El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Aparentemente, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas es solamente un cuento infantil, pero detrás del viaje en la madriguera del conejo hay una apreciación de los devenires de la condición humana en la vida moderna. Alicia comprende que la subjetividad está marcada por los avances de la técnica y ella busca una salida a ese laberinto donde el sujeto fragmentado se enfrenta a sí mismo.
La obsesión por la tecnología, la ciencia, el pensamiento lógico o la meritocracia, propicia que el ser humano sacrifique su tiempo por las cosas superficiales y deje de lado lo que realmente importa. En este sentido, la obra cumbre de Lewis Carroll es un espejo de las ansiedades contemporáneas que están marcadas por la alienación, el consumismo y la superficialidad.
En el libro Lógica del sentido, el filósofo francés Gilles Deleuze analiza la laberíntica trayectoria de Alicia para explicar los conceptos de superficie y acontecimiento. La niña, más que descender a la oscuridad del inconsciente, se desplaza por la superficie del lenguaje, donde lo que llamamos sentido no es algo que se descubre tras una búsqueda condicionada, sino un efecto generado en el absurdo.
El Conejo Blanco, siempre está revisando la hora en su reloj y afirma una y otra vez que está llegando tarde; antes de la modernidad el tiempo era cíclico y estaba ligado a la naturaleza; en esta era fue convertido una estructura rígida, productivista y punitiva. El lagomorfo encarna al sujeto fragmentado dominado por la administración del tiempo.
Personajes fantásticos como la liebre de marzo y el Sombrerero Loco siempre están atascados en la hora del té perpetua porque rompieron su relación con el tiempo; el hombre moderno también está atrapado en una especie de locura donde se dedica más tiempo al trabajo y a la rutina que a convivir con la familia, jugar o, en el mejor de los casos, conocerse a uno mismo.
Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas fueron publicadas en 1865 en pleno apogeo de la era victoriana; el autor fue testigo de un sistema que buscaba afanosamente el orden, la ciencia, el progreso y la confianza en la racionalidad. La obra de Carroll desmenuza estos pilares a través del juego lingüístico, la fragmentación de la identidad y el anhelo de diluir la lógica formal.
La idea de un «yo» estable es una ilusión promovida por el modernismo; el viaje de Alicia es una encarnación de la inestabilidad ontológica; sus cambios de tamaño en diversos pasajes representan la pérdida del centro identitario. En este sentido, ante la pregunta de la Oruga «¿Quién eres tú?», Alicia reconoce que apenas lo sabe: «Al menos sé quién era yo cuando me levanté esta mañana, pero creo que he cambiado varias veces desde entonces».
La protagonista intenta recordar dilemas morales que aprendió en la escuela para probar su cordura, pero sus palabras salen distorsionadas, demostrando que sus marcos de referencia culturales no tienen cabida en ese mundo. Carroll cuestiona la educación de esa época; el convirtió a las virtudes victorianas en versos absurdos con protagonistas impensables.
El devenir de la obra muestra cómo el significado se desliza constantemente y el autor insinúa que en la era moderna una comunicación real es imposible. Para filósofos posmodernos como Jacques Derrida o Ludwig Wittgenstein, el lenguaje no refleja una realidad objetiva preexistente, sino que es un sistema cerrado de reglas arbitrarias.
En el mundo de Carroll, las reglas cambian constantemente hasta llegar hacia el absurdo; el viaje de Alicia es la confrontación de la autenticidad con la experiencia existencial moderna. Esto también ya había sido expuesto por Franz Kafka y Albert Camus. La niña ve que sus lecciones escolares y sus modales no encajan en un mundo donde lo inmaterial es más importante.
La obra de este escritor caracteriza la incredulidad hacia las metanarrativas entendidas como los grandes sistemas ideológicos, religiosos o científicos que pretenden disciplinar sutilmente la subjetividad humana. El sistema victoriano se encargó en su momento de crear su propia realidad y esto también fue recreado por George Orwell en su novela 1984.
Alicia nos motiva a repensar quiénes somos en un mundo absorbido por lo tecnológico y actuar en función de nuestra autenticidad. El tiempo es algo que al final de cuentas se agotará.










