Alfareras de Amatenango: una tradición ancestral

Texto y fotos: Erick Bustillos/ Diario de Chiapas

La alfarería no solo representa una actividad económica para sus familias; es también una forma de conservar la identidad y transmitir a las nuevas generaciones los conocimientos heredados de sus antepasados.

Esperanza Bautista Álvarez aprendió a trabajar el barro desde los 12 años. Dos años después, ya dominaba las técnicas básicas de una labor que heredó de sus padres y que hoy continúa enseñando a sus hijos.

Cada pieza comienza mucho antes de llegar al horno.

El barro y la arena son recolectados en la comunidad, a unos tres kilómetros de distancia. Después, el barro debe reposar durante un día para posteriormente mezclarse y amasarse con la arena, en un proceso similar al de preparar la masa para el pan.

Con el material listo, comienza la elaboración de las figuras, moldeando a mano y detallando cada figura.

El tiempo de trabajo depende del tamaño y complejidad de cada pieza. Una figura grande puede tardar hasta una semana en ser elaborada, mientras que el proceso completo, desde la preparación del barro hasta el pintado, puede extenderse alrededor de un mes.

Después viene el secado, que puede durar aproximadamente 15 días y posteriormente la cocción.

Las piezas son horneadas a cielo abierto utilizando leña, durante cerca de una hora. Una vez que salen del fuego, comienza otra etapa: el pintado y los detalles que dan identidad a cada creación.

En un solo mes, una artesana puede elaborar alrededor de 30 piezas, entre las que destacan animales, figuras tradicionales y, por supuesto, el emblemático jaguar.

En Amatenango del Valle, la alfarería forma parte de la vida cotidiana de numerosas familias. Esperanza señala que prácticamente todo el pueblo participa de alguna manera en esta actividad.

Ella forma parte de la cooperativa en Amatenango del Valle, integrada por mujeres dedicadas al trabajo del barro blanco.

Hoy, además de producir sus piezas, estas artesanas buscan que la tradición no se pierda y que sus hijos aprendan las técnicas que ellas recibieron de sus padres.

Las alfareras trasladan alrededor de 200 piezas para ponerlas en exposiciones, con precios que van desde los 40 pesos, en figuras pequeñas como los cerditos, hasta alrededor de 350 pesos en piezas de mayor tamaño, como los jaguares.

Cada pieza lleva consigo horas de trabajo y el amor por transformar la tierra con las manos, pasarlas por el fuego y convertirla en una expresión de identidad.

Desde Amatenango del Valle, las alfareras mantienen vivo un legado que no solo se moldea con barro, sino que también se transmite de generación en generación.

Esperanza invita a conocer el mercado de artesanías de Amatenango del Valle y acercarse al trabajo de las familias que mantienen viva esta tradición.

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