Hernán González Díaz
Madura
Se separó de la ventana,
no era buena idea
contagiarse de sensaciones similares al verano.
Uno es a veces esa palabra que, al quebrarse corta, y vuelve más larga la herida entre los colores del lienzo en movimiento.
El verso cae mientras cae la lluvia sobre la áspera apariencia de las flores.
La imaginable metáfora de oro
alea como el inmortal insecto en el ámbar.
Y como aquello que yace tiempo sin piel; el dinámico contraste temporal madura,
madura, madura.
Luz verde
Te dedico mi corazón
así como se dedican canciones, cartas, flores,
así como se dedican lágrimas
que parecen astillas de luz
atravesando las rendijas del mundo.
Te lo dedico porque tu amor
es un conductor que rebasa mis latidos
de manera riesgosa
mientras vamos por la libre.
Te doy luz verde
para que te encarriles
y vayamos ambos
por el mismo sentido de la vida.
Las estrellas de tu piel
En tu piel se encienden las estrellas,
de tu piel desprendida de la noche,
surgen lagos de luz y ahogados luceros.
La claridad que entre las ramas manotea
es la misma claridad del amor sobre tu piel.
Tu sonrisa es una montaña,
hay que rodearla para llegar hasta tus labios.
Tu corazón es un faro,
un faro en que atraca su claridad la luna.
La edad de las sirenas
Este sistema es la caída de la casa del pobre, el hambre es la carne viva, la tierra árida es el pan muerto.
Esto ha sido siempre desde la edad de las sirenas, desde la edad del oleaje pervertido del mar.
Esto es la fiesta de la fuerza tempestuosa,
que derriba a los desamparados;
el poder es como un ave real
que se pavonea en las ventanas de palacio.
Es el rojo vivo lo que marca
los recuerdos como ganado
en las parcelas.
Parcela esclava del martillo
del que dicta apagar la luz
de la luciérnaga.
Luz antigua
La claridad parece una novia que danza con su largo vestido de luz antigua, mientras una balsa transparente navega entre el brillante lago de lo oscuro.
Una nube, descarnada por relámpagos, hace ver como si el día trastabillara a mitad de la noche por la amarilla luz del maracuyá.
El sabor oscuro exprime su suave sereno sobre la tierna semilla del pasto, donde pacen los altos luceros somnolientos.
Como las profundidades buscan brillo en los diamantes, así la balsa navega rumbo al océano donde se vuelve ola el corazón.
Cotidianos
No salen en los discursos del primero de mayo
ni en las fotos de las inauguraciones.
Viven entre las rendijas de la ciudad,
donde el sol calienta más fuerte
y la lluvia no perdona a quien no tiene techo.
El albañil que levanta muros ajenos
y duerme en un cuarto de lámina
donde el calor se mete por todas partes.
Tiene callos en las manos que nadie besa,
y un hijo al que le promete casa
desde que el niño aprendió a hablar.
La señora de la esquina que despierta a las tres
para que los tamales no se enfríen.
Sus hijos se quedan solos en la cama,
abrazados a una almohada que huele a maíz
y a la ausencia que se hace rutina.
El niño que limpia vidrios con un trapo viejo,
que no sabe leer, pero reconoce
las monedas por el peso en la palma.
Su mochila no tiene libros:
tiene un frasco de agua tibia
y el miedo que le enseñaron los mayores.
La abuela que recoge cartón en el mercado,
que dobla las cajas con manos que tiemblan,
que cambia su carga por unas monedas
que apenas le alcanzan para un pan
y una pastilla para el dolor que no se va.
Los que se fueron cruzando el desierto
y no llegaron a ninguna parte.
Los que se llevaron en camionetas negras
y de quienes solo quedan los zapatos
bajo la cama, y un nombre
que nadie se atreve a pronunciar fuerte.
No son cifras en un informe oficial.
Son los que el país olvida nombrar,
los que cargan el peso de los días
sin que nadie les pregunte cómo están,
sin que la historia les dedique una línea.
Pero existen.
Existen en el callo, en el tamal tibio,
en el trapo que brilla sobre el vidrio,
en el cartón doblado con paciencia,
en el nombre que se dice en susurro.
Existen,
existen,
existen.










