La última habitación

La última habitación

En el cruce del camino

Fernando Castellanos Cal y Mayor

Roma termina por cansar la vista. Después de varios días caminando entre los Museos Vaticanos, la Basílica de San Pedro y decenas de iglesias, uno empieza a acostumbrarse al mármol, al oro, a los frescos, a los mosaicos y a esa monumentalidad con la que la Iglesia fue dejando su huella a lo largo de los siglos. Hay tanto por mirar que llega un momento en que pareciera imposible encontrar algo capaz de conmover más.

Y, sin embargo, me ocurrió al final.

Fue en Santa María la Mayor, frente a la tumba del Papa Francisco. No era la obra más grande que había visto en Roma. Tampoco la más rica, ni la más compleja, ni la que exigía mayor explicación. Precisamente por eso me impactó. Después de días enteros observando altares monumentales, cúpulas, columnas, lienzos y tesoros acumulados durante generaciones, terminé detenido ante una lápida sencilla, sin estridencias, sin excesos y sin esa necesidad tan humana de seguir demostrando algo incluso después de la muerte.

Ahí apareció una palabra que no me abandonó durante el resto del día: congruencia.

Uno puede coincidir o no con muchas de las decisiones del Papa Francisco. Ese es otro debate. Lo que resulta difícil negar es que el lugar donde decidió descansar guarda relación con la forma en que quiso vivir y con el mensaje que sostuvo durante su pontificado. No necesitó que su última morada contradijera lo que había predicado durante años. Y eso, en estos tiempos, no es poca cosa.

Vivimos rodeados de discursos sobre austeridad. Hay políticos, empresarios, dirigentes y líderes de todo tipo que hablan de sencillez mientras disfrutan de privilegios que jamás estarían dispuestos a abandonar. Se presentan como franciscanos cuando conviene, pero se comportan como príncipes cuando nadie los observa. Hacen de la humildad una estética, una pose o una estrategia de comunicación. La mencionan mucho y la practican poco.

La verdadera austeridad no necesita fotógrafos. Tampoco consignas. Se reconoce en las decisiones pequeñas, en los hábitos, en las renuncias y, sobre todo, en aquello que una persona elige cuando ya no tiene nada que ganar frente a los demás.

Por eso aquella tumba me hizo pensar que la última habitación de una persona puede decir mucho más que todas las que ocupó en vida. Hay quienes construyen mausoleos para intentar engrandecer su memoria. Otros dejan una vida tan coherente que cualquier monumento resulta innecesario. Francisco, al menos en ese último gesto, pareció entenderlo.

Salí de Santa María la Mayor con una impresión que no esperaba. Durante días había visto obras capaces de dejar sin palabras a cualquiera, pero la imagen que terminó acompañándome no fue una bóveda ni una escultura. Fue una tumba. Tal vez porque el arte impresiona, el poder deslumbra y la riqueza sorprende, pero la congruencia toca un lugar distinto.

También incomoda.

Incomoda porque obliga a revisar la distancia entre lo que decimos y lo que hacemos. Entre la austeridad que proclamamos y los privilegios que conservamos. Entre la humildad que exigimos a los demás y la comodidad que justificamos para nosotros mismos.

Frente a aquella lápida entendí que la vida pública, igual que la vida personal, tarde o temprano termina exhibiendo esas contradicciones. Se puede administrar una imagen durante años, pero no para siempre. Al final quedan las decisiones, los gestos y la manera en que cada quien enfrentó su propia última habitación.

Quizá esa fue la lección más fuerte que me llevé de Roma. No estaba en el oro, ni en el mármol, ni en los grandes frescos. Estaba en la sencillez de una tumba que no necesitaba explicar nada.

Porque la congruencia verdadera no se anuncia.

Se vive.

Y, cuando es auténtica, también sobrevive.

Ahí, frente a la última habitación de Francisco, volví a encontrarme en el cruce del camino.

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