EN EL CRUCE DEL CAMINO
Fernando Castellanos Cal y Mayor
México llegó a Buenos Aires con algo que pesa más que cualquier discurso: resultados que defender y una voz con autoridad para hacerlo. Frente a responsables de seguridad de más de cien países, Omar García Harfuch habló de inteligencia, cooperación y combate a las estructuras criminales, y recibió del director de la DEA un reconocimiento público a su liderazgo, valentía y capacidad de interlocución. No necesitamos que Washington nos diga quién es bueno y quién no. La lectura importante es otra: México tiene hoy un secretario de Seguridad al que escuchan afuera, respetan sus contrapartes y respalda plenamente la presidenta Claudia Sheinbaum.
A Harfuch le fue muy bien en Buenos Aires. A Sheinbaum también. Y ese es el primer punto que no deberíamos perder entre fotografías y lecturas apresuradas.
La Presidenta tiene en su secretario una pieza particularmente valiosa para administrar uno de los expedientes más delicados del Estado mexicano. Ella conduce, fija los límites y sostiene una posición clara de soberanía; Harfuch hace funcionar la parte operativa, construye confianza, intercambia inteligencia y habla un lenguaje que conoce desde hace años. México y Estados Unidos pueden tener diferencias, pero las organizaciones criminales no esperan a que dos gobiernos se pongan de acuerdo para mover armas, drogas, dinero o personas.
La decisión de enviarlo tampoco fue menor. Existían reservas sobre la participación mexicana; Sheinbaum escuchó a sus consejeros y decidió que México debía ocupar esa silla. Acertó. La política exterior también consiste en saber dónde hay que estar y quién debe representarte cuando llega el momento. México tenía algo que decir y la Presidenta mandó a quien podía hacerlo con conocimiento y autoridad.
He seguido a Harfuch con atención y no encuentro por qué esconder mi impresión detrás de una neutralidad impostada: me parece muy bueno. Tiene oficio, entiende inteligencia, conoce el territorio y las instituciones, sabe coordinar y posee algo especialmente valioso: autoridad sin estridencia. No parece empeñado en explicarnos todos los días cuánto pesa. Trabaja. Y en una política donde demasiados empiezan a imaginar el siguiente cargo antes de terminar el actual, saber administrar los tiempos también habla de carácter.
Eso no significa idealizarlo. México todavía enfrenta extorsión, desapariciones, violencia y organizaciones criminales con enorme capacidad económica y de fuego. Harfuch debe ser medido con rigor precisamente por el tamaño de su responsabilidad. Pero rigor no significa mezquindad. Cuando un funcionario funciona, hay que decirlo.
Y Harfuch está funcionando.
Su consolidación fortalece directamente a Claudia Sheinbaum. Un secretario con credibilidad operativa y reconocimiento internacional amplía el margen de acción de la Presidenta y abre puertas donde México necesita interlocución permanente. Sheinbaum ha sabido darle responsabilidad, respaldo y espacio a un funcionario que responde con resultados. Eso también es conducción: el poder presidencial no se demuestra apagando capacidades, sino poniéndolas al servicio del país.
Sheinbaum conduce y Harfuch resuelve.
Para quien sepa leer entre líneas, ahí hay bastante política.
Desde hace tiempo se escucha que Harfuch podría ser el as bajo la manga de la Presidenta. Creo que la expresión se queda corta.
Harfuch no es un as bajo la manga. Es un as abiertamente visible, una carta que da la cara.
Sheinbaum no lo esconde. Lo manda al frente, lo respalda y le entrega responsabilidades donde habrá resultados que presumir y costos que asumir. Eso dice mucho de la carta, pero también de quien sabe perfectamente qué tiene en la mano.
No voy a convertir Buenos Aires en el arranque artificial de una sucesión presidencial. Falta demasiado. Pero tampoco voy a fingir que todos los integrantes de un gabinete pesan igual o que no estamos frente a uno de los perfiles más interesantes de su generación.
Yo sí le seguiría la pista.
No porque esté haciendo campaña, sino precisamente porque hoy no la necesita. Tiene algo mejor: la oportunidad de demostrar desde el gobierno qué sabe hacer. Si conserva resultados, prudencia, lealtad institucional y capacidad de interlocución, el tiempo irá colocando su nombre donde tenga que colocarlo.
Y ahí hay también un mérito de Sheinbaum. Ha sabido identificar capacidades, dar confianza y colocar a uno de sus mejores hombres exactamente donde México lo necesita. El reconocimiento que Harfuch recibió en Buenos Aires habla de él, pero también de una Presidenta que confió una parte fundamental de su gobierno a alguien capaz de cargar con ella.
Sería equivocado interpretar aquello como una bendición de la DEA. México no necesita bendiciones extranjeras y nuestros liderazgos no se construyen en Washington. Lo importante es que un funcionario mexicano pudo sentarse de tú a tú con sus contrapartes, defender la estrategia de nuestro país y salir de ahí con respeto.
Buenos Aires no destapó a Omar García Harfuch. Lo mostró.
Mostró a un secretario capaz de representar a México sin complejos y a una Presidenta que sabe aprovechar las fortalezas de su equipo. Mostró que soberanía y cooperación pueden convivir cuando existe conducción y, sobre todo, mostró una relación de confianza que está produciendo resultados.
Por eso La carta Harfuch no habla solamente de Harfuch. Habla también de Claudia Sheinbaum y de la inteligencia política de reconocer a los buenos, darles cancha y exigirles resultados.
Los ases bajo la manga sirven para sorprender. Los ases visibles sirven para demostrar la fuerza de una mano.
Claudia Sheinbaum ya puso uno sobre la mesa.
Se llama Omar García Harfuch.
Y mientras algunos se apresuran a preguntar quién será “el bueno” mañana, él está haciendo algo bastante más importante: demostrar hoy por qué puede llegar a serlo.
El tiempo pondrá las demás cartas sobre la mesa. Esta ya está a la vista, dando la cara por México.
Y vale la pena seguirla observando en el cruce del camino.










