Perita Cernas / Diario de Chiapas
Hola a todos. Oigan, hoy tenemos que hablar de algo que me obsesiona profundamente. Y no, no es la estructura simétrica del trazado urbano de Kim Kardashian ni las proporciones áureas de la Tipografía Helvetica, aunque claramente todo esto está conectado en un nivel metafísico superior. Hoy vamos a hablar de brujas. Pero no de la bruja que se convierte en un gato negro en Halloween o de la versión estilizada de Hollywood. No. Vamos a hablar de la pregunta verdaderamente fascinante de este asunto: ¿Por qué, de repente, Europa necesitó tantas brujas?
Porque una cosa es creer que una señora de tu pueblo puede convertir a tu primo en un sapo —que oye, culturalmente es un meme maravilloso—, y otra cosa muy distinta es que, durante siglos, decenas de miles de mujeres fueran sistemáticamente perseguidas, torturadas y ejecutadas en la hoguera. Ahí ya no estamos hablando solamente de superstición o de ignorancia medieval. Estamos hablando de arquitectura de poder, de diseño institucional y de una reestructuración sociológica brutal.
1. El Rebranding del Trabajo
y la Gran Privatización
Aquí es donde aparece la brillante historiadora Silvia Federici con una tesis que me parece sencillamente alucinante en su libro Calibán y la bruja. La caza de brujas no fue un residuo de la «oscura Edad Media» (que además, spoiler: ocurrió principalmente en el Renacimiento y en los inicios de la Modernidad). Fue, en realidad, el motor de arranque del sistema económico en el que vivimos hoy: el capitalismo.
Obviamente no significa que un señor capitalista con sombrero de copa se levantara un martes por la mañana diciendo: —A ver, me apetece muchísimo inventar el concepto de bruja para el primer trimestre fiscal—. Ojalá la historia fuera un esquema conceptual tan sencillo como una diapositiva de Keynote. Lo apasionante de la historia es que mientras se estaba desmontando el sistema feudal, la sociedad estaba rediseñando sus cimientos.
Las tierras comunales —esos espacios donde la gente campesina pastoreaba, recolectaba y sobrevivía de forma colectiva— comenzaron a privatizarse. Se pusieron vallas. Se crearon fronteras de propiedad privada. Muchísimas personas perdieron de golpe sus medios de subsistencia tradicionales. Para sobrevivir, ya no bastaba con trabajar la tierra del común; ahora tenías que vender tu fuerza de trabajo a cambio de un salario. Pero este nuevo sistema tenía un pequeño problema de diseño de infraestructura.
2. El Bug del Sistema y el Trabajo Cero Pesos
Para que un obrero pueda ir todos los días a una fábrica o a un taller a producir valor durante ocho, diez o doce horas por un salario, primero necesitas resolver una logística fundamental: esa persona tiene que estar viva, alimentada, con la ropa limpia, cuidada emocionalmente y, eventualmente, tiene que haber producido nuevos seres humanos que ocupen su lugar cuando colapse.
¿Y quién estaba haciendo toda esa logística invisible pero gigantesca? Las mujeres.
Durante la Edad Media, las mujeres campesinas cultivaban, vendían productos en el mercado, conocían la botánica medicinal y controlaban sus propios cuerpos y procesos reproductivos. Pero el nuevo orden económico necesitaba reorganizar drásticamente esa autonomía. Y entonces ocurrió una de las mayores jugadas magistrales —y tramposas— en la historia del trabajo humano: el sistema decidió que muchísimas actividades indispensables para la existencia biológica y social de la humanidad sencillamente no se iban a considerar trabajo.
• ¿Cocinar la cena? No es trabajo, es afecto.
• ¿Lavar la ropa y mantener la casa? No es trabajo, es higiene natural.
• ¿Cuidar a los niños y educarlos? No es trabajo, es instinto materno.
• ¿Sostener emocionalmente a la familia entera? Tampoco es trabajo, es “ser mujer”.
Es una genialidad macabra desde el punto de vista del rendimiento económico. Si logras convencer al 50% de la población de que las actividades que insumen todo su tiempo y energía no son “«trabajo productivo» sino simplemente su «naturaleza», acabas de conseguir una cantidad titánica de trabajo gratuito para siempre.
3. La Bruja como Categoría Social Disruptiva
Pero claro, para que esta reestructuración funcionara, faltaba un detalle crucial: ¿qué hacías con las mujeres que no encajaban en este molde doméstico? ¿Qué hacías con las que tenían autonomía, conocimiento o que sencillamente molestaban en el mapa?
Ahí es donde entra la figura de la bruja.
La bruja no era solamente una señora que supuestamente volaba en una escoba o hablaba con espíritus. La bruja era, ante todo, una categoría social de castigo. Era el sello rojo que el sistema le imponía a cualquier mujer que saliera del margen de diseño establecido:
• La mujer que conocía plantas medicinales y ejercía la medicina empírica amenazaba la naciente profesión médica masculina.
• La viuda independiente que poseía tierras o no dependía de un varón rompía el esquema de subordinación patrimonial.
• La partera que ayudaba a controlar la concepción o el parto interfería con la necesidad del Estado de controlar la natalidad para generar nueva mano de obra.
• La mujer anciana, pobre y solitaria era el chivo expiatorio perfecto para canalizar la frustración y la rabia social de una comunidad empobrecida.
4. La Invención de la Guilt-Culture y el Legado Actual
Para construir este nuevo modelo, no bastaba con ejecutar violentamente a miles de mujeres. Había que hacer algo muchísimo más profundo e invisible: producir una nueva idea cultural de lo que significaba ser una «buena mujer».
Se definió que la mujer «correcta» debía ser obediente, abnegada, silenciosa, maternal, sexualmente reprimida y, sobre todo, dispuesta a sacrificarse. Por eso, cuando miro esta relación entre la cacería de brujas y el auge del capitalismo, me doy cuenta de que la mayor invención de toda esta época no fue la bruja en sí. Fue la culpa.
Nos enseñaron a creer que la hoguera quedó en el pasado remoto. Pero la arquitectura del sentimiento de culpa sigue intacta: la idea de que si eres mujer debes cuidar, debes sacrificarte, debes reproducir, y que si decidas no hacerlo o exigir tu espacio, hay un fallo de fábrica en ti.
Estudiar la caza de brujas no es un ejercicio de nostalgia medieval ni una historia de terror gótico. Es un análisis de la infraestructura de nuestras propias vidas. Cada vez que una mujer moderna decide que su valor no se mide por su capacidad de servir a los demás, o que su tiempo y su cuerpo le pertenecen únicamente a ella, está desmantelando un ladrillo de esa vieja construcción.
Porque al final, el verdadero «peligro» de la bruja nunca estuvo en lanzar hechizos ni en invocar demonios. Estuvo en algo infinitamente más revolucionario: demostrar que una mujer podía imaginar y habitar una forma de vida totalmente diferente. Y eso, para cualquier sistema que necesite cuerpos obedientes y trabajo silencioso, siempre ha sido la amenaza más temible de todas.










