Esconder la cabeza en la ONU

Razones

Jorge Fernández Menéndez

Una de las peores herencias de López Obrador ha sido la intrascendencia en la que dejó la política internacional de México. En una época en el que el mundo está cambiando profundamente en el ámbito global, México se ha quedado con una política exterior chiquita, con principios de los años 70 y sin protagonismo internacional alguno. Hemos terminado alejados de la mayoría de los países de América latina por una estrategia ideológicas, sin demasiado asidero con la realidad, con una relación entre desafiante y vergonzante con los Estados Unidos y sin participación en los foros internacionales.

Es un error, ya lo habíamos dicho, que la presidenta Sheinbaum no haya ido a la asamblea general de la ONU que comenzó ayer en Nueva York: todos los principales líderes mundiales van a la ONU y utilizan ese foro para los encuentros bilaterales o regionales imprescindibles para establecer sus relaciones en el mundo contemporáneo. Aquí seguimos aferrados a aquello de que la mejor política exterior es la política interior y la presidenta, que comenzó su gestión mostrando predisposición para salir al mundo, ha decidido ya desde hace meses que es preferible quedarse en Palacio Nacional.

Van 22 llamadas telefónicas con Trump, pero ni una vez se ha sentado a platicar seriamente con el mandatario de nuestro principal socio comercial, que ayer desde el principalísimo foro de la asamblea general de la ONU, sostuvo que México es “el epicentro de la violencia de los cárteles” y que es “inaceptable” que Estados Unidos comparta frontera con un territorio que, según él, está controlado por cárteles enemigos. Afirmó que México “debe recuperar el control de su territorio” frente a esos grupos a los que calificó como “el ISIS del hemisferio occidental” por lo que deben ser “eliminados, exiliados o detenidos” como combatientes enemigos sin posibilidad de liberación. También los describió como enemigos de la civilización que usan el asesinato, la violación, la tortura y la extorsión como instrumentos de terror.

Es verdad que también dijo que está trabajando bien con el gobierno de Sheinbaum y que la presidenta tiene los mismos objetivos que él en la lucha contra los cárteles. Es la zanahoria y el garrote, pero en términos de percepción internacional el garrote es infinitamente más pesado.

Esa percepción no la va a despejar un discurso políticamente correcto del canciller Roberto Velasco. La presidenta Sheinbaum no está participando ni en la Asamblea de la ONU ni en las reuniones del G20 y en otros foros porque no quiere asumir en ellos las posiciones que exhibe Morena dentro del país: aquí se apoya a Rusia y se la otorgan plataformas para difundir sus mensajes y para que operen sus órganos de inteligencia y sus espías, pero eso no se puede explicitar en Nueva York. No nos queremos oponer abiertamente a Trump, pero tampoco nos aliamos a los gobiernos democráticos, como hizo el canadiense Mark Carney, por ejemplo. Aquí seguimos apoyando gobiernos autoritarios y dictatoriales: no se condena la invasión a Ucrania, se sigue defendiendo a Cuba, Nicaragua y Venezuela, a Maduro, a los Ortega y a los Castro. Y la posición del gobierno en Medio Oriente está radicalmente enfrentada a Israel, pero es tolerante con Hamas e Irán.

Ayer mismo Marco Rubio, confirmado ayer mismo también como asesor de seguridad nacional (sólo Henry Kissinger había sido simultáneamente secretario de Estado y asesor de seguridad nacional) se reunía con los mandatarios y cancilleres de América latina y el Caribe que participan en el llamado Escudo de las Américas, para establecer políticas conjuntas contra los narcoterroristas. México no participa en ese esquema que aglutina ya a casi todos los países de la región. Y si Lula pierde en octubre las elecciones en Brasil nos quedaremos aislados en la región.

Es verdad que no todo es blanco y negro. Mientras todo eso sucede hay colaboración real con Estados Unidos en temas de seguridad y el lunes comenzaron los entrenamientos conjuntos con fuerzas militares de Estados Unidos en el rancho de Santa Gertrudis en Chihuahua, al tiempo que terminaba exitosamente el operativo Aguila Alta para combatir la utilización de drones en la frontera. Y con contratiempos sigue la negociación para el TMEC.

Pero allí también se filtra la indefinición de una política exterior sólida: Estados Unidos quiere una negociación completa que incluya los temas comerciales, las reglas de origen pero también la seguridad y capítulos, ya lo hemos tratado, como la IA y las cadenas producción para todo ese ámbito y quieren que México se incorpore como un socio central en la IA, pero para eso debe garantizar seguridad, acabar con los cárteles y sus cómplices políticos, y también alejarse de China como el proveedor de los equipos que México exporta a Estados Unidos. Todo va en un mismo paquete.

Para eso se deben asumir definiciones: no se puede ser un socio estratégico y tener redes nacionales dependientes, en muchos sentidos, de empresas chinas, o comprar allí los componentes que se envían a la Unión Americana. No se puede ser socio de Estados Unidos y de sus adversarios estratégicos, no se pueden pedir inversiones multimillonarias (como implicarían las redes de IA o los centros de datos) y no garantizar la seguridad jurídica o mantener en sus puestos y sin persecución judicial a personajes acusados de ser cómplices del narcotráfico.

Nuestro destino geopolítico está en América del Norte: eso es, en última instancia, lo que no se quiere aceptar explícitamente. Y por eso algunos creen que es mejor esconderse.

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