Los algoritmos y la propagación del odio

Los algoritmos y la propagación del odio

El Hipsterbóreo

Luis Fernando Bolaños Gordillo

El odio es un sentimiento que vulnera las relaciones humanas; lamentablemente viene y va por las redes sociodigitales generando divisiones que van desde lo personal hasta lo masivo. El racismo, la xenofobia, la discriminación, la violencia contra las mujeres, el rechazo a los migrantes, la aporofobia, o la homofobia, no escapan a los entramados de la amplificación algorítmica.

Como síntoma de nuestro tiempo, el odio se hace visible en discursos, imágenes, prejuicios y sentidos sociales que definen quién debe ser señalado, castigado o excluido. Esos juicios parciales no dependen únicamente de los medios de comunicación tradicionales, también se articulan mediante la distribución de contenidos digitales fortalecidos con lógicas de visibilidad.

Ya no estamos ante una emoción social o política, este sentimiento fue transformado en dato, en flujo informativo y en tendencia viral. Las plataformas digitales instituyen prejuicios y estereotipos que se intensifican; los algoritmos premian la agresividad, la estigmatización, la burla, la deshumanización y sugieren infinidad de formas de castigo simbólico.

Analizar la algoritmización del odio no debe hacerse bajo una perspectiva moral, implica reconocer la conflictividad generada por el consumo de información en la red; esto debe motivarnos a identificar cuáles son las formas de violencia que se están volviendo rentables, qué tipo de personas o colectivos son expuestos al hostigamiento y qué discursos son viralizados.

El odio, el resentimiento o la imposición de estereotipos negativos a la otredad tienen un efecto negativo en los entornos digitales porque generan reacciones inmediatas que, en determinados casos, se llevan a cabo literalmente. Cada muestra de odio es comentada, amplificada y compartida; esto muestra la decadencia de una sociedad intolerante.

Odiar sin fundamento nos impide ver lo esencial de cada caso, solo apreciamos lo que logra capturar nuestra atención, lo cual tiene también rasgos sensacionalistas. La propagación del odio fortalece violencias ya existentes desde hace lustros y hace cada vez más grandes las desigualdades estructurales.

La algoritmización del odio suele adquirir una velocidad vertiginosa a tal grado de que una acusación o una frase sacada de contexto pueden transformarse en un linchamiento digital. La presunción de inocencia no tiene cabida en el mundo algorítmico, porque el derecho de réplica es invisibilizado por la condena anticipada: la sociedad es parte acusadora, fiscal y juez al mismo tiempo.

Los miles o millones de usuarios de las redes sociodigitales no necesitan pruebas, porque generalmente solo les basta una imagen para condenar. Este fenómeno no es neutral porque las redes sociodigitales fueron convertidas en el espacio ideal para monetizar esas expresiones. Las agresiones se alimentan del morbo de las audiencias.

En el mundo digital el odio traspasa su espontaneidad tras ser reorganizado y utilizado para fines políticos o religiosos que derivan inevitablemente en polarización social. Esto trae como consecuencia que muchas personas modifiquen sus puntos de vista, cierren cuentas o se autocensuren para no ser hostigadas.

Esto debe motivarnos a revisar nuestras propias prácticas y analizar detenidamente la información antes de emitir un juicio. Reproducir una acusación sin pruebas de por medio convierte a la condición humana en datos que sirven para legitimar la estrategia de “divide y vencerás”.

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