias moradas que huelen a chicle. Pinche trago amargo que me das vida. Y todo por ese maldito espejo que me hizo sentir un terrorífico tigre. Ahora solo veo negrura. Ojalá solo fuera metafórica. ¡Ay!, mis pobres ojitos aún están cerrados.
Su silueta desdichada añoraba una cuerda alrededor de su cuello para acabar para siempre con este dolor amargo y solitario. Pero no. Creo que no había aprendido la lección porque pensaba “voy a pedirle a mi madre que se robe un ojo para mí, sí. Uno de esos ojos azules y bellos ojos como los míos que nunca me lleven a fallar.”
-¡Ay, ay, ay! ¿Qué cosas tan feas estoy pensando? Esto es una locura, yo tengo honor, yo tengo valor, yo tengo lealtad. Maldito el escombro que no tenía filosos cuchillos para que yo muriera de una sola vez. No quiero pensar. Creo que estoy demasiado mal. Creo que estoy desvariando.
-¡Doctor! ꟷgritó con ira y temorꟷ, ponga en su sitio mis tuercas aunque me cause irritación. Yo quiero vivir, vivir, ver la luz. Abandonar la oscuridad.
Mañana seguiré intentando
Karly Mont
La esperanza mueve al mundo. Mueve voluntades, mueve silencios, mueve las manos cansadas de quienes creían que ya no podían más. La esperanza mueve al maestro que sigue enseñando aunque el cansancio le habite los huesos. Mueve a la mami que se desvela junto a la cama de su hijo. Mueve al médico que no abandona al paciente vin poco recurso, al niño que vuelve a sonreír después una enfermedad, al anciano que todavía espera la visita de su hija.
La esperanza mueve ciudades enteras sin necesidad de hacer ruido. La esperanza sostiene. Es esa luz pequeña que nadie ve pero que impide que el alma se derrumbe. Es mirar unos ojos y encontrar refugio, ángeles. Es oír una risa infantil y recordar que el mundo todavía merece salvarse.
La esperanza vive en las cosas pequeñas. En una mano que aprieta otra mano. En un plato compartido. En una maestra que enseña a leer.
En quien decide quedarse cuando todos los demás se fueron. Porque hay personas que son esperanza caminando. Personas que llegan a la vida de otros como si Dios hubiera decidido responder en forma de abrazo. ¡Claro que si! La esperanza mueve al mundo. Mueve pueblos enteros. Mueve causas. Mueve almas. Mueve a quienes todavía creen en la bondad. La esperanza hace que alguien vuelva a sembrar después de perderlo todo. Hace que una mujer vuelva a confiar en ella misma. Hace que un hombre vuelva a hablarle a Dios después de años de silencio. Porque incluso en medio del dolor, del duelo, de la enfermedad, de las noches más largas, la esperanza aparece despacio como la chispa de una vela, que saluda negándose a apagarse. Y quizá por eso es tan poderosa.
La esperanza mueve voluntades. Mueve lágrimas. Mueve destinos enteros. Y hay días en que también mueve a Dios, porque hasta el cielo se inclina ante un corazón humano que, todavía es capaz de decir: Mañana volveré a intentarlo.










