La tierra no es una cosa: otra filosofía de la naturaleza desde Chiapas

La tierra no es una cosa: otra filosofía de la naturaleza desde Chiapas

El uso de la palabra

Dr. Raúl Vázquez Espinosa

¿Qué es la tierra? Ontológicamente, la pregunta no remite solamente al suelo que pisamos ni a una extensión susceptible de ser explotada. Preguntar por la tierra significa preguntar qué modo de ser posee. Si es una cosa exterior a nosotros, un conjunto de recursos disponibles o una realidad de la que nuestra propia existencia forma parte. El problema ambiental comienza, entonces, como un problema ontológico. Es decir, si nos colocamos como parte de la misma tierra, en ella suceden más experiencias existenciales que las propuestas por la modernidad, en este sentido, nosotros mismos somos parte relacional de ese todo en el que habitamos. Por ello, asumir que los recursos que están en ese aparente “afuera” son susceptibles de ser “utilizados”, desde una visión capitalista moderna, es sólo un mero aparente; desligados y parcializados. Siguiendo la ruta propuesta por Tian Yu Cao trazaré tres horizontes de la modernidad. Por un lado, nos dice Émile Durkheim, la principal característica de la modernidad es la creciente división social del trabajo, que produce una mayor especialización e interdependencia entre las personas. Esta especialización provocó una mayor separación de las variadas tareas de las mismas personas, mismas que en esa mayor interdependencia se desligaban de los demás procesos para sobrevivir. Cada vez más separados de la tierra y sus trabajos; del conocimiento de nuestro propio sustento.

La modernidad, para Max Weber, es un proceso creciente de racionalización de la vida social. Las acciones, instituciones y relaciones humanas se organizan progresivamente conforme a criterios de cálculo, previsibilidad, eficacia, especialización y control técnico. Este proceso se expresa en el capitalismo moderno, la burocracia, el derecho formal, la ciencia y el Estado administrativo. Desde este horizonte o, como dicen los zapatistas “otro rostro de la Hidra capitalista”, estos rasgos, pretendidamente positivos para la producción, hicieron merma en las otras visiones de la tierra; haciendo que aquello que no estuviera determinado por esta racionalidad fuera desechado y paulatinamente casi toda la sociedad occidental se percibiera ajena a la tierra y sus modos. El mundo de la periferia ha sufrido también los embates de la racionalidad de la existencia humana y sus instituciones; sometidos a los proyectos y procesos descritos por Weber, hemos perdido, también, ese carácter relacional que nos acompaña.

En ese mismo derrotero, Marx describió a la modernidad como el proceso histórico impulsado por el capitalismo mediante el cual las relaciones económicas, sociales y culturales tradicionales son transformadas continuamente. La burguesía revoluciona de manera permanente los medios de producción, expande el mercado mundial y convierte las relaciones humanas en relaciones mediadas por el intercambio y el capital. Por ello, la sociedad moderna se caracteriza simultáneamente por su enorme capacidad productiva, su inestabilidad y sus contradicciones de clase. En este mismo sentido, la naturaleza fue y es vista como una cosa de la cual obtener beneficios, sea cual sea el adjetivo que le coloquemos, sustentable o sostenible; cualquier enfoque lo que pretende es seguir con la ruta del desarrollo, pero desde una apuesta más humana y cuidadosa con el medio ambiente. No se trata de cambiar el paradigma capitalista, sino de hacerlo más tolerable, sin dejar que la naturaleza siga siendo la fuente inanimada de recursos. A partir de estas perspectivas, puede afirmarse que la modernidad ha alcanzado un límite histórico, social y ecológico que algunos autores denominan Capitaloceno. Una época en la que la crisis ambiental no puede atribuirse indistintamente a toda la humanidad, como podría sugerir el concepto de Antropoceno, sino a una forma específica de organizar la producción, el consumo y la relación con la naturaleza. Se trata de un modelo sustentado en la expansión continua del capitalismo, la acumulación ilimitada de riqueza y la explotación intensiva de los territorios, que convierte la tierra, el agua, los bosques y los seres vivos en recursos disponibles para el mercado. Desde esta perspectiva, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la degradación de los ecosistemas revelan las contradicciones de una modernidad que prometió progreso mediante el dominio racional y burocrático de la naturaleza, pero terminó amenazando las condiciones materiales que hacen posible la vida.

