Letras Desnudas
Mario Caballero
De algo podemos estar seguros: hay una fauna insaciable en la política de nuestra provincia: la de los sepulcros blanqueados.
Sí, personajes que se apropian de los mantras más puros de la transformación social —como el “no robar, no mentir y no traicionar”— sólo para utilizarlos como coartada moral, un antifaz de terciopelo con el que tratan de ocultar las fauces rapaces del saqueo.
Lo digo por Carlos Morales Vázquez, quien ha vuelto a la carga en días recientes con su máscara de honestidad valiente y su pujante calidad moral. Con la astucia y el oportunismo de una hiena, finge desmemoria y se sacude el polvo de su pasado gris para lanzarse de nuevo por la alcaldía de Tuxtla Gutiérrez.
Se pasea por espectaculares y videos con el rostro adusto del patriarca ofendido, pregonando que la capital “necesita restablecer el rumbo”, que debe ser rescatada.
Qué paradoja tan crujiente. Él, quien es el arquitecto de la ruina, erige ahora su templo de promesas sobre los mismos cimientos que socavó durante seis largos años de ejercicio municipal.
Nadie debe ser llamado a engaño. La pretensión de Carlos Morales de retornar a la Silla de los Héroes de Independencia no obedece a un desvelo patriótico por las calles rotas o por la sed de las colonias tuxtlecas. Es la urgencia por asegurar la continuidad del negocio familiar, el pánico a perder el usufructo del erario y la soberbia de quien cree que la impunidad es una patente de corso vitalicia.
EL DESFALCO Y LOS FANTASMAS DE LA ASE
Más claro todavía: lo que en realidad quiere es seguir enriqueciéndose a costa de las necesidades de los ciudadanos. Y pruebas de esta aseveración hay muchas. Especialmente, las que fueron documentadas en los informes individuales de la Auditoría Superior del Estado de Chiapas, que han dejado al descubierto las erogaciones no justificadas y las simulaciones financieras de su administración.
Me anticipo a preguntar, pero al final de usted será la respuesta: ¿con qué cara se atreve Carlos Morales a pedir el voto de confianza si los expedientes lo acusan de realizar contratos a contentillo, como la infame contratación de despachos jurídicos externos para realizar tareas que correspondían por ley al cuerpo de abogados del propio Ayuntamiento?
Simuló asesorías millonarias sin actas de Cabildo, sin currículums de los prestadores profesionales y sin constancia de servicios. Sin duda, una forma elegante de extraer el dinero del pueblo para depositarlo en la opacidad o, mejor dicho, en las cuentas de sus prestanombres, según se infiere.
Entiéndase que esto no se trató de un error administrativo, sino de una ingeniería fina del peculado con apariencia de legalidad. Fue como ponerle una sotana a un pederasta.
De acuerdo con los informes de la ASE, de los ejercicios 2023 y 2024, la gestión de Carlos Morales no comprobó qué hizo con más de 191 millones de pesos de recursos estatales, y qué con los 25.4 millones de recursos federales. Esto sólo por mencionar algo.
EL POZO SIN FONDO
Por otra parte, si alguien quiere medir la catástrofe humanitaria y financiera de su paso por el poder municipal, no tiene más que asomarse a las llaves de la ciudad que debieron proveer el agua: el Sistema Municipal de Agua Potable y Alcantarillado (SMAPA).
Bajo su tutela y la de sus achichincles, este organismo terminó en la asfixia técnica y monetaria. Las observaciones por decenas de millones de pesos no solventadas en el SMAPA durante su gestión son la radiografía de un colapso provocado por la indolencia y el desvío.
Mientras los hogares tuxtlecos padecían semanas enteros sin una sola gota de agua en las tuberías, las arcas del organismo se desangraban entre proveedores consentidos, ineficiencia deliberada y un endeudamiento que asfixia el porvenir de la paramunicipal. El agua escaseaba para los ciudadanos, pero fluían los raudales de recursos hacia el drenaje de la discrecionalidad administrativa.
Dejó una deuda superior a los 875 millones de pesos por falta de pago de derechos a la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA); además, la ASE detectó 51 observaciones definitivas sin solventar en la cuenta pública, que suman un presunto desfalco a la Hacienda Pública por 397.2 millones de pesos.
EL CLAN Y LOS PRESTANOMBRES
Un cacicazgo moderno no opera en solitario, requiere de parientes y alfombra roja para los operadores de confianza.
En el entorno de Carlos Morales floreció un emporio de complicidades donde los apellidos y las lealtades de grupo se convirtieron en sinónimo de enriquecimiento desmedido.
Ahí resalta la figura de su hermano Jorge Morales Vázquez, pieza clave en la sombra de los acuerdos y los engranajes de la influencia palaciega. Según denuncias, fue el encargado de repartir los contratos de obra pública entre las empresas constructoras ligadas a su familia. Nada más él, se hizo de varias residencias de lujo.
A su vera también caminaron otros operadores del dispendio. Como Miguel Ángel Zárate Izquierdo, actual regidor en el Ayuntamiento de Tuxtla Gutiérrez, y Alexis Sánchez, exdirector de Comunicación Social, hombres que pasaron de la medianía a lucir blasones de potentados regionales, acumulando prebendas, contratos y bienes al amparo del presupuesto público.
Para ellos, el municipio fue una mina de veta abierta; para Tuxtla, una cuesta abajo de baches, penumbras y servicios colapsados.
LA BASURA DE ORO
Y si de monumentos a la desvergüenza se trata, es imperativo recordar las compras fraudulentas y con sobreprecio de los contenedores de basura que Morales Vázquez realizó con Veolia. Inclusive, la adquisición de más de 3 mil 800 contenedores sigue sin resolverse.
En los videos, Carlos presume haber dejado una ciudad con servicios eficientes y funcionando a la perfección, pero en los hechos nadie olvida que Tuxtla fue convertido en un basurero a cielo abierto, con esquinas convertidas en focos de infección.
De dicha compra, Adriana Guillén, entonces regidora, documentó que el alcalde Morales podría haberse embolsado la friolera cantidad de 15 millones de pesos.
LA CANCELACIÓN MORAL
En este brevísimo recuento de abusos, no podemos omitir que uno de los mayores logros del coiteco fue subordinar el poder público a los privilegios de la sangre.
En días recientes, diversos portales de noticias dieron a conocer el tráfico de influencias operado por Carlos y Plácido Morales Vázquez para lograr la liberación de su sobrino Limberg. Movieron sus resortes en el poder para sacar de prisión a este sujeto acusado de vender ilegalmente concesiones de transporte público, cuyas ganancias del fraude entregaba religiosamente a Aquiles Espinosa, exsecretario de Movilidad y Transporte de Chiapas.
Por tanto, ¿con qué autoridad moral se planta hoy frente al electorado sabiéndose que utiliza el aparato de justicia y las coyunturas del Estado como si se tratara de una notaría familiar? Con esto queda cancelado su discurso de honestidad.
LAS VERDADERAS INTENCIONES
No hay manera de ocultar ni disimular que las verdaderas intenciones de Carlos Morales no es servir al pueblo tuxtleco, sino seguir saqueando al municipio. Un hombre acostumbrado a vivir del presupuesto público, no piensa más que en su propio beneficio.
Tuxtla Gutiérrez ya pagó el alto precio de tener en el palacio municipal a un mercader de la fe pública disfrazado de redentor. Los ciudadanos tienen memoria y saben que detrás del “apóstol de la austeridad” sólo camina el insaciable fantasma del saqueo.










