Boceto del maestro Disner, intervenido por Vanya Pinto Camacho
Entonces, escribo/Damaris Disner
Recuerdo perfectamente aquella tarde cuando mi amiga Georgina Érika Sánchez Camacho, presentó su poemario “Tantas veces yo”, en la Casa de las Artes y las Culturas Corazón Borraz cuando mudó de concepto la Casa de Gobierno. Al leer el poema dedicado a su padre pude ver, desde donde estaba sentada, que mi amiga Ingrid lloró al escucharlo.
Cuando intervine durante el emotivo evento, resalté de lo que me había percatado, no para evidenciarla, sino porque considero valiosísimo que la poesía remueva en las entrañas emociones intensas.
En el reciente Taller de Narrativa Testimonial “Entonces, escribo”, Ingrid asistió. Entre la charla, los recuerdos y la contemplación exhaustiva de un libro de arte se desarrolló la experiencia colectiva de escritura. Y entonces Ingrid escribió un texto que hizo llorar a Rosy, quien se encontraba sentada frente a ella, esa tarde calurosa.
¿Acaso no es una belleza cíclica presenciar ambos sucesos? Ingrid lloró al escuchar a Geo hablar sobre su padre y ella conmovió a Rosy al hablar del suyo. Deseo darle lugar al texto de Ingrid para que lo disfrutemos como nosotras lo hicimos, le auguro un buen camino en las letras si ella decide continuarlo. La flama está encendida, basta conservarla.
Cardamomo
Ingrid Domíguez
Fue un niño huérfano desde los seis años, huérfano de madre, pero abandonado por su padre. Lo recluyó en un internado de monjas, porque los hijos pequeños estorban para una nueva vida, para una nueva aventura, porque así se acostumbraba, o quizás, simplemente, no podía mantenerlos.
Pero él, ese niño huérfano, sólo veía a su mamá en cada monja y en cada sonrisa se le olvidaba un poquito la suya. En cada abrazo se perdía su olor. En cada mirada sus ojos, sus recuerdos se escabullían poco a poco, sin que él pudiera hacer nada, hasta que ya no hubo más mamá Carmen; y en cada monja rehizo esa figura.
Su alma estaba fragmentada, cuando salió del internado visitó una casa que ya no era la suya, no estaba la ropa de su mamá, su recuerdo había sido borrado, sólo habían sombras,
fragmentos de otra vida y su papá era otro, un hombre más frío aún, despiadado, con la mirada muerta, como el que ya lo perdió todo y ese niño tenía el castigo de poseer la mirada tierna de su madre; era el recordatorio de su enorme ausencia. Los seis hijos tenían un poco de la difunta, su cabello, su sonrisa, su piel, su aroma, su calidez; y así, entre recuerdos, se fue apagando porque el amor se comparte pero la miseria aún más.
Entonces, el ser inocente de mirada tierna, vivió cada día en guerra, en una personal en donde no hay ganador, en donde cada persona que se cruzó en su camino fue una batalla. ¿Acaso no es el perdón un acto sobrevalorado? Porque si bien, nos hace libres, cómo puede vivir en alguien atormentado, con esas cadenas que lo matan en su vida diaria. Cómo podría vivir un enfermo sin su medicina. Cómo podría vivir alguien sin gritar, sin desahogarse. Pero en otras ocasiones, aquel niño cerraba sus ojos y, a lo lejos, lograba sentir una suave caricia, casi imperceptible, un ligero olor a cardamomo, un tenue olor a mamá, que parecía anunciarle: Todo estará bien.
Damaris Disner, es escritora, dramaturga, tallerista y mediadora de lectura. Ama el espíritu felino. Confía en la imaginación como un recurso inagotable que nutre con sabiduría y belleza a la existencia. Imparte su Taller de Narrativa Testimonial “Entonces, escribo”, en la Galería Rodolfo Disner, que dirige desde hace 13 años. Acompaña procesos creativos. Su obra literaria ha merecido reconocimientos estatales y nacionales. Escribe principalmente para la niñez.
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