La modernidad consolidó una determinada respuesta. La naturaleza como objeto. La separación entre sujeto y objeto hizo posible pensar al ser humano como observador y transformador de una realidad exterior. De ahí procede una poderosa racionalidad técnica, el bosque puede convertirse en madera; el río, en energía; el subsuelo, en minerales. Desde Chiapas aparece, sin embargo, otra posibilidad ontológica. Fermín Ledesma Domínguez muestra que determinadas narrativas zoques no deben reducirse a folclor, metáfora o representación simbólica de una naturaleza exterior. Expresan una ontología relacional en la que la separación moderna entre naturaleza y sociedad pierde su sustento existencial. Humanos y no humanos participan de un mismo mundo de relaciones. Nasakobajk, la Madre Tierra, permite comprender la profundidad de esa diferencia. En la concepción estudiada por Ledesma, la tierra puede sentir, actuar, pensar y dialogar; los cerros poseen dueños, las montañas participan de relaciones y determinados seres regulan incluso la sobreexplotación. Lo decisivo, filosóficamente, no es discutir literalmente cada relato, sino advertir que la naturaleza deja de aparecer como objeto pasivo y adquiere agencia dentro de una comunidad ampliada de existentes.

La relación, entonces, deja de ser secundaria. Normalmente, suponemos que primero existen las cosas (un hombre, un árbol, un río, una montaña) y después esas cosas entran en relación. La ontología relacional permite invertir la pregunta. ¿Y si aquello que una cosa es, dependiera constitutivamente de las relaciones en las que existe? Ledesma encuentra relaciones humano-naturaleza, naturaleza-naturaleza y relaciones mediadas por la experiencia onírica.

Aquí puede establecerse un diálogo interesante con el realismo estructural óntico. Desde problemas completamente diferentes, esta corriente de la filosofía contemporánea de la ciencia cuestiona que los objetos individuales autosuficientes constituyan necesariamente el fundamento último de la realidad y explora la prioridad ontológica de las estructuras y relaciones. La coincidencia que me interesa resaltar es limitada, pero puede dar con un posible camino. Pensar una realidad cuyo fundamento no tenga que encontrarse exclusivamente en cosas aisladas.

Pero ontología zoque y realismo estructural óntico no son equivalentes. El segundo surge principalmente de debates de la metafísica y la filosofía de la física; la primera emerge de una experiencia histórica y territorial, de prácticas, narraciones, conflictos y maneras de habitar. Precisamente, por ello resulta filosóficamente interesante aproximarlas sin reducir una a la otra, porque dos caminos radicalmente distintos pueden cuestionar la supuesta autosuficiencia ontológica de las cosas.

Podemos entonces formular una hipótesis propia desde Chiapas, la tierra no es una cosa, sino una estructura relacional. No sería únicamente la superficie significativa (para tomar prestado un término de Vilém Flusser) sobre la cual ocurren relaciones, sino el entramado dinámico formado por agua, bosque, animales, seres humanos, clima, memoria, cultura y lugares (cargados de sentido y experiencia). Alterar profundamente uno de esos componentes significa modificar la estructura de relaciones que permite existir a los demás. Es decir, no somos un elemento independiente de la estructura, sino la trama sangrante y palpitante de relaciones que nos dan sentido y en todo caso posibilidad existencial. Comprender esto, nos puede dar rutas para salir de una modernidad capitalista que no deja espacio para el futuro.

Esta ontología tendría consecuencias políticas muy concretas. Una política ambiental pensada desde las relaciones ya no preguntaría solamente cuántas hectáreas conservar, cuántos árboles sembrar o cuánto recurso puede aprovecharse. Tendría que preguntarse qué relaciones son las que entran en juego en la dinámica de la existencia y no de su negación. Bosque-agua, comunidad-lugares, agricultura-suelo, biodiversidad-cultura. El propio caso estudiado por Ledesma muestra cómo la disputa territorial zoque enfrenta un territorio concebido económicamente con otro entendido como lugar vivido y constituido por relaciones entre humanos y no humanos.

La propuesta concreta sería pasar de una política de conservación de cosas a una política del cuidado de las relaciones. Chiapas puede aportar a la discusión ambiental una idea filosóficamente posible. Proteger la tierra no significa conservar aquello que contiene, sino preservar y reparar las relaciones que hacen posible la vida. Quizá la primera condición para cuidar la tierra sea comprender que no estamos frente a ella, estamos dentro de las relaciones que la constituyen. Estar dentro, ser tierra en cuanto las relaciones en que somos y los demás son, agua, aire, animales, seres espirituales, símbolos, sentidos y, todo, en un entrecruzamiento existencial que nos permite habitar. Si la visión moderna capitalista se mantiene estamos encarrilados a un siglo que, posiblemente, vea el final de todo lo que conocemos hasta ahora. Por ello, la pregunta cobra sentido. ¿Qué es la tierra? Es un entramado de vida.

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