Razones
Jorge Fernández Menéndez
El domingo el presidente Donald Trump decidió compartir en su red Truth Social, un texto del periodista Bill O’Reilly que califica a México como un no aliado, un país que no es amigo de los Estados Unidos, acusa de corrupción a su gobierno y critica a la presidenta Sheinbaum por rechazar la intervención contra los cárteles. El texto se concentra sobre todo en la presión de Washington y la negativa mexicana a permitir la entrada de fuerzas estadounidenses para combatir el narcotráfico.
O’Really, que llegó a ser el comunicador más influyente de los Estados Unidos desde Fox News de la derecha extrema, ya no es lo que era. Tuvo que salir de Fox News en medio de denuncias por acoso sexual, y luego tuvo diferencias con el propio Trump, aunque se han vuelto a acercar en los últimos tiempos. Pero no es la voz conservadora más influyente en los medios. Son muchos los que dentro y fuera de la Casa Blanca opinan lo mismo que O’Reilly y que tienen mucho más peso, pero lo destacado de esto, no es sólo que Trump compartiera el texto, sino que el artículo había sido publicado en marzo pasado: por alguna razón Trump decidió mandar un mensaje directo con un texto escrito hace meses.
Puede haber distintas respuestas, pero una es indiscutible: la administración Trump está profundamente molesta con el gobierno de Sheinbaum por varias razones, pero tres son fundamentales: primero, por la negativa a desmantelar las redes políticas de complicidad y protección de los grupos llamados narcoterroristas. La protección al gobernador Rubén Rocha, al senador Enrique Inzunza, y a muchos otros, es tan significativa como la negativa de dar el paso que lleve a los verdaderos autores intelectuales en la política michoacana del asesinato de Carlos Manzo. La destrucción de esas redes no es un capricho de Trump, es parte sustancial de la estrategia hemisférica del gobierno estadounidense, que trascenderá la actual administración. En eso no darán un paso atrás.
Un segundo tema, íntimamente relacionado con el anterior es la política exterior, que es reflejo de la interior, del gobierno federal. Ayer la presidenta Sheinbaum dijo que México “es amigo de todo el mundo”. Pero no es así, no tenemos relación con Ecuador, con Perú, con Bolivia y con Argentina está tomada con alfileres. Quien sabe cómo estarán las cosas con Colombia después del 7 de agosto, cuando asuma el presidente conservador Abelardo de la Espriella. Con el gobierno de Nayib Bukele en El Salvador prácticamente no tenemos relación. Con España seguimos en conflicto, aunque atenuado por la visita de Felipe VI, por la llegada de Cortés hace 500 años. Jamás hemos condenado firmemente la invasión rusa a Ucrania, ni mostrado solidaridad con ese país, como la tenemos con todo tipo de excesos con Cuba o incluso Nicaragua: jamás se ha condenado a esas dictaduras e incluso ante la decisión de Daniel Ortega de acabar con las elecciones en su país, la presidenta Sheinbaum se limitó a decir que se respetara lo que el pueblo nicaragüense quiera, olvidando que el problema es precisamente que la dictadura le impide al pueblo desde votar hasta opinar.
Un tercer tema demuestra la poca sensibilidad sobre el contexto que estamos viviendo: la presidenta Sheinbaum no irá a la asamblea general de la ONU en septiembre, tampoco tenemos una candidatura viable para la elección del nuevo secretario general, que deberá ser, se supone, ella o él, latinoamericano, pero se anunció que sí irá en noviembre a la reunión del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, que se realizará en Shenzhen, en China. El motor económico principal de la APEC es China, que utiliza ese foro para expandir su liderazgo comercial, contrarrestar la influencia de Estados Unidos y promover sus propios megaproyectos de infraestructura global. Las demandas de Estados Unidos respecto a la relación de México con China son claves en la negativa a la prolongación del TMEC.
Quién sabe si Trump tenía todo eso en mente cuando compartió el texto de O’Reilly, pero no hay duda de que esa es la visión que tienen en Estados Unidos de la relación con México.
Los migrantes
La invasión de migrantes que sufrió Ceuta, ese pequeño enclave español en el norte de África, nos hizo recordar las caravanas migrantes que se vivieron en México en los últimos meses de 2018 y los primeros de 2019, cuando el gobierno de López Obrador comenzó su administración prometiendo fronteras abiertas y libre paso a los migrantes, como una forma de presionar a Estados Unidos. Muy pronto comprendió que eso era inviable, en términos internos y externos: para el país era una evidente vulneración de su seguridad nacional básica, para Estados Unidos un desafío político que Trump, que había hecho campaña promoviendo el muro con México, no podía aceptar. La política migratoria en nuestro país dio un giro de 180 grados. Pero los migrantes siguieron llegando, y el arribo de Joe Biden a la Casa Blanca, que había prometido revisar las políticas migratorias de Trump, alimentó aún más ese flujo. El segundo gobierno de Trump cambió ese escenario.
Nadie sabe cuántos migrantes llegaron a México tratando de ir a los Estados Unidos ni cuantos se lograron establecer al otro lado de la frontera. Pero fueron centenares de miles por políticas doblemente irresponsable. Lo ocurrido allá en Ceuta se parece demasiado, incluyendo la irresponsabilidad de los dos gobiernos a lo que aquí se vivió.










