Entonces, escribo/Damaris Disner
Viajar a la niñez cuando se escuchan o se leen relatos comunitarios es habitual, por ello no es de extrañar que Paulina García Martínez inicie el prólogo de “Cuenta la leyenda: Cuentos de terror de la cultura zoque de Tuxtla Gutiérrez”, refiriéndose a sus emociones de la infancia. Es joven y estudia el sexto semestre de la licenciatura Escritura Creativa en la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. Su profesor, el escritor Édgar Núñez, les solicitó a sus estudiantes conformar una antología.
A Paulina le pareció cautivante versar su investigación sobre las leyendas que sobreviven en Tuxtla, siguiendo las huellas de los zoques. Incluyó 15, recopiladas de diversos medios, además de charlar directamente con pobladores originarios diseminados en la capital chiapaneca. Pero se arriesgó a más, escribir la de su autoría “La muñeca vudú”, la única que sitúa el año del supuesto suceso.
Narra la historia de una pequeña que, en su inocencia de jugar con la figura encontrada, terminará con su vida. Es un paralelismo actual de que el exceso de tecnología en edad temprana, ha pasado del entretenimiento a un reclutamiento de menores, ahogando su posibilidad de vivir cuando no se detectan las señales a tiempo. Cada aguja de la muñeca vudú puede representar el “touch” en un celular o tableta, hasta desaparecer a una niña o un niño, o a cientos, a miles, como las estadísticas demuestran.
Y ahora vamos a situar en la época actual la primera leyenda “El fantasma del parque central”, que como ya el título sugiere, se trata de un alma que en vida fue acusada de un crimen que no cometió y se aparece a los transeúntes trasnochados para intentar explicar lo que no pudo en vida. Sin duda, nos remite a las injusticias que parecen ser el pan amargo de cada día y en ese parque de seguro han sucedido muchas.
También las historias pueden ayudarnos a reconectarnos con el paisaje de otra manera, cuando suceden en el río Sabinal, el Cañón de Sumidero o la Cueva de Mactumatzá. Habitados por presencias que no se pueden definir, pero hacen estremecernos para no olvidar que el aire cuenta historias directo a la conciencia y revelarnos lo que a nadie se le cuenta, en la soledad de nuestros pensamientos.
Porque ¿qué sería de una leyenda si no la traemos a lo contemporáneo? Se perdería el potencial de convertirse en un poderoso puente de mediación si no se acerca a personas sensibles, preocupadas por el acontecer en nuestros territorios. Hay que destacar la manera en cómo están redactadas; es amena. Tienen un cierre que invita a reflexionar sin mayores alardes moralinos.
Es interesante la honestidad con la que Paulina escribe su prólogo. No hay poses ni grandes pretensiones, aunque sí un destacado profesionalismo, que desafía su juventud, pero no así su disciplina y deseo de hacer el compendio de manera amena y bien redactado.
También sobresale la selección minuciosa. Percibo que no es hecha al vapor si no que estudió a conciencia cada una de las historias para sostener un hilo conductor, análogo a la sociedad actual.
Erick Osvaldo López Díaz, catedrático de la Unicach, acompañó con imágenes la antología, algunas son grabados, que reafirma la dirección editorial con la que fue realizada. Agradezco al maestro Édgar Núñez su gentileza de invitarme a conocer el trabajo de investigación de su alumna; inspira confianza en la formación académica que es la base de los futuros escritores profesionales. Me complace que a la juventud no le sea indiferente darle voz a las historias que se esconden dentro de todas las cosas, para poder tomar mejores decisiones en su cotidianidad.
Aunque hay una delgada línea si sucedió o no, porque para Mircea Eliade, las verdaderas historias están en los mitos, las falsas en lo demás; lo innegable es que las leyendas aún siguen provocando reacciones a quienes han tenido el valor, la desdicha o la osadía de conocerlas.
Y si hay algo que le da sentido y significado a nuestra existencia es la manera de cómo vamos contando lo que nos pasa o acontece alrededor, solo viéndonos a través de otras miradas podremos reconocernos, para no perdernos en la noche oscura que a cada alma le corresponde atravesar.










